Pazols Artigas, Francisca y José Manuel Pedrosa. “Seres míticos y mágicos en las leyendas tradicionales de Chile”. Culturas Populares. Revista Electrónica 3 (septiembre-diciembre 2006).

http://www.culturaspopulares.org/textos3/articulos/pazols.htm

ISSN: 1886-5623

        

Seres míticos y mágicos en las leyendas tradicionales de Chile

Francisca Pazols Artigas

José Manuel Pedrosa

Universidad de Alcalá

Era de noche, y como el camino es muy monótono, porque va cruzando el desierto, el tipo nos fue contando historias. Porque, según él, así no se quedaba dormido. Una historia que nos contó fue la de…(Leyenda núm. 7 de esta colección).

 

Resumen

Este artículo reúne una colección extensa y original de leyendas tradicionales chilenas, sobre seres fantásticos, fantasmas, apariciones y hechos sobrenaturales.

Palabras clave: Chile. Leyenda. Fantasmas. Apariciones. Seres fantásticos. Hechos sobrenaturales.

 

Abstract

This paper gathers an extensive and original collection of Chilean folk legends about fantastic beings, ghosts, apparitions and supernatural phenomena.

Key Words: Chile. Legend. Ghosts. Apariciones. Fantastic beings. Supernatural Phenomena.

 

E

ste artículo tuvo su origen en un curso de doctorado (sobre mitología comparada) que (en el aĖo 2005) siguió Francisca Pazols Artigas y que impartió José Manuel Pedrosa en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Alcalá. Como fruto de aquel curso, Francisca Pazols reunió una muy nutrida y original colección de relatos tradicionales chilenos, que obtuvo a través de la encuesta directa a personas chilenas que viven en EspaĖa, o bien, a través del correo electrónico, a compatriotas suyos de Chile. José Manuel Pedrosa participó en la labor de revisión, de edición, de ordenación y de análisis comparativo de los relatos.

            La colección no refleja ninguna tradición local específica dentro de Chile, ni el repertorio tradicional de ningún grupo ni gremio concretos. Hombres y mujeres, jóvenes y mayores, del campo y de la ciudad, de clases sociales y niveles educativos diferentes, han aportado sus recuerdos y han contribuido a reunir una colección de relatos muy variada, pero también muy interesante, que refleja, ante todo, la riqueza extraordinaria del imaginario colectivo chileno, y que debe servir de estímulo para seguir realizando este tipo de trabajos de recuperación de la literatura oral en el futuro.

            Cada uno de estos relatos podría, sin duda, dar lugar a un estudio monográfico de cierto alcance y densidad. Todos ellos, siendo específicamente chilenos, son también universales, en el sentido en que inevitablemente se combinan lo local y lo universal en el territorio de los relatos tradicionales: cada uno de ellos es un eslabón (local) de una colosal cadena (universal); cada uno puede tener paralelos en otras épocas, en otras tradiciones, a veces insospechadamente distantes. La energía de la palabra, que recorre sin esfuerzo las mayores distancias, la capacidad de adaptación y de resistencia de la cultura humana, que echa raíces en los lugares más diferentes, permiten explicar ese fenómeno, que, si dispusiéramos ahora del suficiente espacio y tiempo, podría llenar todo un grueso volumen de paralelos y de comparaciones.

            Tendremos que conformarnos, en esta ocasión, con proponer algunos textos entresacados de los repertorios orales de otros lugares y épocas, para que puedan empezar a apreciarse las similitudes entre este corpus de relatos (tan típicamente chileno en su primera apariencia) y otras tradiciones diferentes.

            Un primer ejemplo es el de nuestra leyenda núm. 2. (La mujer que se aparecía en el puente), que está protagonizada por una mujer fantasmal que tiene la costumbre de hacerse visible en un puente. Este tipo de leyendas conoce muchos paralelos en tradiciones muy diferentes de todo el mundo. Comparémosla con un relato de la Louisiana, en los Estados Unidos:

              Él nunca creyó en todos aquellos fantasmas, ni en aquellos espíritus, ni en todas aquellas cosas... Pero mi abuela murió y él estaba volviendo a casa –ella acababa de morir un rato antes– por el puente... Y justo cuando él estaba pasando por el puente, algo le golpeo –todo esto es verdad, todo sucedió–, pero él era un hombre fuerte. Así que algo le dio y le golpeó. Él no pudo ver lo que era, no pudo empujarlo. Fuera lo que fuera, debió de ser el espíritu[1].

            Muchos más relatos acerca de seres sobrenaturales que se aparecen en los puentes o en torno a ellos podríamos traer a colación. Pero más práctico que eso puede ser conocer la interpretación que a este tipo de creencias dio Mircea Eliade, y algunos de los antecedentes y paralelos míticos con que cuenta.

            El simbolismo del puente funerario está universalmente extendido y rebasa la ideología y la mitología chamánicas. Este simbolismo es solidario, por una parte, del mito de un puente (o de un árbol, o de un bejuco), que en otro tiempo enlazaba la Tierra con el Cielo, y merced al cual los hombres se comunicaban fácilmente con los dioses; por otra parte, está relacionado con el simbolismo iniciático de la "puerta estrecha", o con un "paso paradójico" que ilustraremos con algunos ejemplos.

              Nos hallamos ante un conjunto mitológico cuyos principales elementos son los siguientes: a) in illo tempore, en la época paradisíaca de la humanidad, un puente unía la Tierra con el Cielo, y se pasaba de la una al otro sin tropezar con obstáculos, porque no existía la muerte; b) una vez interrumpidas las comunciaciones fáciles entre Tierra y Cielo, ya no se pasa por el puente sino "en espíritu", esto es, como muerto, o en éxtasis; c) este paso es difícil, en otras palabras, está lleno de obstáculos y no todas las almas consiguen atraversarlo: es preciso vérselas con los demonios y los monstruos que querrían apoderarse del alma y devorarla, o el puente se hace de pronto tan sutil como el filo de una navaja de afeitar cuando caminan por él los impíos, etc.; sólo los "buenos", y especialmente los "iniciados", cruzan con facilidad el puente (estos últimos conocen, en cierto modo, el camino, puesto que han sufrido la muerte y la resurrección rituales); d) algunos privilegiados consiguen, no obstante, atravesarlo en vida, ya en éxtasis, como los chamanes, ya "por la fuerza", como ciertos héroes, o ya, por último, "paradójicamente" por la "sabiduría" o por la iniciación.

[...] En ciertas iniciaciones japonesas, los candidatos están obligados a construir un "puente" sobre siete flechas y con siete láminas. Este rito debe relacionarse con las escalas de cuchillos que suben los candiatos durante su iniciación chamánica y, en general, con los ritos iniciáticos de ascensión. El sentido de todos estos ritos de "paso peligroso" es el siguiente: se establece una comunicación entre la Tierra y el Cielo y se trata de restaurar el camino fácil que era el existente in illo tempore[2].

            La encrucijada es otro espacio mítico y crítico del que hablan (con temor y reverencia) los relatos tradicionales chilenos, según se aprecia, por ejemplo, en el texto núm. 3 (El fantasma de la guagua que lloraba en la encrucijada) de nuestra colección.

            A nadie debe extraĖarle. En todo el mundo, y desde muy antiguo, los cruces de caminos han sido considerados escenarios privilegiados de apariciones sobrenaturales (sobre todo diabólicas), de sucesos inexplicables, de peligros turbadores y amenazantes.

            Comprobémoslo, por ejemplo, a partir de este fragmento de uno de los exempla piadosos que, hacia 1223 o 1224, incluyó el monje cisterciense alemán Cesáreo de Heisterbach en la monumental recopilación de relatos en latín que lleva el título de Dialogus miraculorum:

Cierto día, a eso del mediodía, que es cuando más poder tiene el diablo meridiano, Felipe lo llevó a un cruce de caminos, hizo a su alrededor un círculo con su espada y pronunciando sobre él la ley del círculo, le dijo: si sacas alguno de tus miembros fuera de este círculo antes de que yo vuelva, morirás, pues los demonios rápidamente te sacarán de él y te matarán[3].

            Conozcamos a continuación un texto que refleja una creencia espaĖola viva y recordada todavía a finales del siglo XX:

Una creencia leonesa consistía en quemar unos pantalones de hombre en las encrucijadas o cruces de caminos, sitios peligroso desde siempre, y lugares donde se creía que se reunían las brujas[4].

            Y conozcamos, a continuación, el cuento de La muchacha y la vieja impostora, tradicional entre los fang de Guinea Ecuatorial, uno de cuyos núcleos ideológicos gira en torno a los peligros mágicos de las encrucijadas:

              Érase una vez una jovencita que se casó con un seĖor del poblado vecino. El poblado de la muchacha distaba mucho del de su marido, unos cuarenta kilómetros aproximadamente. El gran camino que existía entre los dos poblados era larguísimo, y tenía numerosos peligros y una prohibición; nadie debía cruzar solo dicha distancia. En la mitad del camino había un gran cruce, lugar de residencia de los grandes peligros.

              Hacía muchos aĖos que no visitaba la jovencita a sus padres, cuando un día le llegó la mala noticia de que había muerto su padre. Una vez enterada la muchacha de la desgracia, pidió a su esposo que se fueran, pero su esposo le dijo que no estaba preparado, que se fueran al día siguiente, y cogió su machete y se fue al bosque.

              La muchacha no pudo esperar, y cogió una cesta y un machete, dirigiéndose rápidamente a cortar unos plátanos en su finca para llevárselos a su madre. El lugar por donde cultivaban todos los habitantes del pueblo se llamaba Mang. Rápidamente, después de traer los plátanos, la jovencita ató a su hijo en el pecho y, con la cesta en la espalda, tomó el camino peligroso, en las espaldas del esposo.

              Llegada en el cruce, se puso a descansar; después de la parada, y a pocos minutos de la salida, oyó una voz que le decía:

              ŃEh, eh!

              Y, al mirar hacia atrás, vio a una vieja que se ofrecía a ayudarla con la carga que llevaba. La jovencita, cansada, lo aceptó. La vieja cogió la cesta y el niĖo, y se puso a caminar en compaĖía de la madre del bebé. Cuando vio la vieja que ya faltaban quince kilómetros, le dio unos golpecitos a la muchacha, e inmediatamente la jovencita se volvió vieja, y la vieja hechicera se hizo joven. Al verlo, la huérfana se puso a llorar de este modo:

              Fui a Mang para cortar plátanos para mi madre, Selene.

              Fui a Mang para cortar plátanos para mi madre, Selene.

              Para ir donde está mi madre, y al llegar en el cruce,

              oí una voz que me llamaba, y ahora es esa persona

              la que ya se ha hecho con todas mis cosas, Selene. (Contesta el coro).

              La verdadera madre del hijo no dejó marchar sola a la hechicera, y la siguió llorando hasta el poblado, entrando también la huérfana, acompaĖada de la disfrazada, en la casa de su madre. Al llegar las dos seĖoras, los familiares las saludaron, aunque en el fondo, la viuda no reconocía a la hechicera, por no parecer ésta a su verdadera hija, pero se quedó callada.

              Después de un rato, volvió la huérfana a repetir su llanto, mientras que los familiares iban murmurando, queriendo sospechar de la hechicera disfrazada. La viuda, mamá de la víctima, se acercó a la vieja para oír lo que decía mientras repetía la vieja su llanto; entonces la viuda se aclaró de sus dudas y, llamando a los demás familiares, obligó a la hechicera [a] que deshiciera su hechizo amenazándole con matarle si no lo hacía. El tío de la huérfana cogió su escopeta y amenazó a la bruja de matarla si no restablecía a su sobrina.

              Temblando de miedo, la bruja deshizo su hechizo, pero el tío, evitando que la bruja volviera a daĖar a otro, la mató[5].

            Nuestro relato núm. 7 (La amante fantasma) conoce también paralelos en tradiciones orales de todo el mundo[6]. Decenas, incluso centenares de paralelos, documentados en los cinco continentes, podríamos enfrentar a nuestra versión chilena. Pero, por ahora, deberemos conformarnos con algunas de las muestras más exóticas, que den idea del arraigo cultural del mito. Las siguientes son versiones de El Cairo (Egipto), Guinea-Conakry y (Antananarivo) Madagascar:

              Esta historia es muy conocida en El Cairo. Una noche se paseaban dos amigos en un coche por una carretera, y a los dos lados había tumbas. Y ven a una mujer haciendo auto-stop, con un vestido muy transparente y con el pelo muy largo. La recogen y se ofrecen para llevarla a su casa. Elle les dice que tiene frío, y los chicos la dejan la chaqueta de uno de ellos. Van hasta su casa, y ella les dice que la esperen un momento, porque va a subir a ponerse algo encima y luego bajará a devolverles la chaqueta. Pero tarda mucho, no sé si una hora, dos, tres... Al final se encuentran por allí con una persona y le preguntan. Le dicen:

              Hemos venido a acompaĖar a una chica y está tardando mucho.

              Entonces, el hombre les dice:

              ŃAh! ŃOs lo ha hecho otra vez! Es un fantasma. Es el alma de una mujer que vivía aquí antes, y si os vais ahora otra vez al cementerio, vais a encontrarla.

              Se van los dos al cementerio y encuentra la chaqueta del chico que ella le había pedido. Estaba puesta sobre la lápida de una de las tumbas[7].

              Hubo una historia cerca de nosotros; se trataba de una niĖa que había muerto mucho tiempo atrás, y una tarde un joven que estaba en una sala de baile la encontró y se hicieron amigos; al partir, la mujer le dejó al muchacho su dirección. Como él quiso reencontrarla un día más tarde, se dirigió a casa de la familia de su nueva amiga; una vez allí, se presentó a la familia, y vio entonces a algunos de ellos que lloraban; entonces le explicaron que su hija había muerto hacía mucho tiempo; el joven no podía creer, y mirando la foto de la mujer en el salón, les dijo:

              Fue ayer sábado. Yo encontré aquella de la foto en la discoteca...[8].

              Sobre todo, son los taxistas los que cuentan esta historia. Se dice que, una vez, dos chicas pararon a un taxi, y le pidieron que les llevase hasta un barrio de las afueras de Tananarivo; eran chicas muy guapas, e iban charlando en el taxi. Una de ellas se puso a fumar un cigarrillo, y ofreció otro al taxista, que notó que se trataba de un cigarrillo muy perfumado y suave. Pero no se lo fumó entonces, sino que lo metió en su bolsillo. Él estaba encantado, porque veía que la mujer y él se gustaban.

              Cuando llegaron al lugar adonde ellas iban, aquella chica y el taxista se dieron una cita para el día siguiente, y él vio cómo las dos se bajaban, se dirigían hasta una casa, y entraban dentro después de que alguien les abriese la puerta. Al día siguiente, a la hora de la cita, el taxista regresó al mismo lugar para recoger a la chica, y se dio cuenta de que en aquel sitio sólo había una casa en ruinas, y, cerca de la casa, una tumba. Se dirigió entonces hacia una casa que había en las cercanías. Estaba bastante asustado. Llamó y pidió hablar con la chica del día anterior o con su compaĖera. La persona que le abrió la puerta se echó a llorar, y dijo que las dos chicas habían muerto hacía algún tiempo en un accidente de coche, y que la tumba que estaba allí era la suya. Entonces, el taxista echó mano a su bolsillo para buscar el cigarrillo que la chica le había dado el día antes, y se dio cuenta de que se trataba en realidad de un dedo humano[9].

 

            Nuestras leyendas núms. 10 (El muerto que regresaba a cuidar de sus niĖos), 11 (El ánima en pena que venía a cuidar de los niĖos) y 12 (La aparición del abuelo a su nieta) hablan de muertos que regresan del más allá para hacerse presentes a sus familiares y para, de algún modo, recordarles que siguen cerca de ellos, como espíritus vigilantes, solidarios o protectores. La núm. 12 se refiere, específicamente, a la aparición del abuelo muerto. Comparémosla con la siguiente leyenda urbana catalana, con la que no deja de mostrar similitudes:

              Cuando hacía una visita a sus hijos y no estaban, el abuelo tenía por costumbre cambiar de lugar un tiesto para manifestar que había ido. El abuelo se murió. Como cada aĖo, los hijos pusieron el árbol de Navidad. Cuando pasaron las fiestas, cogieron el árbol y lo pusieron al pie de la escalera antes de tirarlo. Misteriosamente, cada día el árbol cambiba de lugar[10].

            La creencia en sobrenaturales, perros negros, encarnaciones de almas de muertos o de espíritus (por lo general del mal, aunque a veces también del bien) informa nuestra leyenda núm 37 (El perro diabólico). Y muchos paralelos que han sido registrados en tradiciones muy diversas. Volvámonos ahora hacia el continente americano, y analicemos los dos siguientes relatos, tradicionales en La Paz (Bolivia):

              Se dice que en los pueblos del Beni hace muchos, muchos aĖos, existían una familia y se dice que vivían en una casa que antes había pertenecido a unos brujos. Esta familia tenía un perro negro, y se dice que cada vez que había luna llena, este perro se convertía en un hombre y salía a conversar con las personas que encontraba.

              Una noche, cuando la hija menor de esta familia salió al campo, se perdió y dice que unos hombres la atacaron, y el perro que estaba pasando la encontró y fue contra los atacantes, y los atacantes lo mataron o lo hirieron. Cuando este perro mal herido se convirtió en un hombre y la llevó a la chica a su casa, vieron que el hombre estaba mal herido, y cuando quisieron salvarlo, éste se convirtió en perro y murió.

              Y se dice que ahora cada mes en que se recuerda la fecha en que murió el perro, muere un perro negro y se escuchan muchos ladridos.

              Me lo contó un amigo.

              Se dice que cuando uno ve a uno de esos perros sin pelaje (perro cala), en ellos se venía al diablo. Uno de mis familaires una vez vio en un campesinario a uno de esos perros cuando él era niĖo y le mostró a su mamá los ojos rojos de ese perro, y su mamá le dijo que no mirara a mi familiar, que cuando uno mira a esos perros, después se muere[11].

            También en la tradición de Nicaragua han sido documentadas interesantísimas leyendas acerca de perros fantasmagóricos:

              El Cadejo es un perro blanco. O sea, hay un Cadejo Blanco y un Cadejo Negro. El Blanco es el bueno, y el Negro es el de los malos espíritus, el que te lleva el mal.

              Se le aparece a las personas de noche, a los hombres, que son los que andan de noche. Entonces, el Cadejo Blanco los va cuidando, va detrás del hombre que viene de parrandear. Y el Cadejo Negro lo ataca al hombre. Es lo contrario. Entonces, viene el Cadejo Blanco y lo defiende[12].

 

              Bueno, pues este [cuento] es [de] una seĖora [que], bueno, que nos crió. Era amiga de mis padres. Entonces nos crió a mí y a mis hermanos. Pero no vivía en la ciudad, sino que vivía [a] quince o veinte kilómetros hacia los alrededores de Managua. Sucedía que, a veces, se quedaba en la casa, dormía con nosotros. Y otras veces se iba para su casa.

              Un día de tantos se fue, pero ya se fue tarde ņno? Seis o siete de la noche. La noche ya estaba entrada y, bueno, el sistema de transporte no era tan bueno que todavía le tocaba caminar de la última estación del bus. Todavía le tocaba caminar un camino oscuro. Pero resulta que ya iba andando ahí sobre las nueve, y ella es bien religiosa. Siempre, ņsabe?, con los temas de la religión.

              Entonces, dice que iba caminando, y sentía como que la observaban, o alguna presión o alguna cosa así. Entonces, ya era una seĖora avanzada, y andaba con su crucifijo, y se puso a rezar y todo el cuento ņno? La bolita y todo eso.

              La cuestión es que oía ruido y comenzaba a caminar más rápido, y comienza la presión, hasta que llegó a una zona que habían unos andamios y unos residuos de combustión, y comenzó a ver sombras. Entonces, bueno, seguía rezando más, y cada vez más nerviosa. Resulta que miró un perro delgado, bastante grande para ser un perro, pero que miraba que era la forma igualita a un perro. Pero, obviamente, más grande quizá.

              Entonces ella había escuchado de su abuelo, y del abuelo y del abuelo y del abuelo, que existía siempre el Cadejo Blanco y el Cadejo Negro. El Cadejo Negro era el malo, y el Cadejo Blanco era el bueno. Entonces, que miraba cómo se movía de forma muy rápida, excesivamente rápida, como para ser un perro, como decimos nosotros, como cuando hay cualquiera en la calle. Entonces se quedó petrificada. No sabe cuánto tiempo, pero se fue una eternidad para ella. Y el perro, pues ni siquiera ladraba. Se le miraban los ojos brillantes y movimientos rápidos sobre los andamios.

              Pues, de tanto rezar o no sé qué, ņqué le pasó? Pues que logró, agarró valor, siguió caminando y, al doblar una esquina, se encontró con otro perro, de características mucho, mucho menores que el anterior, pero Blanco. Entonces, ella se sorprendió ņno? Y quiso volver hacia atrás. Y no pudo, pues intentando darse vuelta, en lo que ella quiere darse vuelta, el perro que estaba echado ahí, el Blanco, se levanta, y se le pone en la espalda, y no se despega hasta que llega a su casa. Y, bueno, ya se sentía más segura, hasta que llegó a su casa, entró, quiso buscar al perro el día siguiente. Y nada, no lo encontró[13].

            El mito de El hombre del saco, que informa nuestras leyendas chilenas núms. 24, 25 y 26 (El hombre del saco) ha sido documentado en otras ocasiones en Chile:

              Aparece en Peine en el medio de los remolinos de viento, y se lleva a los niĖos en una bolsa que tiene en su vientre[14].

            Pero se trata, en realidad, de una creencia común en muchos otros sitios. En EspaĖa, concretamente en Almería y en el pueblo de Cilleruelo de Abajo (Burgos), han sido recogidos los siguientes testimonios:

              Mi madre me contaba de pequeĖa que, por las calles, había un hombre con un saco a cuestas que le decían el hombre del saco, porque lo que hacía este hombre era que a los niĖos malos los metía en su saco y se los llevaba[15].

 

              El trapero es uno que dice que va con el saco en Madrid, que vivía en Madrid. Iba por las calles pregonando:

              –ŃEl trapero! Hace muchos aĖos ya, claro ŃVendo trapos! ŃEl trapero! ŃCompro trapos!

              Y claro, se asoma una seĖora del quinto piso o el sexto, y dice:

              –ŃEh, buen hombre! –Dice– ŃHaga el favor de subir!

              Y va el pobre, con el saco a medio llenar de trapos, y dice:            

              Bah, esta mujer le termina aquí de llenar.

              Sube las escaleras andando, porque no había ascensor. Era en aquellos tiempos que no había ascensor... Cuando llega arriba, ya, llama a la puerta, sale la seĖora con el niĖo, que era un chico de seis o siete aĖos, dando guerra... Dice:

              –Mire, mire este chico la guerra que da. ņVerdá que si no se calla, le mete usté al saco[16]?

            El mito de El hombre del saco o de la bolsa tiene tanto arraigo en la tradición panhispánica que no han faltado sugerentes recreaciones literarias, como la siguiente, salida de la pluma del escritor peruano-espaĖol Fernando Iwasaki:

              No hay que hablar con extraĖos

              Así me decía siempre mamá, pero Agustín no era un extraĖo porque todos los días me ofrecía caramelos a la salida del colegio. Además, cada vez que me llevaba a su taller me regalaba muĖecas. Muy bueno era Agustín, me hacía cariĖitos.

              Mamá me contaba historias bien feas de niĖas que se perdían porque se las robaban las gitanas o el hombre de la bolsa. Yo sabía que las gitanas se llevaban a las niĖas para obligarlas a vender flores, pero nunca supe qué te hacía el hombre de la bolsa. Con Agustín yo juego a que me toca y yo lo toco, y siempre gano pues al final no se puede aguantar. Mamá es una miedosa porque dice que si hablo con extraĖos seguro que no me vuelve a ver.

              En el taller de Agustín hay muchas cosas que cortan y queman y pinchan. También tiene un avión desarmado que un día servirá para volar e irnos de viaje. Por eso me puso el paĖuelo mágico en la nariz, porque los aviones marean y tengo que acostumbrarme. Después ya no me acuerdo de nada: una colonia bien fuerte, un sueĖo como regresando de la playa y muchas cosas que cortan y queman y pinchan.

              A veces salgo del taller de Agustín y vuelvo al colegio porque ahora nadie me llama la atención. Me gusta hacer lo que quiero y caminar de noche, pero me da pena mamá, siempre mirando triste por la ventana. Le hablo y no me hace caso y entonces vuelvo al taller con mis juguetes de niebla. Seguro que si Agustín no fuera un extraĖo mamá me volvería a ver[17].

            Pese a su escasa extensión y aparente trivialidad, el relato chileno núm. es extraordinariamente interesante, y cuenta con muchos paralelos en otros lugares. Miremos ahora hacia el solar hispano peninsular, y conozcamos una versión del pueblo de Torralba del Río (Navarra):

              Dicen que había [un tesoro]: una clueca encontraron una vez, ahí en el campo; pero había un camino que iba de BaĖano, que había muchos pueblos aquí. Había BaĖano, San Martín, y de BaĖano había un pueblo que iba a Mues. Había un caminito, y en el camino pues la escondieron la clueca, con cinco pollos de oro. Pero el pueblo, ya han estao mirando, pero no. Lo de la gallina no es viejo. [Hace poco] estaba [uno] labrando y le salió la gallina con cinco pollos de oro.

              Dicen que antes, cuando ponían un escudo en una casa, los hijos de esa casa no iban a la guerra. Entonces ellos compraron el escudo para que no fueran los hijos a la guerra con el dinero de la clueca. Yo tengo oído eso. Yo tengo oído a mi padre que esos huevos se marcharon hasta Francia[18].

            Relatos acerca de gallinas de oro o con pollos de oro han sido registrados en muchos otros lugares de la geografía peninsular. El siguiente documento es de la provincia de León:

              En IgüeĖa tenían enterrados varios tesoros, y cierto día, al cavar una viĖa, un seĖor encontró una gallina con pollos de oro, y en su afán de ponerla a buen recaudo la llevó para su casa, escondiéndola en un recóndito lugar del desván, y como tuviese tan mala suerte de quemársele la vivienda, al no poder rescatarla debido a la voracidad de las llamas, las paredes del edificio aparecieron a la maĖana siguiente enfoscadas de oro[19].

            La creencia acerca de gallinas de oro que prometen y simbolizan la riqueza cuenta con antecedentes venerables en el imaginario colectivo espaĖol, según prueban las siguientes informaciones referidas al ámbito gallego:

              A principios del siglo XVII aparecen los primeros datos, al menos por el momento, conocidos acerca de lo que es una constante en la cultura popular gallega actual: los tesoros encantados. En concreto, se trata de los documentos referentes a un pleito que mantuvo el clérigo Vázquez de Orxas con los campesinos, sobre la pertenencia de unas mámoas en las que supuestamente había oro enterrado. El pleiteante habla de las mámoas de los «gentiles galigrecos», que supuestamente tienen oro y que los campesinos abren para llevárselo. Estos tesoros están encantados, y si no son desencantados, se van. Como se puede ver, coincide exactamente con la creencia actual. También aparecen otros detalles que resultan familiares. Por ejemplo, una de las seĖales del tesoro es una gallina con pollitos: «Que era fama pública que dicha mámoa do Amenido tenía tesoro, y decían que todas las maĖanas de San Juan de cada un aĖo veían en ellas seĖales de haber tesoro, que eran un hato de gallinas y pollos, los cuales luego desaparecían después que se mostraban»[20].

            Tales creencias han querido ser explicadas de este modo:

              Dentro del mundo campesino gallego, la gallina posee ciertas características peculiares. En primer lugar, es un animal que podría denominarse hiperdoméstico, tanto por su presencia en la casa como por su cría, que constituye una tarea femenina. Asimismo, también su venta, cuando se realiza, es encargada a las mujeres, tarea que éstas realizan en los mercados periódios de las villas o ciudades más próximas.

              Cuando se reservan para el consumo doméstico, generalmente se consumen en una comida de fiesta,a o cuando menos de «domingo». Asimismo, también son el alimento indicado para alimentar a la mujer recién parida. Vemos entonces que la gallina es un animal que está fuertemente relacionado con la mujer.

              A pesar de su papel como alimento en cierta medida de fiesta y de la importancia que el aporte económico de su venta supone para la economía de la casa, la gallina aparece considerada como animal de poco valor, como se pone de manifiesto en el refrán A ave de pico nunca ao home fixo rico.

              Otro aspecto negativo de la gallina se manifiesta especialmente cuando se trata de una clueca: puede producir el aire. Este aspecto lo comparte con todas las hembras cuando se encuentra o bien embarazadas o bien menstruando.

              Una gallina con pollitos, en un relato de la zona de La Guardia, resulta ser el trasno (en la zona se denomina tardo): cuando la persona a la que se aparece ha conseguido reunir todos los pollitos, desaparecen sin dejar rastro. Esta aparición cabe perfectamente dentro de la acción burladora del trasno por sí mismo, pero también puede pensarse que el astuto ser aprovecha una forma conocida de presentasrse los tesoros encantados para burlar una vez más al incauto que intente atraparlo.

              Solamente en dos menciones nos encontramos con la gallina de los huevos de oro, que podría suponer otra forma de ligarćzon entre la gallina y el oro. Se trata en ambos casos de una gallina que pone huevos de oro y que es guardada por una moura encantada en forma de serpiente. Finalmente, se podría tener en cuenta también el hecho de que los pollitos son de color dorado, aunque parece que lo determinante es el conjunto de gallina y pollitos[21].

 

            Damos ya paso a nuestro repertorio de leyendas chilenas, a sabiendas de que su comentario podría ser mucho más extenso y profundo. Esperamos que estas rápidas pinceladas comparatistas hayan servido, al menos, para demostrar que todos estos relatos, sin dejar de ser típica y legítimamente chilenos, son también eslabones de una viejísima y prácticamente universal cadena de leyendas que los chilenos comparten con muchos otros pueblos, y que en cada lugar adquieren tonos y acentos diferentes pero también familiares y solidarios con los demás.

 

1.          La Virgen vestida de blanco que se aparece en los caminos

              De gente antigua he escuchado muchas veces de las ánimas. Mi papá contaba muchas cosas que dice que eran reales antes. Aparecían cosas como una Virgen de blanco en la noche, por el bosque y por el camino. La gente que la veía decía que le daba miedo.

Lucila Romero Fuentes, 52 aĖos, Valle de San Manuel, VIII Región

2.          La mujer que se aparecía en el puente

              Mi suegra me contó que, una vez, iba por la calle a tomar la micro, y ve a una seĖora parada en un puente que llamamos Canterilla. Y dice que esta seĖora no se movía. Estaba ahí no más. Y ella pensó que era una vecina de por ahí.

              Y dice que siguió acercándose, acercándose donde ella, pero que, cuando ya llegó a la calle, pasó un camión. Y se desapareció, y el camión no paró. Ella no subió al camión. Y dice que era una seĖora flaca, alta, que andaba toda de blanco.

              Yo pienso que sería la Virgen, porque ella no tuvo miedo ni nada.

Elena Fuentes Quiroz, 42 aĖos, Lomas de San Alberto, VIII Región

3.          El fantasma de la guagua que lloraba en la encrucijada

              Una vez llevaba maíz junto con otro caballero, de noche. Iba pasando cerca de un cruce, y sentí un quejido. Era como un animal degollado. Yo solté las bolsas que andaba trayendo, y empecé a buscar de dónde venía ese ruido. Yo escuchaba que estaba detrás de un litre [lithraea caustica, árbol que puede producir dermatitis y reacciones alérgicas a quienes lo tocan] que había ahí, pero el seĖor con que estaba me empezó a llamar, y me tuve que volver.

              Dos días después, volví a ese mismo lugar, y no había ningún litre. Le conté esto mismo a unos niĖos, y ellos me dijeron que ahí siempre pasaba eso, que ellos escuchaban una guagua [una criatura pequeĖa] llorar.

Guillermo Villarroel, 85 aĖos, Manquehua, IV Región

4.          El fantasma del degollado que se aparece en las quebradas

              En las quebradas siempre aparecen cosas, hombres degollados. Aquí mismo, en esta quebrada. La otra vez, a mi hermano, le apareció un degollado en la quebrada. Estaba lleno de sangre. Le corría así la sangre. Y mi hermano se fue corriendo, y le tiró unos garabatos.

              Pero el hombre le salió allá, y, después, le vino a salir aquí, de ahí. Le tiró piedras y se perdió.

Guillermo Villarroel, 85 aĖos, Manquehua, IV Región

5.          El fantasma de la novia a caballo

              En mi pueblo se aparecía una niĖa montada a caballo, vestida de novia. Ella murió embarazada. O sea, al tener la guaguita, murió. Y se murió la guaguita también.

              Siempre ocultó su embarazo. Nunca lo dijo a su familia. Mamá soltera. Dice la gente que, cuando uno se muere, tiene cuarenta y ocho horas para recorrer todas las partes donde haya vivido. Y, en esas cuarenta y ocho horas, la niĖa empezó a salir vestida de novia y a caballo. Ella siempre quería casarse. Ella ya tenía su vestido de novia.

              El novio se murió antes que ella. Lo atropellaron. Entonces, no se podía casar.

              La gente muchos aĖos la vio. Yo una pura vez la vi. Le decían la novia de la noche allá.

María Zamorano Valenzuela, 53 aĖos, Vincahue, VII Región

6.          La mujer fantasma que regresó a visitar su casa y olvidó un guante

              Estábamos una tarde con mi mamá, Ester Gana Larraín, en nuestra casa en la calle Catedral. Era una casa con un living muy elegante, con una escala. Tocan el timbre. Salgo yo a abrir, y estaba una seĖora de unos cuarenta aĖos, toda de negro, con sombrero. Y me dice si puede pasar, porque ella hace muchos aĖos vivió en esa casa.

              Yo no vi ningún inconveniente en que entrara. La invité a sentarse en el living de la entrada de la casa, y pasé sola al segundo living, a avisarle a mi mamá que había una seĖora de visita, y que porqué no la atendíamos las dos.

              Entonces con mi mamá fuimos, y la seĖora se presentó con un nombre que no recuerdo ahora. Esto fue hace cincuenta y ocho aĖos, a mediados del aĖo 1947. La seĖora dijo que ella había vivido en esta casa, y que quería ver la pieza  que daba al living primero, porque en esa sala había muerto una persona a quien ella quería mucho. También dijo que ella había estado fuera mucho tiempo, y había vuelto después de haber recorrido todos los alrededores de la casa, todas las calles del barrio. Dijo:

              ņMe permiten entrar a esta pieza?

              Mi mamá le contestó:

              –Por supuesto, seĖora, pase. No hay ningún inconveniente.

              Y nos contó que, cuando ella había vivido en esa casa, ese living tan bonito era el primer patio de la casa. Y que esa pieza daba al patio, y que ahí ella había dormido. Y en esa pieza tenía muy buenos recuerdos, y también muy malos.

              Después de recorrer el living y la pieza, se quedó con nosotras una media hora, conversando, y nos dijo:

              –Les agradezco su buena voluntad por haberme permitido recordar tiempos muy felices y muy tristes…

              Se despidió y se fue. En ese momento encontramos un guante negro que se le había quedado. Esto fue al instante que salió de la casa. Y pedimos a una de las empleadas, la María, que saliera a entregarle el guante, porque debía estar saliendo. Y la seĖora había desaparecido. Ya no estaba por ningún lado.

              Entonces, al día siguiente, mi mamá tenía que ir a pagar la última parte que nos faltaba para pagar la casa, a un seĖor de apellido Campino, que era el anterior dueĖo de la casa. Y le contó que había ido a la casa esta seĖora, y que se llamaba Fulana de Tal. El SeĖor Campino le dice:

              –ŃSeĖora Ester, no puede ser! ŃSi esa seĖora murió hace por lo menos unos treinta aĖos! ŃY fue asesinada en la pieza que daba al living primero, que en ese tiempo era el primer patio!

Elcira Jarpa Gana, 85 aĖos, Quillota

 

7.          La amante fantasma

              Una vez, en un viaje al norte, hace unos trece aĖos, nos llevó un camionero a mí y a unos amigos en el trayecto que va entre ChaĖaral y Antofagasta.

              Era de noche, y como el camino es muy monótono, porque va cruzando el desierto, el tipo nos fue contando historias. Porque, según él, así no se quedaba dormido.

              Una historia que nos contó fue la de una mujer que conoció en uno de sus viajes a Bolivia. Nos contó que, una vez, también de noche, una mujer le hizo dedo en la carretera, y él la llevó.

              La cosa es que iban al mismo pueblo, y, al llegar, se fueron juntos a comer y a bailar. Y, al final, se volvieron al camión. Se acostaron juntos.

              El tipo nos contaba que, aunque tenía mujer en Chile, se quedó enamorado de esta otra, y que incluso pensaba dejar a su familia por esta mujer.

              Después de esa noche, en la madrugada, la mujer, que se llamaba María, le pidió que la llevara a su casa. Y el camionero, antes de seguir su ruta, la fue a dejar, y quedaron de verse cuando él volviera unos días después por el mismo camino.

              Cuando volvió, nos contaba que iba con un ramo de flores, y que se bajó en la casa de la María y, al tocar la puerta, salió una vieja a recibirlo.

              Cuando el camionero le preguntó por la María, la vieja se puso a gritarle y a zamarrearle la chaqueta. Gritaba:

              –ŃYa la hizo de nuevo esta zorra!

              Entonces la vieja se metió en la casa, y salió con una foto antigua de una mujer, de esas fotos como retocadas. Y le preguntó al camionero si ésta era la María que estaba buscando. Él le dijo que sí, y la vieja le dijo:

              –Esta puta se murió hace treinta aĖos.

              El camionero nos contaba que no sabía qué hacer, y que se quería mear de susto.

Jorge Rojas, 28 aĖos, Santiago

 

8.          El fantasma que dio aviso de su muerte a su familia

              A mí me pasó un chasco una vez aquí, en mi casa, cuando llegué de Catillo. Andaba haciendo aseo en mi pieza, y sentí encenderse la luz en la cocina, y venía a mirar, y nada. Y allá arriba, otra vez para adentro. Y volvía lo mismo, y no era nada. Y, al final, como al día siguiente, supe que había fallecido un tío de mi papá.

              Era como que me había venido a avisar que se había muerto.

Lucila Romero Fuentes, 52 aĖos, Valle de San Manuel

9.          La aparición nocturna

              Anteanoche me penaron a mí. Es que yo no tengo miedo. Yo estaba acostado ahí, y abrí los ojos, y ahí estaba la persona. Después hablé y desapareció. Pensé que era el Víctor, mi hermano, la primera vez que lo vi. Cuando abrí los ojos, me dio miedo. Pero después se me quitó al tiro.

José Eduardo Romero Fuentes, 12 aĖos, Lomas de San Alberto

10.       El muerto que regresaba a cuidar de sus niĖos

              Mi marido, Rafael Goldsack, que le decían Palelo, siempre tuvo una afición muy grande a la madera, a tallar, a hacer muebles, dibujar. Era un artista.

              Después que llegaba de la oficina, se iba al taller, en el tercer patio de la casa, y trabajaba con sus máquinas: una sierra eléctrica, una caladora, una cepilladora... Generalmente trabajaba de 17 a 22 horas. A esa hora, yo daba papa a la guagua de turno y la hacia dormir. Y, cuando él volvía del taller, entraba muy despacito a la pieza, girando por fuera la manilla de bronce, muy lentamente.

              Pero él murió, y yo me quede con cuatro niĖos. En las noches, yo le daba la mamadera al niĖo, más o menos a la misma hora que él solía llegar.

              Una noche vi cómo la manilla de bronce de la pieza, que estaba cerrada, giraba lentamente, como lo hacía mi marido cuando estaba vivo. Cuando la vi, pensé que era mi hermano que habría ido a ver al niĖo, que le gustaba verlos antes a la hora del sueĖo.

              Pero la puerta no se abrió. Entonces yo me asusté y abrí la puerta. Y no había nadie. Entonces pasé a ver a mi mamá. Pero dormía. Y luego a la pieza de mi hermano, pero no había llegado.

              Revisé todo, y no había nadie. Y los otros tres niĖos dormían. Pensé entonces: “debe ser Palelo, que viene a vernos”. Pero yo soy de las personas que no le tiene miedo a los muertos, sino a los vivos. Así que no tuve miedo…

              Esto se repitió muchas veces después, y me sentí acompaĖada. Y, cuando la guagua lloraba, se movía sólo el coche, meciendo al niĖo, como también lo hacía Palelo cuando vivía.

Elcira Jarpa Gana, 85 aĖos, Quillota, V Región

11.       El ánima en pena que venía a cuidar de los niĖos

              En la casa sí que se han vivido cosas extraĖas. Pero no hemos tenido miedo ni nada, porque nosotros pensábamos que era el Cristian, el hijo de la seĖora Lucy. Porque él era como hijo para nosotros. Y siempre nos dijo que, cuando los chiquillos estuvieran destapados, cuando él se muriera, él los iba a venir a tapar.

              Y, una vez, vino, y yo lo vi: subió la escalera, subió donde los niĖos, bajó para abajo y se paró ahí. Me miró a mí y se fue para afuera. Abrió la puerta, la cerró, y se fue. Como tres meses de muerto tenía. Y, una vez, se le apareció al Carlos en el auto.

              Y Carlos le dijo que le iba a mandar decir una misa y no ha vuelto a aparecer más.

Elena Fuentes Quiroz, 42 aĖos, Lomas de San Alberto, VIII Región

12.       La aparición del abuelo a su nieta

              A mi hija María, cuando falleció mi papá, vivíamos allá en San Manuel, y la María siempre lloraba, y decía que quería ver a su abuelito. Y un día salió para afuera. Estaba detrás de una mata. Y ahí lo vio. No le vio la cara. Pero llegó a la cocina pálida, y me gritaba “ŃMamá, mamá! ŃMi abuelito!”, me decía . Yo lo fui a ver, y yo no lo vi.

              Pero la María lo vio.

Elena Fuentes Quiroz, 42 aĖos, Lomas de San Alberto, VIII Región

13.       El llanto de la Llorona trae muertes (I)

              Cuando se escucha llorar a la Llorona, es porque alguien de la familia va a morir.

Constanza Tocornal, 27 aĖos, Santiago

14.       El llanto de La Llorona trae muertes (II)

              Mujer que se siente llorar. Si se escucha fuerte, es porque está lejos. Si se escucha despacio, significa que está cerca.

              Se cree que anuncia muertes.

Constanza Tocornal, 27 aĖos, Santiago

15.       El llanto que augura muertes

              El 19 de septiembre de 1998, como a las cuatro de la maĖana, sentía que una mujer lloraba y lloraba. Era un llanto como de un lamento terrible. Yo sentía que se iba acercando.

Después de eso hubieron como tres muertes en el pueblo.

José Domingo Alfaro, 67 aĖos, Manquehua, IV Región

16.       El mal de ojo y los niĖos

              Yo creo que hay mal de ojo. Una guagua que uno la encuentra bonita y no le diga “Dios te guarde”, le echa mal de ojo. Que sea la persona de ojo de fuerte o de sangre fuerte, los que dicen que ojean.

              No son brujas. Eso creo que son otra cosa. Hay que santiguarla, hay que buscar a una persona que la santigüe. Si es fuerte el ojo, se muere la guagua: le da fiebre, diarrea y vómitos.

Lucila Romero Fuentes, 52 aĖos, Valle de San Manuel, VIII Región

17.       Amuletos y remedios contra el mal de ojo (I)

              Para santiguarla se hace así no más, con oraciones que saben una seĖora que sabe, o el padre.

              Me han ojeado a mí y a mis dos nietos chicos. Después que me santiguan, como a los diez minutos, me mejoro. Me tomo una agüita de hierbas y me quedo tranquilita. Transpiro y se me pasa.

Lucila Romero Fuentes, 52 aĖos, Valle de San Manuel, VIII Región

18.       Amuletos y remedios contra el mal de ojo (II)

              Contra el mal de ojo se le coloca una cinta roja en el babero de la guaguita, que es un San Benito, una cinta y una medalla, que es el que espanta al demonio. Otra cosa para espantarlo es poner una cinta roja en un palo de canelo en forma de cruz, y con tres ajos colgados, detrás de la puerta. Eso es para que el demonio no te entre a la casa.

              El canelo es sagrado porque las viejitas antiguas siempre han dicho que, donde hay una mata de canelo, el agua está viva. Y el agua, como es sagrada, el canelo está sagrado.

Elena Fuentes Quiroz, 42 aĖos, Lomas de San Alberto, VIII Región

19.       Amuletos y remedios contra el mal de ojo (III)

              Allá en el campo, siempre se contaba que, cuando una guaguita tenía mal de ojo, estaba muy llorona, tenía fiebre, había que llevarla donde una seĖora que la santiguaba. Con un ají “cacho de cabra” y un crucifijo le soplaba la mollera, le rezaba no sé qué oraciones, y las guaguas se sanaban al final.

              Dicen que el ají “cacho de cabra” es contra el demonio.

              A mis hijas y nietas las ojearon. A mi nieta se le achicó el ojito. Andaba con fiebre. Debe haber sido una vecina, porque ella dijo que, cada vez que le hacía cariĖo a una guagua, siempre se enfermaba.

              La gente del campo. lo que hace cuando conoce a una guagua: la escupe o le echa un garabato. Porque dicen que, así, nunca más la ojean.

              Al lado de mi casa hay una seĖora que santigua niĖos. Es bien católica.

María Zamorano Valenzuela, 53 aĖos, Vincahue, VII Región

20.       Amuletos y remedios contra el mal de ojo (IV)

              Para evitar el mal de ojo en los animales domésticos y de pastoreo, se les pone una cintita roja en el cuello o la oreja.

              Para el mal de ojo se debe “santiguar” a la víctima. En el caso de guaguas, hay que decir “que Dios lo guarde”, porque éstas estarían más indefensas.

Constanza Tocornal, 27 aĖos, Santiago

21.       La bruja Clotilde, la culebra y el tabaco

              Allá en el campo había una seĖora que le llamaban Bruja Clotilde. El hermano de ella dicen que hacía brujería y sacaba “daĖos”, porque a la Ximena, a mi hermana, dicen que le hicieron un daĖo, una magia negra. Y que se la hicieron en un cigarro.

              Y la Ximena se estaba ahorcando con la culebra que tenía en la guata. La estaba estrangulando de la cintura. El cigarro como que se le convirtió en culebra, y eso es lo que le estaba aprisionando la guata por dentro. Tenía como un latigazo en la cintura. Yo la vi.

              La seĖora que hacía magia negra no pudo sacársela, porque dijo que iba a quedar ella muy cargada, porque esta gente, cuando sacan daĖos, se enferman. La que hace daĖos no puede sacar daĖos, porque se enferma. Les cae el daĖo a ellos.

              Unos evangélicos la curaron. Pero no salió la culebra, sino que vomitó: un vómito como oscuro, negro, cualquier cantidad. Dicen que el que le hizo el daĖo fue un tipo que estaba enamorado de ella, y que ella nunca lo quiso, porque era casado. Él le pagó a la seĖora para que le hiciera el daĖo en un cigarro.

              De ahí empecé a creer yo. Dije: “no creo en brujos, caray. ŃPero, de que los hay, los hay!”.

              Dicen que esta gente que hace los daĖos carga a la gente los martes y los viernes. Para protegerse, la gente se tiene que poner una prenda al revés. Para, que si la gente tira la magia, no le caiga.

María Zamorano Valenzuela, 53 aĖos, Vincahue, VII Región

22.       El asalto del brujo

              Una vez a mí me salió un brujo. Pero no le vi la cara. El puro cuerpo no más.

Estefanía Reyes, 95 aĖos, Manqueua, IV Región

23.       El brujo ahuyentado a pedradas

              Una vez, a mí me pasó que andaba por la cordillera con mi papá, y él me decía que, una noche, se apareció un brujo. Y que él le tiraba piedras. Y trataba de despertarme, pero  yo no podía. Sólo me despertaba cuando él me movía. Si no, no. Y, por mientras, le seguía tirando piedras al brujo, hasta que se fue.

              Y ahí recién yo me pude despertar.

Guillermo Villarroel, 85 aĖos, Manquehua, IV Región

24.       El hombre del saco (I)

              Yo me acuerdo, cuando chico, las personas me decían que, en la calle, generalmente de noche, salía un hombre, que no se sabía muy bien cómo era, con un saco, a llevarse a los niĖos que estaban "vagando por las calles" o que, simplemente, se encontraban solos.

              Después de haber escuchado innumerables historias acerca de este misterioso hombre, un día, en mi casa de la Gran Avenida, salí solo, de noche, a andar en bicicleta. Siempre daba una vuelta a la manzana y me entraba nuevamente. De hecho, lo hacía a propósito, para ver si realmente era cierto todo lo que se contaba.

              Cuando di la primera vuelta, ya lejos de mi casa, pasé por un sitio vacío, creyendo que no vería nada, como siempre. Pero esta vez, después de haber pasado por este lugar, doblé en la siguiente cuadra, ya de vuelta a mi casa, y me topé cara a cara con un hombre vestido con ropa vieja, cara sucia y, detrás de la espalda, un saco enorme de arpillera, lleno hasta la mitad con un bulto.

              Nunca supe si era el hombre del saco o no, porque por el susto que me llevé, creo que nunca me había demorado tan poco en dar esa vuelta de regreso a mi casa.

              No vi más a este hombre, ni de día ni de noche. Pero tengo su cara marcada en mi memoria hasta el día de hoy.

Alfredo de Castro, 27 aĖos, Santiago

25.       El hombre del saco (II)

              Era una historia que le contaban los grandes a los niĖos chicos para que se portaran bien y obedecieran. Si me portaba mal, no quería entrar a la casa a comer, quería seguir jugando en la calle, no quería apagar el Atari [consola para videojuegos], no queria dejar de ver los monitos, etc, etc. En el fondo, si no le hacía caso a mis papás o a alguien que era mayor que yo, me amenazaban con que iban a llamar al viejo del saco para que me llevara.

              Obviamente, nunca lo llamaron. Y, cuando caminaba por la calle con alguno de estos adultos o semiadultos mentirosos, y veíamos a un vagabundo, de los mas cochinos y zaparrastrosos, me decían: “mira, ahí está el viejo del saco. Tienes que portarte bien”.

              En el fondo, hacer caso.

Fernanda Salinas, 28 aĖos, Santiago

26.       El hombre del saco (III)

              Cuando la Francisca, mi hermana, y yo éramos chicas, teníamos una nana que se quedaba cuidándonos cuando salía el papá y la mamá.

              El problema es que no le hacíamos mucho caso, y lo peor era cuando nos teníamos que ir a acostar. Así que ella, un poco desesperada, nos decía que iba a venir el viejo del saco a buscarnos, si pasaba y no estábamos en la cama.

              Era un seĖor bien viejo, grande, vestido medio harapiento, y con un gran saco lleno de niĖos desobedientes que se los llevaba lejos, para siempre. Cada noche hacía un recorrido por todas las casas, una por una.

              Nadie le conoce la cara, siempre la tenía tapada con un sombrero. Pero yo creía que no era tan malo, sino que, al final, era amigo de los niĖos. Pero igual todos nosotros le teníamos miedo, y, cuando nos recordaban al viejo del saco o nos decían “le voy a decir al viejo del saco que te venga a buscar”, volábamos a la cama, bien tapadas hasta los ojos.

Teresa Mira, 28 aĖos, Santiago

27.       El brujo que curaba con gatos y con una ramita de palqui

              Mi mami me llevó donde un brujo cuando chica, porque pasaba enferma. Tenía puros gatos negros. Y la casa estaba pasada a pichí [orín] de gato.

              La cosa es que te ponían en una cama, con una sábana blanca, y te ponían un gato encima de ti. Y se quedaba tranquilito, encima de la guata. Y ahí empezaba con una ramita de palqui [cestrum parqui, árbol]. Esto era en una ruca de paja [vivienda tradicional de los mapuches, de madera, barro y paja] , por allá lejos, en el campo.

              Yo estaba ciega, y volvió la visión como una nube. Y veía que el caballero me chicoteaba [me azotaba] con esta rama de palqui. Y ahí aprendí yo lo que decía:

              Que salga el mal,

              que entre el bien,

              como Jesucristo entró

              en Jerusalén.

              Después te hincaba en la cama, empezaba a ungirlo a uno, y decía: “Corderito de Dios, límpiale de la mollera hasta la misma planta de los pies”. Y rezaba y oraba.

María Zamorano Valenzuela, 53 aĖos, Vincahue, VII Región

28.       Las virtudes mágicas de la varilla de palqui

              Se busca agua con una varilla de palqui. Además, a la varilla se le puede preguntar sobre enfermedades creadas o naturales. Las enfermedades creadas se refiere al mal de ojo.

              También se pregunta por la producción agrícola, o por cosas robadas. Poder preguntarle a la varilla es un don que, en este caso, se recibe por un sueĖo.

Constanza Tocornal, 27 aĖos, Santiago

29.       El conjuro contra el enroncharse

              Yo me sé varias supersticiones de la gente del norte de Chile:

              Cuando se está cerca de un litre [árbol que puede producir reacciones alérgicas a quienes lo tocan], se lo saluda de la siguiente manera, para no enroncharse:

              Buenos días , buenas tardes,

              buenas noches, seĖor litre.

              Si tú me cagas, yo te cago.

              Y se le escupe.

Constanza Tocornal, 27 aĖos, Santiago

30.       El demonio asusta a los jugadores de naipes

              Por experiencia propia sé lo del diablo, porque un aĖo nos salió en la casa donde vivíamos al sur, allá.

              Estaba ensenegado mi hermano con el naipe. Estaba enviciado con el naipe. En la noche, una noche, pudiendo oscurecer, pasó una persona y los enfocó por la ventana con una linterna chiquitita, así, dice. Ellos lo vieron, los demás.

              Y, más tarde, mandaron a un hermano chico a buscar agua, y el pozo está así, para arriba, y llevó una velita de esperma. ŃQue la velita de esperma se le apagó!

              Y, a la vuelta que baja, en la esquina de la casa, ve a una persona chiquitita, así, vestida de huaso [campesino]. Entonces dice que empezó a crecer, a crecer, a crecer. Y pega el grito, y salimos todos para afuera. Y nosotros no vimos nada. Pero [teníamos] un miedo insoportable.

              Cuando se envicia la gente con el naipe, se aparece el diablo, dicen.

              Entonces, no han jugado más al naipe en la casa.

              Es lo que más trae al demonio, el naipe, por el vicio.

Lucila Romero Fuentes, 52 aĖos, Valle de San Manuel, VIII Región

31.       El diablo de los ojos rojos que se aparecía en el camino

              A mí me han salido cuestiones en el camino. Lo de los ojos rojos es un pájaro que anda ahí. Es que andábamos en unas fiestas de por aquí, de Las Lomas, que nos dieron permiso hasta las doce. Y nos íbamos con los amigos y unos primos.

              Y había un ranchito ahí. Y nos salió un bulto negro, grande, con los ojos rojos. Y corría en dos piernas, y después se agachaba en cuatro. Andaba por la punta de los árboles, por arriba, y bajaba. Y nos anduvo rodeando a nosotros. Y nos llegaron casi las dos de la maĖana.

              Y después fuimos a buscar a la hermana, que se nos anduvieron desmayando ahí, mi prima y un amigo. Cuando hay fiesta, pasan esas cosas. A mi primo el Jonatan, que se escondió detrás de una mata, dice que, cuando apareció el bulto negro, se sentía cuando le sonaban las cadenas.

              Al otro día vimos una huella al lado del auto, grande. Y lo que nos dijeron a nosotros es que era el diablo.

              Cuando aparece hay que rezar. Es lo que han dicho.

Juan Carlos Romero Fuentes, 15 aĖos, Lomas de San Alberto, VIII Región

32.       La aparición del diablo en el campo

              Mi papi me ha contado varias veces que el diablo aparecía antes. A él una vez le apareció. Iba a caballo, y sintió unos pasos delante de él. Y no se veía nada. Era de noche.

              Hizo una cruz con unas ramas, y ahí desapareció el diablo.

Iván Parada, 21 aĖos, Valle de San Manuel, VIII Región

33.       El Bajo del Diablo (I)

              Mi abuelita, yo me acuerdo, cuando estaba chica, me contaba que ahí les aparecía el diablo, o una persona media rara, con sus orejas y su cola, en el Bajo del Diablo.

Eva Romero Fuentes, 20 aĖos, Lomas de San Alberto, VIII Región

34.       El Bajo del Diablo (II)

              En al Bajo del Diablo, donde yo trabajo, en las tardes, se ven personas que van caminando y, en un pestaĖear, se desaparecen.

              Y lo que nos dijeron a nosotros es que era el diablo. Cuando aparece, hay que rezar.

Mercedes Romero Fuentes, 43 aĖos, Lomas de San Alberto, VIII Región

35.       El diablo en forma de chivo que embistió a un ciclista

              A mi marido, una vez se le presentó el cuco, allá por Machalí. Él dice que venía en bicicleta, que había ido a dejar a la hermana. Y, a la vuelta, dicen que, por donde ellos pasaban, salía el diablo.

Y dice que le salió una cabra, un chivito. Pero que en vez de cuatro patas tenía ocho patas.

              Y él dice que pedaleó en la bicicleta, y el chivo creo que lo alcanzó, y le dio un topón con la cabeza, un carnerazo que le llaman, con los cuernos. Y lo tiró adentro del canal, con bicicleta y todo.

              Él me decía que no venía curao. Que se acuerda perfectamente de todo.

María Zamorano Valenzuela, 53 aĖos, Vincahue, VII Región

36.       El tesoro de la carreta, la laguna maldita y la noche de San Juan

              Durante los aĖos de la conquista espaĖola en Chile, muchos fueron los intentos por dominar a los indígenas autóctonos chilenos, ya hubieran sido mapuches, picunches, aymarás, etc. Cuenta una leyenda que, hacia el siglo XVI, una hueste espaĖola llegó a las actuales tierras de Paine, específicamente a la Laguna de Aculeo, para conquistar y dominar al pueblo indígena asentado ahí.

              Los indígenas, al ver que serían atacados, tomaron todos sus tesoros y minerales extraídos de esa tierra, e intentaron arrancar con una carreta tirada por bueyes, repleta de oro. Fue tal la desesperación, que intentaron atravesar la Laguna de Aculeo, creyendo que así se librarían de los espaĖoles.

              Al adentrarse con carreta y todo dentro de la Laguna, naturalmente se hundieron, muriendo todos los indios, y perdiendo en el fondo del agua todo el oro llevado en la carreta. Por supuesto, los espaĖoles desistieron de la persecución, y nunca más se supo de lo que quedó enterrado bajo la Laguna.

              Hasta el día de hoy, los lugareĖos más viejos cuentan que, cada aĖo, durante la noche de San Juan (24 de junio), justo a las 12 de la noche, si alguien se asoma en la oscuridad y mira hacia la Laguna, podrá ver esa carreta flotando en el agua, con todo el oro que se hundió en esos aĖos.

              Pero si el diablo (que anda suelto esa noche), se da cuenta que alguien está mirando la carreta, hará caer una maldición hacia esa persona, atentando incluso contra su vida.

              Por esta razón, pocos se han atrevido a mirar el 24 de junio, a las 12 de la noche, por la ventana.

Blanca Letelier, 24 aĖos, Santiago

37.       El perro diabólico

              Una noche yo venía para acá, y la noche estaba clarita. Yo me había tomado dos copitas de vino, y siento que empiezan a ladrar los perros. Veo que, de repente, se ponen a llorar los perros.

              Paso, y, en el camino, veo un perrito así, chiquitito pero muy amarillito. Por aquí nadie tiene de esos perros. Y nos llamó la atención. De repente, miré para el lado, y lo vi más cerca de mí, un poco más grande.

              Y, cuando paso por el lado de él en bicicleta, era así, tan grande como un novillo, más o menos del porte mío, de un color muy brillante.

Mercedes Romero Fuentes, 43 aĖos, Lomas de San Alberto, VIII Región

38.       El duende que arrojaba lagartijas a las muchachas

              Cuando yo estaba chica, a los catorce aĖos, vivía en San Vicente de Tagua Tagua, en la VI Región, en la comuna de Pencahue.

              Y a mí me seguía un duende. Un duende que era, pero horrible, horrible.

              Siempre me salía en las noches, cuando yo iba de regreso a la casa de misa. Sobre todo cuando había misiones.

              Y yo siempre pensé que era un niĖo chico. No le tomaba mucha importancia. Pero cuando él me dijo que nos fuéramos, y yo le dije que era feo, él me tiró algo al cuerpo, y se me escurrió por entre medio del tórax. Me buscaron, me buscaron en la casa cosas, y no me encontraron.

              Así que, al otro día, aparecí con una lagartija entre medio de la trenza. Yo no sé si sería cosa, no sé, del destino, que se me cayó esta lagartija entre medio del cuerpo. O sería el duende que me la tiró. Pero yo siempre le he tenido miedo a esas cosas.

              La gente con vela me revisaba. Yo decía que me rasguĖaba por entre medio de las pechugas pa bajo.

María Zamorano, 53 aĖos, Vincahue, VII Región, Chile

39.       La niĖa secuestrada por los duendes

              A mi mamá, Verónica García MuĖoz, se la llevaban de la puerta de la casa dos duendes de la mano. Y mi mamá vivía en San Vicente de Tagua Tagua.

              Había que subir el cerro para ir a ver los animales al otro lado. Entonces, cuando se vinieron a dar cuenta, ya iba arriba del cerro pa bajar donde la llevaban los dos hombrecitos de la mano. La alcanzaron a llamar, y un perro la salvó, porque se les atravesó. Si no, se la habían llevado. No hubiera tenido mamá.

              Los duendes son malos, porque se la llevaban pa donde ellos viven. Mi mamá tenía nueve aĖos cuando se la llevaban. Mi mamá nació el 5 de agosto de 1905. Según ella, se la llevaban varias veces. Primero iban a jugar. Ella no les tenía miedo. Y, cuando la tomaron de la mano, partió con ellos. Uno de cada mano se la llevaron.

              La echaron de menos porque ella le dijo en mi casa a mi abuelita de que la seguían unos niĖitos chiquititos, y ella sabía que eran duendes.

              La mandaron especialmente pal otro lado, que fuera a ver los animales, como una trampa. Y que le avisara al tío que viniera a almorzar, porque mi abuelita tenía ganado. Entonces fue mi mamá, y ya salió, como quien dice, de aquí.

              Al llegar a Apoquindo, la distancia de la casa. Distancia pa que los duendes la esperaran al otro lado. Y así se la empezaron a llevar. Entonces soltaron los perros, y los mandaron que fueran a buscar a mi mamá. Y ahí salieron los perros.

              Entonces, los duendes se desaparecieron. No se supo pa donde se metieron. Parece que se llevan la gente pa comérselas, pa matarlas. Vaya a saber usted qué hacen con ella. Nunca supieron dónde estaba el escondite de ellos.

              Mi mamá fue la única, porque era bonita y alegre de niĖa. Y la única de todas las hermanas que se la llevaban.

Anita Figueroa, 71 aĖos, San Vicente de Tagua Tagua, Chile

40.       El colo-colo

              El colo-colo: Es un animal que nace del huevo de un gallo cada 100 aĖos. Se anida en la casa y vive en los huecos de la misma. Le chupa la saliva al dueĖo a los que va secando, caen en la cama y de ahí no se levantan más.

Constanza Tocornal, 27 aĖos, Santiago

41.       El colo-colo

              Mi abuelo tenía un colo-colo. Mi mamá siempre me contaba esas historias. Pero mi abuelo

 era malo y no se secó nunca [porque el colo-colo no pudo nunca imponerse a él].

              Mi mamá siempre veía al colo-colo, y me contaba cómo era, porque se tiene como mascota.

Estefanía Reyes, 95 aĖos, Manqueua, IV Región

42.       El chupacabras (I)

              Hace un par de aĖos, en el norte de Chile, entre montes, San Pedros [posible referencia a San Pedro de Atacama, población en que han sido registradas versiones de la leyenda del chupacabras] y gallinas, nace el famoso chupacabras. Adornó las páginas de los diarios más populares del país, y se paseó por casi todo el territorio nacional.

              Esta especie de animalejo monstruoso tiene la virtud de aparecer cuando menos se le espera: entre gallos y medianoche [de madrugada]. Visita las casas de campesinos, y salta encima de las gallinas y cabras, bebiendo toda su sangre.

              No sólo bebe la sangre, sino que no deja rastro alguno, salvo un pequeĖo orificio en la garganta de los animales que ataca.

              Muchas son las teorías sobre su genealogía. Que es extraterrestre (nunca antes se vio cosa igual), que es una mutación (aún cuando no se tiene una imagen certera de qué es, sería entre perro y ...), que es un mito.

              Pero, más allá de toda imagen, este animalillo quitó el sueĖo a bastantes campesinos, porque no se conocía su origen, porque pensaban que los podría atacar a ellos, porque les quitaba su fuente de comida y de ingresos.

              Se dice, además, que es feo. Que es tan feo que mató de puro susto a los conejos. Que pilló a unas gallinitas en Chimbarongo. Se han creado revistas. Se han hecho estudios.

Mónica Gabler, 27 aĖos, Santiago

43.       El chupacabras (II)

              El chupacabras, ser de dudosa procedencia o especie, parece ser intrínsecamente animal, pero con tendencia a monstruo.

              El bicho se come los animales del campo, se cruza en el camino de los conductores nocturnos, y se le adjudican un par de ataques a seres humanos. Estos últimos suelen estar en estado de intemperancia [borrachera].

Amparo Caicedo, 27 aĖos, La Serena

44.       El culebrón (I)

              Es una culebra grande, que se come a los animales. Tiene muchos colores en la cabeza. Se cree que hipnotiza a los animales y que les chupa el aire.

Constanza Tocornal, 27 aĖos, Santiago

45.       El culebrón (II)

              No sé, nosotros no hemos visto al culebrón. Pero creo que es grande.

              Se come a los animales y los deja sin hueso.

Hilda Milchea, 72 aĖos, Manquehua, IV Región

46.       El pájaro cabra

              Es un pájaro que habla como cabra. Hace que las personas se pierdan en el tiempo y el espacio.

Constanza Tocornal, 27 aĖos, Santiago

47.       La cucamula

              Es un animal que rebuzna como una mula, pero sólo se siente, se escucha.

              Se cree que, después de ser escuchado, mueren personas.

Constanza Tocornal, 27 aĖos, Santiago

48.       El chon-chón (I)

              Pájaro negro [no es una especie real, sino un ser mítico, producto de la transformación de algún brujo o bruja en ave] con cabeza y alas. Se piensa que es un brujo. Se puede bajar, es decir, que se convierta en hombre, diciendo una oración. Después hay que subirlo diciendo la oración al revés. Se baja [se le metamorfosea] para saber quién te esta haciendo el mal de ojo.

              No se ve. Sólo se escucha o se siente. Hay gente que sabe bajarlo y subirlo, y lo hacen para verle la cara. No se sabe si es hombre o mujer. Se le tira sal con la mano izquierda para que se vaya. También se puede bajarlo dejando sal en la mesa y diciendo:

              –Vuelva maĖana por sal.

              Se dice que hay personas que lo han bajado y después se han vuelto locas, o terminan con alguna enfermedad. Si uno no lo sabe subir, uno se puede volver loco o enfermarse.

Constanza Tocornal, 27 aĖos, Santiago

49.       El chon-chón (II)

              Cuando era chico, iba con mis amigos pa’ los cerros. Y escuchábamos al chon-chón reír. Después, yo me iba pa’ mi casa, y llegaba con el bicho siguiéndome.

              Mi mamá se asustaba, y todos gritaban, porque lo escuchaban reír arriba de la casa. Yo era chico, y hacía eso como travesura.

José Domingo Alfaro, 67 aĖos, Manquehua, IV Región

50.       El chon-chón (III)

              Cuando era chica, el chon-chón se subía arriba del caĖón de la cocina y se sentaba ahí. Cuando buscaba ovejas, sentía cantar al chon-chón. Después, yo llegaba pa’ mi casa.

              Y, una vez, cuando volví, me estaba peinando, y empecé a sentir al chon-chón. Le empecé a decirle que se dejara de hacer eso, que no iba a ser reconocido en el reino de Dios, y así de a poco lo dejé de escuchar.

Hilda Milchea, 72 aĖos, Manquehua, IV Región

51.       La sirena de Puerto Montt

              Se cuenta que, en el mar del Pacífico, a la altura de Puerto Montt, hace mucho tiempo iba un barco con soldados. Y, de pronto, escucharon la voz de una bella mujer. Todos los tripulantes del barco trataban de verla. Y, cuando lo hicieron, el barco desapareció. Nadie sabe lo que pasó con ellos.

              Se cuenta ahora que todo aquel que escuche y vea a esta mujer, quedara encantado por ella y se irá  con ella.

Fernanda Pazols, 24 aĖos, Santiago

52.       El tiempo congelado

              Una vez, mi hermano fue a comprar un chancho a unos cerros como a dos horas de acá. Salió en la tarde, pero eran las dos de la maĖana y todavía no volvía.

              Lo salimos a buscar. Pero nada que aparecía. Llegó como a las cuatro de la maĖana, y nos dijo que estuvo todo el tiempo caminando, y que nunca se desvió. Y que lo único que escuchaba era la risa de una cabra.

              Yo creo que es como que el tiempo se te congela.

Hilda Milchea, 72 aĖos, Manquehua, IV Región

53.       La silla vagabunda

              En Parinacota, I región de Chile, una vez Cipriano Mamani, el cuidador de la iglesia de Parinacota, me contó la historia de la silla de la iglesia.

              Había allí una silla que, por las noches, salía a caminar por el pueblo. Nadie sabía por qué. Pero salía todas las noches. Y se escuchaban sus pasos durante toda la noche. Algunos decían que la habían visto, incluso.

              Un día, la persona que estaba a cargo de la iglesia en ese momento, decidió amarrar la silla dentro, y desde entonces no volvió a salir.

              La silla sigue ahí, bien amarrada, en la iglesia de Parinacota.

Jorge Rojas, 28 aĖos, Santiago, Chile.

54.       Los aĖos bisiestos son nefastos para las cosechas

              No se siembra en aĖo bisiesto, porque sale mala la cosecha

Constanza Tocornal, 27 aĖos, Santiago

55.       El agüero de la perdiz

              Ver cruzar una perdiz significa suerte.

Constanza Tocornal, 27 aĖos, Santiago

56.       El agüero de la gallina con sus pollitos

              Ver una gallina con sus pollitos significa plata.

Constanza Tocornal, 27 aĖos, Santiago

57.       El agüero de la culebra parada

              Ver una culebra parada cruzando significa pelea con alguien.

Constanza Tocornal, 27 aĖos, Santiago

 



    [1] Traducimos de Flo Carlson, "A Collection of Cajun Superstitious and Supernatural Tales", Louisiana Folklore Miscellany III (1970) pp. 28-35, p. 33.

    [2] Mircea Eliade, El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis, trad. E. de Champourcin (México: Fondo de Cultura Económica, reed. 1996) pp. 370-373.

    [3] Cesáreo de Heisterbach, Diálogo de milagros, ed. Z. Prieto Hernández, 2 vols. (Zamora: Ediciones Montecasino, 1998) I, p.390

    [4] Francisco J. Rua Aller y Manuel E. Rubio Gago, La piedra celeste: creencias populares leonesas (León: Excma. Diputación Provincial, 1986) p. 178.

[5] José Elá, El joven que atrapó al puercoespín blanco y otros cuentos de los fang de Guinea Ecuatorial, ed. A. E. Ruiz Palomar y J. M. Pedrosa (Vic: Ceiba, 2003) núm. 16.

[6] Véase al respecto José Manuel Pedrosa, "El conductor de la mujer fantasma: de la China de la dinastía Jin (siglos III-V) a la tradición oral moderna", La autoestopista fantasma y otras leyendas urbanas espaĖolas (Madrid: Páginas de Espuma, 2004) pp. 34-79.

[7] Versión recogida por José Manuel Pedrosa en Madrid, en junio de 1999, a Rasha Ahmed Ismail, de 28 aĖos, de El Cairo.

[8] Marcelo Aguayo, "Trabajo de investigación etnográfica", Literatura tradicional sin fronteras: el repertorio multicultural de Montreal. Recueilli dans le cadre du Séminaire "Littérature et Folklore", ed. José Manuel Pedrosa (Montreal: [edición propia], 1997) pp. 240-260, pp. 12-13.

[9] Versión recogida por José Manuel Pedrosa, en Madrid, en febrero de 1999, a Harinirijahana Ramarijaona, de 37 aĖos, de la etnia merina.

[10] Traduzco de Grupo de Recerca Folklėrica d’Osona, Benvingut/da al club de la SIDA, i altres rumors d’actualitat, coord. J. M. Pujol (Barcelona: Generalitat, 2002) p. 129.

[11] Yukihisa Mihara, Narrativas tradicionales del Dpto. de La Paz, Bolivia (Hirakata, Osaka, Japón: Seminario de Y. Mihara de la Universidad de Kansai Gaidai) pp. 159-160 y 280-281

[12] La informante Patricia Martínez Buitrago, de 30 aĖos, de León, Nicaragua, fue entrevistada por José Manuel Pedrosa en Alcalá de Henares (Madrid) en 2004.

[13] El informante Carmelo Lacayo, de 28 aĖos, de Managua, Nicaragua, fue entrevistado por José Manuel Pedrosa Alcalá de Henares (Madrid) en 2004.

[14] Oreste Plath, Geografía del mito y la leyenda chilenos (Santiago: Nascimento, 1973) p. p. 33.

[15] La informante Carmen María Contreras Udés, de 21 aĖos, de Almería, fue entrevistada por José Manuel Pedrosa en Alcalá de Henares (Madrid) el 2 de abril de 2003.

[16] Elías Rubio Marcos, José Manuel Pedrosa y César Javier Palacios, Cuentos burgaleses de tradición oral (teoría, etnotextos y comparatismo) (Burgos: Colección Tentenublo, 2002) núm. 210.

[17] Fernando Iwasaki, Ajuar funerario (Madrid: Páginas de Espuma, 2004) pp. 44-45.

[18] Los informantes Simón Ruiz de Gaona Martínez (nacido en 1903), María Carmen Carlos Oyón (nacida en 1939) y María Codés Ortigosa (nacida en 1937) fueron entrevistadas por José Manuel Pedrosa en Torralba del Río en 1995.

[19] Jovino Andina Yanes, Leyendas bercianas (León: CajaespaĖa, 1993) pp. 60.

[20] María del Mar Llinares, Mouros, ánimas, demonios: el imaginario popular gallego (Madrid: AKAL, 1990) p. 47; véanse además pp. 87-88.

[21] Llinares, Mouros, pp.  92-93.