Hernández Fernández, Ángel. “Los inicios de la recolección de cuentos folclóricos en Murcia: Díaz Cassou”. Culturas Populares. Revista Electrónica 4 (enero-junio 2007).

http://www.culturaspopulares.org/textos4/articulos/hernandezf2.html

 

ISSN: 1886-5623

 

 

 

Los inicios de la recolección de cuentos folclóricos en Murcia:

 Díaz Cassou

 

Ángel Hernández Fernández

 

Resumen

Díaz Cassou es el primer escritor de Murcia, y prácticamente el único hasta finales del siglo XX, que incorpora a sus libros cuentos y leyendas de origen tradicional. Cerca de veinte cuentos adornan su obra, ya hoy prácticamente olvidada, que resulta de gran interés para los investigadores del  cuento folclórico.

Palabras clave: Díaz Cassou, cuentos folclóricos, leyendas, Murcia, Frutos Baeza, Alberto Sevilla, Boggs, Aarne-Thompson-Uther, Julio Camarena, Maxime Chevalier.

 

Abstract

Díaz Cassou was the first Murcian author, and practically the only one until the end of the 20th Century, that included in his books both folktales and legends of traditional origin. Near twenty short stories can be found in his works, nowadays practically forgotten, yet of great interest for folktale research. 

Keywords: Díaz Cassou, Folktales, Legends, Murcia, Frutos Baeza, Alberto Sevilla, Boggs, Aarne-Thompson-Uther, Julio Camarena, Maxime Chevalier. 

 

 

P

ese al escaso interés que, por lo general, ha despertado la recolección y estudio del cuento folclórico en EspaĖa, sorprende que en la Región de Murcia haya que esperar hasta 1987 (Ńnada menos!) para encontrar el primer libro que recoja, de forma rigurosa, una pequeĖa cantidad de su patrimonio cuentístico tradicional. En Murcia ha ocurrido algo que es general en todo el país, pero que en esta región se manifiesta de manera exagerada: la desatención y menosprecio absolutos de los intelectuales por el cuento popular. Los folcloristas murcianos de la segunda mitad del XIX se interesaron exclusivamente por las manifestaciones poéticas de la literatura popular (romances, canciones, coplas…) y olvidaron las narraciones tradicionales. Es cierto que a la recolección de leyendas se dedicaron con mayor empeĖo, pero en lo que se refiere al cuento apenas encontramos muestras en la literatura regional, sin duda porque, siguiendo unos tópicos muy arraigados entre las minorías intelectuales, ha sido considerado este género como de poca entidad literaria y válido solamente para el público infantil (cuentos «de viejas» los llamaron ya los escritores del Siglo de Oro).

De modo que si consultamos el primer inventario realizado del cuento  folclórico espaĖol, el Index of Spanish Folktales de Boggs, publicado en Helsinki en 1930 por la prestigiosa Academia Scientiarum Fennica, observamos que entre la bibliografía sólo incluye a dos autores murcianos: José Martínez Tornel y Pedro Díaz Cassou. Del primero cita Boggs el libro Cuentos y cantares populares murcianos, que conoce sólo por referencias pero que no ha consultado. En realidad, el libro de M. Tornel se titula Cantares populares murcianos, fue editado en la imprenta de «El Diario de Murcia» en 1892, pero en él no encontramos ningún cuento folclórico. Probablemente Boggs confundió este libro con otro volumen de Tornel de prometedor título para nuestra materia, Cuentos y tradiciones murcianas, aparecido en 1880, en la misma editorial que el anterior, pero que tampoco incluye este tipo de relatos (se leen solamente tres narraciones de carácter costumbrista: «La Dolorosa de Salcillo», «La Riada de San Calixto, aĖo 1651» y «Blas Reyes», sobre las andanzas de este bandolero). M. Tornel escribió otros relatos costumbristas como «Un velatorio de Ángel» o «El ventorrillo», pero su dedicación a la literatura popular se centra en la poesía y la canción.

Boggs cita también dos libros de Díaz Cassou: La literatura panocha. Leyendas, cuentos, perolatas y soflamas de la huerta de Murcia[1] y Pasionaria murciana. La cuaresma y la semana santa en Murcia[2], en los que descubre algunos cuentos populares, si bien han sido sometidos a tratamiento literario. Fue, por tanto, Díaz Cassou  el primer escritor en Murcia que se dedicó a la recreación literaria de cuentos tradicionales, llenando así un vacío casi absoluto en las letras murcianas que no deja de extraĖar en una literatura machaconamente apegada al costumbrismo más tópico y repetitivo, aplicado a la recreación de un arquetipo ficticio, el Huertano, y de su presunta habla. Y prueba de que este costumbrismo es un invento de ciertas élites que miran al pueblo desde el distanciamiento y paternalismo de su supuesta superioridad intelectual, es la ausencia en las obras de estos autores de aquellas manifestaciones orales y tradicionales —como el cuento— que precisamente han caracterizado la cultura de los iletrados.

En este sentido D. Cassou se convierte en una excepción, y de ahí el enorme interés de sus escritos en los que se aplica a rescatar esas preciosas expresiones artísticas  (cantos, romances, coplas) de una cultura intemporal. Podemos decir que D. Cassou es el Grimm murciano, y aunque este apelativo resulte indudablemente exagerado tanto por la radical diferencia con sus colegas alemanes en el método de trabajo utilizado como en la cantidad y calidad de los productos obtenidos, sí creo en cambio que explica la importancia de nuestro escritor como conservador de una pequeĖa parte de ese tesoro tradicional, ignorado o menospreciado por sus contemporáneos.

D. Cassou escribió sus cuentos en el llamado panocho, supuesta lengua de la huerta de Murcia a cuya recreación se dedicaron numerosos intelectuales que cayeron en evidentes exageraciones y ridiculeces lingüísticas. No se le puede negar, sin embargo, al escritor murciano la gracia y la habilidad que tiene para reproducir el lenguaje coloquial con todos sus modismos y dialectalismos, aunque con frecuencia «se le vaya la mano» en su afán por querer ser fiel al habla popular que pretende trasladar a sus cuentos. Aunque estas obritas costumbristas no han conseguido superar los límites geográficos y temporales que la hicieron nacer, para los amantes de la literatura popular (y en especial del cuento) atesoran sin embargo un indiscutible interés que las convierten en merecedoras de mayor reconocimiento y estimación. Es lo que pretendo mostrar en este artículo.

En su Pasionaria murciana, D. Cassou incluyó una narración referida a diversas plantas y animales que tuvieron alguna relación con la Pasión de Cristo[3]. Veamos primero la de las vegetales de la Pasión:

 

En nuestros campos y huerta, estuvo muy acreditada la especie de que Judas se ahorcó de una higuera: el contacto del cuerpo abominable vició la madera de este árbol, que, desde entonces, para nada sirve, ni aun para quemar; y es árbol que no tiene la gala de la flor y, sí, el castigo de llevar dos frutos cada aĖo, mientras que los demás llevan sólo uno.

Higuera y algarrobo tienen mala sombra: la primera, porque de ella se ahorcó Judas; el segundo, porque á él se subió el falso apóstol, para ver pasar, sin ser visto, el entierro del SeĖor. Las caídas de ambos árboles son, por la misma razón, peligrosas: tienen mala caía.

Otros creen que fué á un álamo, al árbol que se encaramó Judas para ver pasar el entierro de Cristo: al álamo temblón, que tiembla desde que sintió sobre sí á aquel aborto del infierno.

En cambio, la rosa blanca lo es porque los que en el santo entierro llevaban el cadáver de Jesús, lo dejaron, mientras abrían el sepulcro, junto á un rosal encarnado, cuyas rosas palidecieron al contacto del cuerpo del SeĖor y dieron origen á los rosales blancos, desconocidos hasta entonces.

La pasionaria era una rosa sobre la que cayó una gota de sangre de Jesús; la semilla de aquella flor produjo la rosa de pasión.

Hay espino blanco (cratoegus monogyna), y espino negro (ramnus lycioides L.), á los dos se llama artos, en Murcia, y antes de Nuestro SeĖor Jesucristo los dos eran sólo uno: el negro. De espino negro era la corona de Nuestro SeĖor, aquella corona cuyas espinas quisieron arrancar las cabernericas, que, desde entonces, tienen una mancha roja bajo el pico; y de espino negro era el bastón de Josef de Arimathea. Llegó un momento en que, teniendo que ayudar con ambas manos á la santa obra de introducir el cuerpo de Jesús en el sepulcro, Josef clavó el bastón en tierra. Olvidólo y á la maĖana siguiente, cuando volvió por él, vió que había brotado, crecido y florecido en blanco, y cubría, defendiéndola, la entrada del santo sepulcro; así se produjo el primer espino blanco, y así se explica que las piadosas caverneras (gilgueros) no se paren jamás sobre el negro espino.

La caĖa (arundo donax de Linneo) contribuyó á la irrisión que se hizo de Jesús, en las burlas sangrientas del Pretorio. Desde entonces Dios la abandonó al diablo, que la da á las brujas para que monten en ella, y ha quedado estéril: planta de EspaĖa, que florece y no grana.

 

El escritor murciano ha reunido aquí en una sola narración varias leyendas tradicionales, que en muchos casos pueden encontrarse ya en los evangelios apócrifos. Por ejemplo, el relato etiológico que justifica la mancha roja del pico del jilguero por haber intentado arrancar las espinas de la corona de Cristo, ha tenido gran repercusión en el folklore y la literatura. Así, Stith Thompson, en su monumental catálogo de motivos folclóricos[4], incluyó dos entradas relacionadas con la acción piadosa de estos pájaros (u otros semejantes): A 2221.2.4., Las golondrinas arrancan las espinas de la corona de cristo; o A 2221.2.4.1, Las golondrinas se ponen de luto por la crucifixión. Además, José Fradejas ha rastreado la extensa difusión de estos motivos por la literatura popular y la escrita (Fernán Caballero, Rodríguez Marín, Constantino Cabal, E. Noel, J. de Burgos y M. Aguado, el Conde de Navas, Selma Lagerlöff…)[5].

A continuación, Boggs habla de los animales, que hablaban al comienzo del mundo pero que después perdieron esa facultad debido a sustos o castigos divinos. A través del diálogo (en dialecto murciano) entre dos personajes, se van mencionando los animales cuyas voces supuestamente aluden a algún episodio bíblico. Éstas son las secuencias de que consta la narración:

 

El perro la perdió el habla cuando vio morir a su amo Abel a manos de su hermano, por lo que repite el nombre del agresor Caín.

El gallo la perdió cuando San Pedro negó a Cristo, y desde entonces proclama con su canto el sacrificio del redentor.

Las borregas parecen decir: «Bee...lem».

El buey está bendito porque calentaba al NiĖo, mientras que la mula, por comerse la paja entretanto, ni pare ni se come su carne.

Según otra versión, la Virgen se cayó de la burra por culpa de una serpiente, que hasta entonces andaba erguida y desde ese momento anduvo a rastras.

El cuervo dice «ŃClavao!» refiriéndose a la cruz, aunque otros piensan que dice «ŃCaraja!» desde que vio cómo se quedó el mundo después del diluvio.

Las golondrinas y las caverneras quitaron las espinas y los clavos a Jesús. En memoria de ello, las golondrinas llevan manto y las caverneras una mancha colorada debajo del pico.

El mochuelo parece decir «ŃCruz, cruz!» y la codorniz «ŃTente allá!», frase con la que intentó detener al soldado que clavó la lanza en el costado de Jesús. Otros dicen que la codorniz, a causa de que le pisó su nido la Virgen cuando iba a escondidas a Egipto, iba pregonando a todo el mundo la presencia de la Sagrada Familia con la expresión «ŃAllá va!».

 

Boggs catalogó este relato con el número-tipo *243A, que resumió así: «Animales y aves anuncian la Pasión de Cristo». Remite Boggs también al relato «Er cuento del acomisionao» de La literatura panocha, que luego comentaré, para el discurso que realizan los animales. El tipo *243A de Boggs no ha tenido cabida en el catálogo de cuentos hispánicos de Camarena-Chevalier porque en realidad se compone de varios cuentos de animales y leyendas que Díaz Cassou reunió en uno solo con el título de «Animales de la Pasión». Confirma el escritor murciano con sus palabras que escuchó los cuentos y que después los refundió literariamente: «De ellos hablan cuentos panochos que oí contar separadamente...», dice justo al comienzo de la narración.

Efectivamente, la mayoría de estos relatos gozan de vida independiente en la tradición oral. Ya he comentado el de la golondrina (o jilguero) piadosa. Otro también muy conocido es el de la esterilidad de la mula como castigo por haberse comido la paja que calentaba al NiĖo, el cual fue catalogado por Julio Camarena y Maxime Chevalier[6] con un nuevo número tipo, el [750I], Por qué la mula no puede tener hijos. A las versiones enumeradas por estos autores habría que aĖadir varias recogidas por A. Sánchez Ferra en el municipio de Torre Pacheco (Murcia)[7]. Así, los cuentos 68, 69 y 70 explican la esterilidad de la mula porque no calentó a Jesús en el pesebre; los números 71 y 72, en cambio, atribuyen la causa de la maldición a que el animal derribó a la Virgen porque se asustó cuando se cruzó en el camino una culebra. En este caso, el castigo se traslada al reptil, verdadero culpable de la caída. De este modo, la narración cobra un sentido etiológico para explicar la ausencia de patas en las serpientes o culebras. Camarena-Chevalier crearon también un nuevo número-tipo relacionado con esta leyenda, el [157F], Por qué la culebra no tiene patas, aunque en este caso el origen de la mutilación proviene de que Dios quitó las patas al reptil para que hiciera el menor daĖo posible, mientras que al lagarto se las dejó porque no manifestó ningún instinto agresivo. Camarena-Chevalier dieron testimonio de cuatro versiones ibéricas: dos madrileĖas, una gallega y dos portuguesas. A éstas aĖadiré el ejemplar recogido por el equipo de S. Ferra en la pedanía de Caprés (Fortuna) con el n.ľ 32[8].

Otra de las secuencias antes transcritas cuenta la delación de la codorniz a la Sagrada Familia en su huida a Egipto. Aquí también podemos hablar de otra narración muy arraigada en la tradición oral. De nuevo hay que citar a Camarena-Chevalier, quienes crearon otro tipo hispánico para albergar este relato, concretamente el [750K], La planta bendecida. De este cuento mencionan una versión noruega y tres versiones tradicionales espaĖolas: la catalana de Coll i Martí, una extremeĖa inédita registrada por José Luis Puerto, y otra gallega. En mi artículo «El milagro del trigo: de los evangelios apócrifos al folklore y la literatura»[9], me he referido a otras versiones y variantes de este cuento, donde la planta puede ayudar a la Sagrada familia en su huida de las tropas herodianas, o por el contrario, negar su ayuda. La consiguiente recompensa o castigo divinos dependerán, naturalmente, de una u otra acción.

 

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El otro libro de D. Cassou mencionado por Boggs es La literatura panocha. Leyendas, cuentos, perolatas y soflamas de la huerta de Murcia. Aquí aparecen seis cuentos de los cuales dos (números II y III) no fueron tenidos en cuenta por Boggs en su índice. Éstos son los cuentos:

 

(I): Ar que se muere, lo entierran, que los que quean ya s’apaĖan...  Un hombre muere y su mujer queda desconsolada. Llega al cielo y allí pide con tanta insistencia que lo dejen volver a la tierra que al final lo consigue. Pero al regresar nadie lo reconoce, y sin embargo comprueba que su mujer lo ha olvidado fácilmente con el mozo de la casa. Sólo su madre está rezando por él, por lo que se la lleva al cielo.

(II): Er cuento del acomisionao. Cuatro animales (perro, gato, gallo y pollo) ahuyentan a un recaudador de impuestos que ha pasado la noche en casa de un contribuyente. El «acomisionao» cree entender en los aullidos de las animales estas palabras: «ŃHambre!», «ŃMiseria!», «ŃAquí no hay ná!» y «ŃVete de aquí!», por lo que se marcha de aquella casa en la que parece reinar la más absoluta pobreza.

(III): Er canto er cuco. Dos hombres discuten absurdamente sobre un tema baladí: para cuál de los dos ha cantado el cuco. Llevan la disputa hasta un abogado que zanja la cuestión diciendo que el ave en realidad cantó para él, con lo que deja en ridículo a los litigantes.

(IV): La salú é la iguera, y las plagas é las biĖas. Se trata en realidad de dos cuentos: en el primero (que como dije, forma parte también de la narración más larga sobre los animales y la Pasión de Cristo que se incluye en Pasionaria murciana) Jesús recompensa la caridad de un hombre otorgándole el don de que su higuera tenga mucha salud, y que el que suba a quitarle los higos sufra una mala caída; en el segundo cuento, para castigar al borrachín de San Pedro, Jesús echa a las cepas las plagas que le había quitado a la higuera.

(V): ŃConformiá!... Que Dios sabe lo que se hace. Cristo no ayuda a un hospitalario criador de gusanos de seda, que muere en la miseria, mientras que recompensa a otro grosero y mezquino porque de él depende la vida de su familia. Un cura cuidará de la mujer y del hijo del difunto.

(VI): A lo que Dios cría, no hay que buscalle la  mejoría. San Pedro no entiende por qué una mata puede dar grandes melones y en cambio la encina sólo ofrece pequeĖas bellotas. Le dice al SeĖor que pida a Dios para que arregle esta incongruencia. Pero cuando le cae una bellota en las narices se alegra de que no haya sido tan grande como un melón.

 

De casi todos estos cuentos pueden encontrarse paralelos literarios y folclóricos. Los comentaré brevemente a continuación.

(I): Boggs le asignó a este cuento un nuevo número-tipo, el *808, y sólo mencionó la versión de Díaz Cassou. No parece que hayan sido registradas otras versiones.

(II): Su argumento tiene relación con el tipo 106[10], La conversación entre los animales, si bien presenta la particularidad de que las voces sirven para alejar al invitado molesto. En este sentido, el relato se relaciona claramente con el n.ľ 21 del Etno-Escatologicón[11], titulado El pobre, los animales y el hambre. Aquí, los animales (perro, gallo y gato) ahuyentan a un pobre que va pidiendo. Las frases de los animales son: «ŃHambre!» (perro), «ŃSiempre la ha habido!» (gallo), «ŃEsto es plaga!» (gato). Al oír estas exclamaciones, el pobre se aleja de allí[12].

(III): El chiste lo encuentra Maxime Chevalier en la literatura del Siglo de Oro[13] y nos ofrece varios ejemplos tomados del Sobremesa y Alivio de caminantes de Timoneda, de la Floresta espaĖola de Melchor de Santa Cruz, de la Filosofía antigua poética de López Pinciano y del Tesoro de la lengua espaĖola de Covarrubias. Por otra parte, José Fradejas amplía las referencias a Ambrosio de Salazar, Lope de Vega, Tuningio, Aurelio del Llano, R. M. Azkue, Cuentos de Lugo (n.ľ 147) y El Folklore andaluz (1881)[14]. Otra versión tradicional fue recogida en el penal del puerto de Santa María[15]. Puede incluirse en el tipo 1861, Anécdotas acerca de jueces.

(IV): Hay distintos argumentos para explicar por qué la higuera da dos cosechas al aĖo. Según el episodio más arriba transcrito de Pasionaria murciana, no se trataría de un premio divino sino de una maldición porque en sus ramas se ahorcaría el traidor Judas. Sin embargo, en La literatura panocha se ofrece otra interpretación diferente: Jesús recompensa la caridad hospitalaria de su anfitrión y le otorga el don de que su higuera tenga mucha salud, y que los que pretendan robarle higos sufran muy mala caída; después, para castigar a San Pedro, echa sobre las cepas las plagas que antes soportaba la higuera. Boggs le asignó a esta narración un nuevo número-tipo, el *846, pero sólo mencionó el cuento de Díaz Cassou. Otra versión diferente a las del escritor murciano está catalogada en el índice de Aarne-Thompson con el número 774G, La fruta favorita de San Pedro (aunque ha sido eliminado en la reciente revisión de Uther[16]): Cristo pregunta a San Pedro qué fruta le gusta más, y aunque el santo prefiere las uvas y el vino, dice que los higos, y por eso las higueras dan cosecha dos veces al aĖo. Camarena-Chevalier ofrecen abundante bibliografía hispánica de este tipo, a la que aĖadiré una versión de Sánchez Ferra (municipio de Torre Pacheco), con el n.ľ 78, y otra riojana de Javier Asensio[17]. Todavía otra tradición sostiene que la higuera da dos cosechas al aĖo como premio por haber cobijado a la Virgen en su huida a su Egipto[18].

(V): Pertenece al tipo 759, La justicia de Dios vindicada, y es un relato moralizante, de gran arraigo en la tradición espaĖola, que explica las aparentes arbitrariedades de los actos divinos, muchas veces incomprensibles para los humanos. Fernán Caballero incluyó una versión más breve de este relato, con el título de «San Pedro», en su libro Cuentos, oraciones, adivinas y refranes populares e infantiles, concretamente en el apartado «Cuentos infantiles religiosos». En esta versión, San Pedro no comprende por qué el SeĖor no recompensa la amabilidad hacia ellos de un anciano viudo que pasa calamidades con sus tres hijos. El SeĖor le responde que la divina providencia se encargará de cuidar a esas criaturas, que llegarán a alcanzar altos cargos eclesiásticos. Termina el relato describiendo la proverbial cobardía del santo, que se esconde en una alcuza cuando se acercan unos ladrones. Julio Camarena y Maxime Chevalier le asignan a este esquema argumental un nuevo número-tipo, el [759**], La providencia de Jesucristo, que incluyen en el volumen de cuentos religiosos de su Catálogo tipológico del cuento folklórico espaĖol.

(VI): Boggs catalogó este cuento como tipo 759, lo mismo que el anterior. Sin embargo, se trata sin duda del número 774P, San Pedro y las nueces. Es fábula muy conocida que ya tratara La Fontaine (IX, 4) y de la que disponemos de numerosas versiones en todo el mundo. Camarena-Chevalier no mencionaron en su catálogo de cuentos hispánicos la versión de D. Cassou.

 

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Boggs no mencionó en su índice otro libro de D. Cassou que contiene cuentos folclóricos. Se trata de Tradiciones y costumbres de Murcia. Almanaque folklórico, refranes, canciones y leyendas[19]. El apartado de leyendas reúne, pese a su título, seis relatos que son en realidad cuentos tradicionales.

 

(1): El llano de las brujas. El Padre Tomatera es llevado por unas brujas hasta un aquelarre en el que el diablo ofrece recompensa a sus súbditos después de que le besen el rabo. El fraile pide dinero para su convento, que está en obras, y cuando lo recibe responde con un «ŃDios te lo pague!». Entonces los diablos y brujas desaparecen.

(2): Bienaventurados los tontos. Un tonto de Murcia llama a las puertas del cielo pero San Pedro le niega la entrada porque los tontos no tienen lugar reservado allí. Perete insiste en que no le corresponde ir al infierno ni al purgatorio, y tanto marea al portero que éste por fin lo deja pasar. La conclusión es que los tontos de Murcia no son tontos sino mindangos o camándulas, es decir, marrulleros y gandules.

(3): ŃMia que te rempujo! Un joven pide ayuda al pedáneo del pueblo para que lo libre del acoso de una muchacha. El alcalde le propone que la haga correr detrás de él, descalza entre los matorrales, con el pretexto de una promesa realizada. Pero la joven, sin dote y con fama de tonta, lo persigue hasta la casa de la autoridad y no lo deja escapar, con lo que la boda resultará inevitable.

(4): El chuscarraiquio en misa. Es el cuento del campesino enviado a misa por su madre que cuenta disparates acerca de lo que ha visto en la ceremonia religiosa.

(5): Qu’antes se pilla a un embustero, qu’a un cojo. Jesús y San Pedro, en una abrasadora tarde de verano, se dirigen hacia Murcia. Ven las orejas de un burro sobre un campo de trigo. Jesús envía entonces a S. Pedro para que coja al burro, pero el santo, por miedo a que el dueĖo del animal lo sorprenda, le dice que las orejas entrevistas pertenecen a una enorme liebre. El maestro finge que se cree la mentira de su discípulo. Cuando llegan a la ciudad, Jesús engaĖa a Pedro diciéndole que cruzarán un puente por el que los mentirosos caen al río, que es el Puente Viejo sobre el río Segura. San Pedro, asustado, se delata y  confiesa entonces su embuste.

(6): La confesión del tío Porretas. Es un ignorante que interrogado por el cura en materia de fe no responde nada con sentido. Afirma que cumple el primer mandamiento, porque no le cuesta nada, pero en cuanto al segundo no puede precisamente decir lo mismo ya que se pasa el día jurando en vano. Pide la absolución basándose en el argumento de que vaya una cosa por otra. Al final el cura no se la otorga porque como ya la recibió el aĖo pasado en otro lugar, vaya lo uno por lo otro (réplica aguda que utiliza el mismo razonamiento del contrincante dialéctico, característica del relato tradicional).

 

De estos relatos he localizado los siguientes paralelos folclórico-literarios:

(1): Se corresponde, aproximadamente, con el número-tipo [746A] creado por González Sanz en su catálogo de cuentos folclóricos aragoneses: La oración espanta a las brujas, que resume el autor del siguiente modo: «Un hombre se une a un baile que resulta ser un aquelarre. Al pronunciar el nombre de Dios o de María se espantan todas las brujas» (cf. el número-tipo 817*, El diablo se va cuando se menciona el nombre de Dios).

(2): En el transcurso de la narración del cuento del tonto que consigue entrar al cielo embaucando al portero celestial, se alude a otro cuento folclórico (pp. 237-238): «Vamos Pedro, dijo el SeĖor, tú le tienes tema a los de la huerta de Murcia, desde que, por aquello que te pasó de las gachasmigas, te quedaste sin el poco pelo que tenías». Éste es el tipo 774J, Por qué San Pedro se quedó calvo: no compartió los pasteles con Jesús. En su catálogo de cuentos folclóricos aragoneses, González Sanz define el tipo 774J con estas palabras: «San Pedro roba una torta recién horneada y la oculta bajo la boina para que Cristo no la descubra. Se quema la cabeza».

(3): En cuanto al asunto principal del cuento, el empecinamiento amoroso de la protagonista en la persecución de su amado, que al final ha de rendirse, este cuento guarda relación con el número 122 del Etno-escatologicón de F. López Megías (ob. cit.). En ésta, el cura de Alpera, ante la tenaz insistencia del sacristán, tiene que regalarle su petaca. Cuando el mismo cura oye en confesión a una muchacha que le dice que su novio la acosa para llevársela a la cama, novio que no es otro que el mismo sacristán, el cura replica: «ŃAy, nena, pues entonces date por jodida!». Idéntico chiste final se repite en el relato n.ľ 232 (Insistencia irresistible) de los Cuentos populares sevillanos de J. L. Agúndez[20], cuyo desarrollo argumental es similar al de la versión resumida del Etno-escatologicón. Agúndez menciona en nota a este cuento tres versiones literarias relacionadas: una de Rodríguez Marín, que toma los elementos principales de la historia pero que luego se aparta de las versiones populares; otra de Campillo, en la que el cura se identifica con el enojo de la muchacha pero que no repite el chiste final; y otra del Conde de las Navas, muy similar a las tradicionales, con la pequeĖa diferencia de que  un joven (inglés) se encapricha de la cotorra del cura, en lugar de la petaca. Otra versión tradicional puede leerse en los Cuentos burgaleses de tradición oral, n.ľ 168: El alguacil insistente[21].

(4): Se trata del tipo 1678** (en la revisión de Hans-Jörg Uther), tipo misceláneo en el que se incluyen varios cuentos con un inicio similar: un muchacho ignorante entra por primera vez a una iglesia. A continuación, la narración desarrolla el motivo de los disparates realizados por el tonto dentro del templo, quien desconoce completamente el ritual de la misa; o, en otras versiones, el protagonista interpreta de forma excéntrica lo que allí ha visto. A partir de esta trama general, pueden reconocerse distintas  variantes, que en la Región de Murcia adoptan las formas siguientes: a) el joven piensa que la pila del agua bendita es un caldo del que se han comido la carne, y por ello protesta; b) el cura reparte la comunión pero el bobo piensa que está convidando a comer a sus feligreses; entonces interrumpe la misa para invitar él a la siguiente ronda; c) cuando ve que el monaguillo levanta la casulla del cura, él hace lo propio con la falda de la mujer que se sienta en el banco de delante (o le pinchan con un alfiler y él repite la acción con la mujer), ésta le propina una bofetada y él responde con otra al que se sienta detrás, a quien invita a que siga el «tajo»; d) mete el burro en la iglesia, lo ata a la pila del agua bendita y amenaza al cura cuando el animal se asusta al oír la campanilla del monaguillo; e) el ignorante interpreta de modo disparatado el ritual de la misa; f) bien porque se ha quedado sin formas, bien porque el bobo comulga repetidas veces para saciar el hambre, el sacristán elabora falsas hostias con estropajo, suela de zapato, etc. (el comulgante pregunta al salir de la iglesia qué es la comunión y le responden que consiste en comer el cuerpo de Cristo; entonces replica que a él le ha tocado el pellejo, sobaco, etc.[22] O, en una variante, un creyente restriega las almorranas por el dedo del pie de una estatua milagrosa. A continuación, el que viene detrás se mete el pie en la boca para curar sus muelas. Cree que el Cristo pisó una mierda esa maĖana).

(5): Aunque por los protagonistas que aparecen pudiera pensarse que se trata de una variante no catalogada del tipo 774, el cuento de las andanzas de Cristo y San Pedro por el mundo, es en realidad un cuento de mentiras adscrito a una variante del tipo 1920D, El mentiroso reduce el tamaĖo de su mentira. Chevalier[23] encontró el cuento de la exageración progresivamente dismunida en la literatura áurea (Diálogos familiares de Juan de Luna, Duelo de honor y amistad de Jacinto de Herrera, El Criticón de Gracián, y en Las mil y una barbaridades de Monlau, escritor del siglo XIX), pero no apuntó versiones tradicionales. En la Región de Murcia aparece también en la antología de S. Ferra (Torre Pacheco), n.ľ 270, donde un cura afirma en el sermón que Jesús nació a varios kilómetros de la cueva y que se fue andando hasta allí él solo; y en el Cancionero-refranero y anecdotario poético popular (Recopilación del sentir popular huertano), de Escolástico Riquelme Sánchez[24], a propósito de un supuesto garbanzo gigantesco (y también con el motivo, presente en la versión de D. Cassou, del puente que se hunde al paso del mentiroso).

(6): Está relacionado con el tipo 1832* y variantes, El muchacho contesta al sacerdote. Fernán Caballero recogió una versión abreviada de este relato en su libro Cuentos y poesías populares andaluzas, más concretamente dentro del apartado titulado «Chascarrillos».

En total, podemos contar cerca de la veintena de cuentos folclóricos diseminados en la obra de Díaz Cassou, lo cual no resulta un número considerable, desde luego, pero sí es un conjunto importante si tenemos en cuenta la escasez casi absoluta de patrimonio cuentístico murciano por esas fechas. Lástima que el camino emprendido por el autor murciano no lo siguieran otros folcloristas y que tengamos que esperar hasta fechas muy tardías para encontrar las primeras recopilaciones importantes de cuentos tradicionales murcianos.

Sin embargo, sí podemos espigar algún ejemplar más de relato tradicional en la literatura costumbrista murciana de finales del XIX y principios del XX. Así, en la interesante novela histórica de José Frutos Baeza, El ciudadano Fortún[25], encontramos un cuento que tiene el aspecto de ser tradicional. Lo titula el autor «El cuento de Mangas-Verdes». Se trata de un gandul que tiene un hermano muy trabajador. A una imagen de Jesús le pide que le indique el lugar donde está escondido un tesoro de los moros. El hermano, oculto tras la estatua, le repite que doble, lo que el vago interpreta como que multiplique la ofrenda de aceite que le hace el santo a cambio de la información. Al final el hermano le explica el sentido de la palabra: lo que tiene que doblar son las costillas y trabajar[26].

También en el libro De mi tierra: romances, bandos, cuentos y juegos representados en la huerta de Murcia, del mismo Frutos Baeza[27], aparece un cuento, titulado «El cuervo viejo», cuyo argumento es el siguiente: un cuervo viejo que ha suplantado a otro joven del nido para alimentarse sin trabajar, ve truncados sus planes a causa de una sequía que impide a sus padres conseguir comida; entonces se delata cuando les dice dónde pueden encontrarla, e inmediatamente es expulsado. J. L. Agúndez (ob. cit.) incluye una versión similar en sus Cuentos populares sevillanos (tomo I, p. 127, cuento n.ľ 14: Hijo exigente), que relaciona con el tipo 910A, Sabiduría a través de la experiencia. A continuación cita dos textos del Espéculo de los legos, un ejemplario medieval: el cuento n.ľ 28 de esta colección, que recuerda la historia del cuco, que pone sus huevos en el nido de la cogujada, quien cuida al hijo del cuco como si fuera suyo hasta que crece y la devora; o el n.ľ 535, que cuenta cómo el búho puso sus huevos en el nido del azor pero ensuciaba mucho y fue expulsado.

Opino, sin embargo, que este cuento presenta claras semejanzas con el tipo 230, La crianza del pájaro con cabeza grande y ojos grandes, cuya descripción es:

 

Un águila (halcón) cría a un búho. Cuando la que está criando al búho se da cuenta de su gran edad, lo mata.

 

Puede leerse otra versión del cuento en la antología mencionada de Escolástico Riquelme Sánchez, Cancionero-refranero y anecdotario poético popular, n.ľ 291.

Es posible aún encontrar muestras de cuentos tradicionales (sobre todo, seriados y formulísticos) en antologías de poesía popular murciana. Es el caso del Cancionero popular murciano de Alberto Sevilla[28]: en la página 48, la copla número 83 ofrece una versión del tipo 2011, ņAdónde te has ido, ganso?; y las números 30 y 31 (ambas en la pág. 29) conforman dos versiones del cuento de nunca acabar (tipo 2275).

Pero, como ya se ha repetido, con la excepción de Díaz Cassou, las letras murcianas ofrecen un panorama triste y desolador en lo que a recuperación y reelaboración de cuentos folclóricos se refiere. Y es una verdadera lástima, ya que las antologías que se publicarán casi a finales del siglo XX darán fe de una admirable riqueza cuentística en la región, como quizá podamos demostrar en otro momento.

 



[1] La literatura panocha. Leyendas, cuentos, perolatas y soflamas de la huerta de Murcia, Murcia: imprenta Belmar, colección «Hoja de laurel», n.ľ 4, 1972. Es reimpresión de la primera edición en Madrid: imprenta Fortanet, 1895.

[2] Pasionaria murciana. La Cuaresma y la Semana Santa en Murcia, Murcia: Academia Alfonso X El Sabio, 1980. Es reimpresión de la primera edición en Madrid: imprenta Fortanet,  1897.

[3] Aparece a partir de la página 231 en la primera edición y en la 229 en la edición de la Academia Alfonso X El Sabio.

[4] Motif-Index of Folk Literature. A classification of narrative elements in folktales, ballads, miths, fables, medieval romances, exempla, fabliaux, jest-book and local legends, 6 vols. (Copenhague y Blomington: Indiana University Press, 1955-1958).

[5] Los evangelios apócrifos en la literatura espaĖola, Madrid: BAC, 2005, pp. 263-266.

[6] Catálogo tipológico del cuento folklórico espaĖol, 4 vols., Madrid y Alcalá de Henares: Gredos y Centro de Estudios Cervantinos (I, cuentos maravillosos: 1995; II, cuentos de animales: 1997; III, cuentos religiosos: 2003; IV, cuentos-novela: 2003).

[7] Sánchez Ferra, A. (2000), «Camándula (El cuento popular en Torre Pacheco)», Revista Murciana de Antropología, 5, Murcia: Universidad, p. 93.

[8] G. García Herrero, A. Sánchez Ferra, J.F. Jordán Montes (1999), «La memoria de Caprés», Revista Murciana de Antropología, 4, Murcia: Universidad, p. 186.

[9] Editado en Culturas Populares. Revista Electrónica, 3 (septiembre-diciembre 2006). http://www.culturaspopulares.org/textos3/articulos/hernandez.htm.

[10] De acuerdo a Antti Aarne y Stith Thompson, Los tipos del cuento folklórico. Una clasificación, traducción de F. PeĖalosa, Helsinki: Academia Scientiarium Fennica, 1995.

[11] Francisco R. López Megías, Etno-Escatologicón. Tratado del hombre en cuclillas y en las camas del alto de la villa, Murcia: ed. de López Megías, 2000, pp. 25-26.

[12] Véase también el número-tipo [1854A], El sastre cobarde confunde las voces de los animales, creado por Carlos González Sanz en su Catálogo tipológico de cuentos folklóricos aragoneses, Zaragoza: Instituto Aragonés de Antropología, 1996. Este tipo fue eliminado, sin embargo, en la revisión que el autor realizó posteriormente de su obra.

[13] Cuentecillos tradicionales en la EspaĖa del Siglo de Oro, Madrid: Gredos, 1975, C3.

[14] Edición a los Cuentos de Ambrosio de Salazar, Murcia: Academia Alfonso X El Sabio,  2004, cuento n.ľ 291 y nota correspondiente (pp. 223-224).

[15] Véase Emilio Pendás Trelles, Cuentos populares recogidos en el penal del Puerto de Santa María (1939), ed. Jesús Suárez López, Gijón: Fundación Municipal de Cultura, Educación y Universidad Popular, 2000, cuento n.ľ 58.

[16] H.-J. Uther, The Types of International  Folktales. A Classification and Bibliography (Based on the System of Antti Aarne and Stith Thompson), Parts I-III, Helsinki: Academia Scientiarum Fennica, 2004.

[17] Cuentos riojanos de tradición oral, LogroĖo: Gobierno de La Rioja, 2002, p. 122: La fruta favorita de San Pedro.

[18] En Francisco R. López Megías y María Jesús Ortiz López, El Etnocuentón. Tratado de las cosas del campo y vida de aldea, Almansa: ed. de López Megías, 1997, p. 265.

[19] Murcia: Academia Alfonso X El Sabio, 1982. Es reimpresión de Almanaque folklórico de Murcia (Tipografía La Paz, Murcia, 1893), El Cancionero Panocho: Literatura Popular Murciana (Imp. Fortanet, Madrid, 1900) y Leyendas murcianas (Imp. Viuda de J. Perelló, Murcia, 1902).

[20] Cuentos populares sevillanos (en la tradición oral y en la literatura), 2 tomos, Sevilla: Fundación Machado, 1999 (tomo II, pp. 264-265).

[21] Elías Rubio Marcos, José Manuel Pedrosa y César Javier Palacios, Cuentos burgaleses de tradición oral (Teoría, etnotextos y comparativismo), Burgos: Autor, 2002.

[22] Tipo [1832Q] según González Sanz en su «Revisión del Catálogo tipológico de cuentos folklóricos aragoneses: correcciones y ampliaciones», Temas de Antropología Aragonesa, 8 (1998), pp. 7-60.

[23] Cuentos folklóricos en la EspaĖa del Siglo de Oro, Barcelona: Crítica, 1983, n.ľ 255.

[24] Murcia: Autor, 2002, n.ľ 260.

[25] Murcia: El Tiempo, 1909. Ha sido reeditado por la Academia Alfonso X el Sabio en 1978. El cuento está en el capítulo XXII de la novela.

[26] El relato n.ľ 127 del Etno-escatologicón, de Francisco López Megías, comparte con el de Frutos Baeza el motivo de las reconvenciones que un hombre, que se hace pasar por santo, hace a otro por alguna causa: pereza en la de Frutos Baeza o espíritu derrochador en la de López Megías. El asunto de este último cuento es que un mulero derrochador le pide a Jesús que le dé un capote, en tanto que el sacristán, que lo oye, se esconde detrás de la estatua y le replica que ahorre y así podrá conseguirlo.

[27] Murcia: Tipografía de Antonio de Echenique, 1897, pp. 95-99.

[28]  Murcia: Sucesores de Nogués, 1921.