Pedrosa, José Manuel. “De re etiologica: mitos de orígenes y literatura de la modernidad”. Culturas Populares. Revista Electrónica 2 (mayo-agosto 2006).

http://www.culturaspopulares.org/textos2/articulos/pedrosa1.htm

ISSN: 1886-5623

 

 

 

 

De re etiologica: mitos de orígenes y literatura de la modernidad

 

José Manuel Pedrosa

Universidad de Alcalá

 

Hay como una huella de nieve en el recuerdo primitivo de esta tierra, un rastro de humo que mana de las hornas en los amaneceres del pasado

-Luis Mateo Díez, Relato de Babia, 1981.

 

Resumen

Por lo general, se piensa que los mitos de orígenes y los relatos etiológicos son propios de las culturas y de las literaturas más antiguas y tradicionales. Este artículo demuestra cómo los grandes precursores y artífices de la literatura de la modernidad (desde Boccaccio, Rabelais y Cervantes hasta Lagerlöf, Orwell o Luis Mateo Díez) también han escrito relatos etiológicos. Se hace además una reflexión antropológica sobre la cuestión.

Palabras clave

Mito. Leyenda. Cuento. Etiología. Antropología. Giovanni Boccaccio. Franćois Rabelais. Miguel de Cervantes. Selma Lagerlöf. George Orwell. Luis Mateo Díez.

 

Abstract

It is commonly assumed that myths of origins and ethiological narratives correspond to ancient and traditional cultures and literatures. This article demonstrates that some of the key-names of modern literature (from Boccaccio, Rabelais and Cervantes until Lagerlöf, Orwell or Luis Mateo Díez) are authors of ethiological fictions. The article offers some anthropological interpretations on the subject.

Key Words

Myth. Legend. Folktale. Ethiology. Anthropology. Giovanni Boccaccio. Franćois Rabelais. Miguel de Cervantes. Selma Lagerlöf. George Orwell. Luis Mateo Díez.

 

 

 

Afirmó Friedrich Nietzsche, en El caminante y su sombra:

 

            "Al principio era...". Exaltar los orígenes es una especie de retoĖo metafísico que renace constantemente en la concepción de la historia y que nos convence de que en el conocimiento de todas las cosas se encuentra lo más valioso y esencial en ellas[1].

 

            No era uno de los habituales delirios del pensador alemán. Ni han dejado otros autores de dar vueltas sobre el mismo tema ni de desarrollar argumentos parecidos, aunque desde perspectivas diferentes. La nostalgia de los orígenes que Nietzsche consideraba un apremio, en abstracto, de la filosofía de la historia, tiene, por ejemplo, para el novelista espaĖol Luis Mateo Díez, un sentido mucho más concreto, incluso individual, que nace de la fascinación por los propios orígenes que hunde sus raíces en la conciencia (y en la edad infantil o de orígenes) de cada persona:

 

            Siempre me gustó aquella interpretación pavesiana de la infancia como tiempo mítico del hombre, la idea de que cada uno de nosotros es dueĖo en su propia experiencia de un tiempo primordial equivalente al que en la humanidad forjó su memoria mítica. Es el tiempo de cada infancia, como pudo serlo el de aquella infancia de la humanidad, y esa huella de lo primigenio marca nuestra existencia y es posible contarla, rememorarla, imaginarla, con las correspondentes equivalencias de lo que fueron los relatos míticos.

            Yo hago un regreso literario a la infancia con el afán de contar aquellas historias y emociones primeras, y establezco esa dimensión mitificadora del recuerdo que gana intensidad con la naturalidad de las metáforas, que reconquista desde la imaginación sucesos y sueĖos de una memoria primitiva

            [...] Es muy intensa la relación de mito e infancia, a la vez que resulta muy sugestiva la conexión de leyenda y adolescencia. No sé si a la juventud le vendría bien la fábula, pero estoy convencido de que la madurez se compadece mejor que nada con un género complejo como el novelesco, lejano ya a las llamadas literaturas populares, y en la vejez no estaría mal, con el impulso del eterno retorno, recobrar el tributo del cuento en la pureza de su identidad: sin tiempo ni espacio y sustituyendo la experiencia real por el poder de las palabras, que es como lo caracterizan los más conspicuos folkloristas[2].

 

            Los seres humanos en concreto, y la cultura humana en abstracto, andan muchas veces mirando hacia el pasado con tanta pasión y tanta ansiedad, al menos, como miran hacia el futuro. Se inquietan si no sienten terreno firme a sus espaldas. Piden, y si no inventan, explicaciones o justificaciones del camino ya recorrido, como plataforma indispensable para acometer la aventura de lo que queda por recorrer. Sin un pasado sólidamente fundado, las conquistas y los hallazgos del futuro se sienten como en el aire, a la intemperie, seriamente comprometidos, gravemente puestos en cuestión.

            Uno de los interrogantes básicos que se plantea la cultura humana es, por eso, el de los orígenes: de dónde hemos salido nosotros y todo lo que nos rodea, qué voz y qué forma tuvieron los balbuceos de nuestra especie y de nuestra cultura, cuál es el modo más convincente y hermoseado, a falta de registros y de evidencias históricos, de inventárnoslos. Si el mito de orígenes del mundo semítico y del occidental se sitúa en el Paraíso original de Adán y Eva, y si diversas tradiciones religiosas localizan en él su fundación, si el sueĖo absoluto de los paleontólogos es recuperar la imagen del hombre en el momento mismo en que quedó constituido como tal, si el objetivo que guía a los arqueólogos es arrancar todo lo que sea o parezca fundacional de las garras del olvido o de las brumas del mito, si uno de los objetivos supremos de la astronomía de hoy es conocer –incluso visualizar– cómo era el universo en el estallido originario de lo que se ha dado en llamar big bang, también cada ser humano corriente pero pensante pasa la vida preguntándose por sus orígenes y por los orígenes de lo que contempla a su alrededor.

            Con una amplitud de miras que alcanza, justamente, a todo lo que nos rodea. Así es como se ha hecho eco Alberto Manguel de la curiosidad por los orígenes que late en lo más profundo del posmoderno hombre de hoy –incluso del lector de novelas policíacas–:

 

            ņCuándo se puso de moda la música en los restaurantes? ņY las etiquetas que marcan en los libros su precio? Las preguntas acerca de la primera vez están llenas de misterio. De ahí tal vez que muchas respuestas se hallen en las novelas policíacas. Así, en las páginas de Dorothy L. Sayers podemos encontrar la primera alusión a la moderna manía del ejercicio físico y en las de John Dickson Carr, la costumbre de colgar carteles en las puertas de las habitaciones de hotel.

            La otra tarde, en el café del Círculo de Bellas Artes de Madrid, observé con asombro que, casi sin darme cuenta, yo, para quien las mesas de café son domicilios secundarios, me había acostumbrado a un cambio de escenario a la vez brusco y sutil. No es que todo fuera distinto. A mi alrededor, como en los muchos cafés que jalonaron buena parte de mi vida, apacibles lectores de libros y diarios esperaban tranquilos no sé qué demorado encuentro; otros escribían en minúsculas libretas signos cabalísticos o cuentas bancarias; algunos debatían con amigos las grandes cuestiones metafísicas de siempre, mientras melancólicos camareros (o camareras) se movían entre las mesas con esa sonambulística indiferencia propia a su profesión. Sin embargo, entre estos personajes tradicionales, había ahora otros cuya presencia se había hecho imperceptiblemente cotidiana desde hace muy poco: los tecleadores de ordenadores portátiles, los utilizadores de teléfonos móviles, los lectores de agendas electrónicas. Sus gestos (los dedos que tamborilean en lugar de sostener un lápiz, la lengua que mantiene un íntimo diálogo con un interlocutor invisible, los ojos recorriendo una pantalla que tiene algo de espejo) ya no eran nuevos, ņpero cuándo habían comenzado a invadir este territorio que yo creía familiar?

            Los inicios (como los finales) son misteriosos, sobre todo si son banales. La curiosidad por saber cuándo se compuso el primer soneto o cuándo fue disparado el primer tiro en una batalla tiene cierta justificación intelectual; menos la tiene querer averiguar cuándo se puso de moda la música en los restaurantes o las acérrimas etiquetas autocolantes que proclaman para siempre el precio de un libro. Y sin embargo, hay en tales descubrimientos una suerte de inocente satisfacción, un modesto placer como el que puede procurarnos encontrar en la acera una moneda o hallar en la forma de una nube el perfil de un amigo olvidado.

            Curiosamente, yo suelo hallar tales momentos inaugurales en la literatura policial. Además del deleite de la intriga, del sosiego de un mundo deliciosamente ordenado, de la satisfacción de poder confiar en concisas convenciones sociales, la novela policial (sobre todo la de la edad de oro, de la primera mitad del siglo XX) me brinda, en algunas de sus mejores páginas, la revelación de "una primera vez". Doy algunos ejemplos:

            ņCuándo empezó esa manía por el ejercicio físico publico que hace que, cualquier maĖana en casi cualquier ciudad del mundo, veamos a hombres y mujeres normalmente discretos salir tiritando de sus hoteles en ropa de playa para lanzarse a la carrera por la calle? Yo hubiese pensado que la costumbre se remonta a fines de los aĖos sesenta, cuando fitness y jogging entraron definitivamente en el vocabulario burgués internacional. Sin embargo, en The Documents in the Case [Los documentos del caso] de Dorothy L. Sayers, escrito en colaboración con Robert Eustace y publicado en 1930, uno de los jóvenes personajes es sorprendido por una vieja solterona, bajando las escaleras "en sólo su remera y sus shorts". "Estaba por salir para dar mis seis vueltas a la cuadra", explica el joven más tarde a su prometida.

            Me intrigan ciertos detalles comunes y corrientes, como por ejemplo los carteles que debemos colgar en el picaporte de nuestra puerta en el hotel, exigiendo que nos dejen tranquilos o, por el contrario, que arreglen nuestra habitación. ņCuándo fueron inventados? En To Wake the Dead [Despertar a los muertos], de John Dickson Carr, se nos dice que en 1938 (fecha de publicación de la novela) eran cosa muy nueva. "ņPuedo averiguar de dónde proviene ese cartel que dice no molestar en la puerta?", pregunta uno de los detectives. "Hay uno en cada habitación", responde el sargento de policía. "Se lo guarda en el cajón del escritorio, por si el huésped lo require. Aparentemente, un invento moderno".

            Y finalmente, un ejemplo que me concierne personalmente. Como todo escritor culpable de publicar un libro en el mundo anglosajón, casa semana me llegan pedidos de editores para que dé mi opinión (elogiosa, por supuesto) sobre algún título nuevo, opinión que será luego impresa en la sobrecubierta como obsequiosa carta de presentación, suerte de nihil obstat extraoficial y zalamero. Tan asiduos son estos pedidos, que hoy día no aparece libro alguno en un país de habla inglesa sin varios nombres más o menos famosos encomendándolo al lector. Esta variación de aquella costumbre de la que ya se burlaba Cervantes en el prólogo al Quijote ("la innumerabilidad y catálogo de los acostumbrados sonetos, epigramas y elogios que al principio de los libros suelen ponerse"), nace, al parecer, hace poco más de sesenta aĖos. En 1939, Nicholas Blake publica The Smiler with the Knife, novela en la cual un cierto personaje es descubierto revisando galeradas. "Se las envió un editor", explica su hija. "Para pedirle su opinión. La querrán para promocionar el libro. Le suelen mandar libros de tanto en tanto por el mismo motivo". Hoy la impertinencia es idéntica, sólo ha cambiado la frecuencia[3].

 

            Es imposible resumir en un breve artículo una cuestión tan densa, tan compleja, tan intrincada, como es la de la explicación o justificación, mítica o leyendística, de las causas y orígenes de algún lugar, de algún ser, de alguna comunidad, de algún suceso, incluso si limitamos –como vamos a intentar hacer en esta ocasión– el fenómeno a la época moderna. Un grueso libro, o, mejor aún, toda una biblioteca  –y n o pequeĖa–, serían precisos para acoger una historiografía y una poética suficientes de los relatos de orígenes  –incluso de los relatos modernos de orígenes–. Y no sería fácil –ni siquiera bajo esa importante restricción– llegar a una explicación general, por la sencilla razón de que los mitos etiológicos, las leyendas de fundación, los cultos y las creencias nacidos en recuerdo y en conmemoración de lo que se considera una persona o un hecho fundadores, de fama imperecedera y a menudo ejemplar, siguen no sólo operativos, sino también exuberantemente fecundos, continuamente renovados, en permanente proceso de eclosión y desarrollo, en nuestro agitado mundo actual y en nuestra literatura más vigente. De modo parecido a como han estado vivos siempre, desde que tenemos registros de cultura escrita y, seguramente, desde mucho antes: desde los tiempos oscuros y borrosos de la prehistoria y de la preliteratura. Es decir, desde los mismos albores de la cultura humana.

            ņQué mitos siguen eclosionando hoy, qué cultos se generan en torno a ellos, que espacios adquieren la etiqueta de sagrados por el simple hecho de que alberguen alguna huella de algún sujeto famoso –histórico o fabuloso– que los haya fundado, o de algún acontecimiento notable –real o ficticio– que se hubiera producido en él y le hubiera conferido una nueva identidad? Muchos. Las explicaciones míticas, las adherencias fantásticas, las fabulaciones que pretenden justificar los rasgos que se asocian a determinado personaje carismático y al lugar en que estuvo siguen generándose hoy con la misma vitalidad con que en determinados montes o islas de Grecia se evocaban o se veneraban huellas del paso de Apolo, de Teseo o de Hércules, con que en ciertos recintos sagrados de Roma se recordaban las acciones que Rómulo y Remo habían protagonizado allí mismo, con que en innumerables santuarios cristianos que se convirtieron en centro y núcleo de la vida de un pueblo o de una ciudad se veneraban y se veneran ecos, huellas, restos supuestos de alguna divinidad o de algún santo.

            Recordemos por un momento, y sin entrar demasiado en tan (espinosa) materia, la copiosísima bibliografía generada en el último siglo en EspaĖa, con la firma de autores como Unamuno, Azorín, Ortega y Gasset, Américo Castro, Sánchez Albornoz, Laín Entralgo, Julián Marías, Camilo José Cela y tantos otros, acerca del origen, del ser, del carácter de los espaĖoles. O los ensayos recientes de Jon Juaristi acerca de los mitos de orígenes del nacionalismo vasco. O las encendidas y complejas polémicas actuales acerca de los orígenes, la justificación, la definición, de EspaĖa y de sus comunidades. O títulos como La invención de EspaĖa de Inman Fox, o como el reciente y ejemplar libro de Rosa Sala Rose que penetra en los abismos de donde surgieron los Mitos y símbolos del nazismo...

            O, en un plano menos abstracto, más próximo e incluso más cotidiano, constatemos cómo nos recuerda la prensa que el célebre best-seller El código Da Vinci (The Da Vinci Code, 2003), de Dan Brown, ha dado lugar a toda una ruta extendida por ciudades, campos, iglesias y museos a los que acuden millares de fanáticos que han instituido de facto un culto sobre unos escenarios que antes de la célebre novela no tenían las resonancias míticas ni místicas que se les acaban de adherir. La misma prensa nos asalta a veces con noticias rabiosamente contemporáneas acerca de la inaguración o de la ampliacion de una ruta de los Beatles en el Liverpool que vio las andanzas infantiles y juveniles del célebre grupo de pop inglés, y que miles de devotos seguidores llegados de todos los rincones del mundo recorren ahora con la misma unción con que los fieles de diversas religiones visitan sus más emblemáticos lugares sagrados.

            Otro ejemplo más, y bien revelador: en la ciudad norteamericana de Memphis, en la que vivió, murió y está enterrado Elvis Presley, en torno a la casa (bautizada como Graceland), a los jardines, a la tumba del célebre cantante norteamericano, ha nacido un auténtico culto seudoreligioso centrado en el recuerdo de Elvis (o de San Elvis, como muchos invocan), bajo cuyos auspicios se celebran rezos, misas y hasta bodas, según informa un significativo reportaje periodístico:

 

            Elvis Presley es un santo para numerosos estadounidenses, pero algunos ya le han convertido en dios. Se ha puesto en marcha la Presleytarian Church of Elvis The Divine, cuyos ritos incluyen el rezo diario con la mirada puesta en dirección de Las Vegas y un peregrinaje anual a Graceland, la mansión de Elvis en Memphis, donde vivió y murió[4].

 

            También sobre el recuerdo del Che Guevara, el legendario guerrillero de origen argentino, ha nacido toda una ruta mítico-mística, un auténtico culto cuasireligioso que ha dado nueva identidad, refundado sobre unos cimientos culturales nuevos, los escenarios en que se desarrollaron determinados hechos cruciales de su vida (y de su muerte):

 

            La llamada ruta del Che, un circuito turístico que el Gobierno de Bolivia inaugurará este aĖo, busca organizar y coordinar una espontánea y creciente romería internacional a Vallegrande y La Higuera, donde existe la convicción de que ronda el ánima o espíritu del guerrillero para hacer el bien a quienes creen ya en San Ernesto de la Higuera, para unos, o Santo Che, para otros.

            Casi treinta aĖos después de la ejecución, en la escuela de La Higuera, del argentino-cubano Ernesto Che Guevara, comandante de la guerrilla en Bolivia en 1967, la Secretaría de Turismo prepara este circuito histórico y de aventuras en la región que fue el campo de operaciones del foco insurgente.

            "Hay mucha gente que anualmente hace una romería por estos lugares y hay mucho interés de chilenos, peruanos y argentinos, que recorren el lugar sin mayor orientación, tanto por la ruta que siguió el Che como en busca de atracciones... El circuito terminará en un lugar de interés arqueológico prehispánico donde está el fuerte incaico de Samaipata, destinado a cultos religiosos y adonde también llegó el Che...

            Desde que se suspendieron las excavaciones, a mediados del aĖo pasado, se reúnen datos con la cooperación de historiadores latinoamericanos, con numerosos testimonios obtenidos, para determinar dónde puede estar lo que quede del cadáver. San Martín reitera que el Gobierno no se ha resignado al fracaso y quiere devolver los restos a sus familiares, pero tambien establecer un hecho histórico no totalmente aclarado.

            En Vallegrande y otros pueblos visitados por el Che, que siguen en su situación de abandono y pobreza como hace treinta aĖos, hay una secreta alegría ante la infructuosa búsqueda. Parece que es más reconfortante tener cerca a San Ernesto de la Higuera, un santo popular que, dicen, ha hecho milagros a favor de sus devotos.

            Muchos conservan recortes de periódicos o viejos carteles con la imagen del Che Guevara, enmarcados y con velas enceandidas. En la iglesia de Vallegrande se celebran misas pagadas por devotos, anónimos o no, por el alma del Che, al menos una o dos veces a la semana a lo largo de todo el aĖo, según el sacerdote francés René Heims.

            No hay que descartar que este circuito de turismo-aventura se convierta con el tiempo en una ruta de peregrinaje de gente que quiere creer y dar devoción a algo o a alguien, aunque no compartan necesariamente la ideología del mítico guerrillero[5].

 

            No faltan, como es bien sabido, las agencias de viajes que proponen rutas turísticas por la Viena en que vivió y sufrió Mozart, por el Londres de Virginia Woolf, o por la Jamaica en que dejó su impronta y sus recuerdos Bob Marley: espacios simbólicamente refundados, dotados de una nueva y diferente identidad, por los personajes –o, más bien, por la fama y el recuerdo de los personajes– que transitaron por ellos.

            Otro sujeto célebre de nuestro tiempo que acabó convirtiéndose también en héroe fundador: el cosmonauta soviético Gagarin:

 

            Gagarin sigue siendo un héroe para los rusos y su figura está envuelta en leyendas, algunas de las cuales se convirtieron en tradición de los cosmonautas. Cuentan que, cuando aquel miércoles primaveral el autobús le llevaba hacia la rampa de lanzamiento, Gagarin ordenó al chófer que se detuviera. Le habían entrado ganas de orinar y lo hizo allí mismo, en una de las ruedas del autobús. Desde entonces se considera que seguir el ejemplo de Gagarin trae suerte, y por eso ahora los astronautas a mitad de camino de la rampa, se bajan para orinar en las ruedas del autobús. Gagarin acababa de cumplir 27 aĖos cuando fue lanzado por la Vostok a la inmortalidad y la fama, las cuales sólo pudo gozar siete aĖos: el ídolo de millones de jóvenes pereció el 27 de marzo de 1968 en misteriosas circunstancias, cuando regresaba a la base de un vuelo de entrenamiento[6].

 

            Los personajes ficticios de El código Da Vinci y las fabulaciones que el tiempo y la inventiva –o los intereses comerciales– han adherido a seres históricos y de carne y hueso como Mozart, Virginia Woolf, los Beatles, Elvis Presley, el Che Guevara, Gagarin o Bob Marley han dado lugar no sólo a corpus más o menos organizados –a veces altamente formalizados– de creencias, sino también, como acabamos de ver, a la acotación de recintos tenidos por sagrados, a la eclosión de espacios marcados por el recuerdo y destinados a la conmemoración de determinados sujetos y sucesos, a –en definitiva–, la institucionalización de centros de culto, de sedes de mitos de orígenes, de leyendas topográficas, de relatos etiológicos, o de simples y algo más modestos puntos conmemorativos que proclaman en el presente la memoria de personajes y de sucesos que fundaron o refundaron –simbólicamente– o que dejaron allí sus huellas memorables.

            A los ejemplos modernos y contemporáneos que acabamos de aducir podríamos aĖadir muchos más: desde las tumbas del cementerio parisino del PŹre Lachaise al que cada aĖo acuden decenas de miles de visitantes, más o menos necrófilos, guiados por los planos de las guías turísticas, hasta el monumento que en la calle Mayor de Madrid conmemora el lugar exacto en que se produjo el atentado anarquista contra Alfonso XIII en el día de su boda. Desde los barcos, museos u hospitales que en EspaĖa llevan el nombre de la Reina Sofía o del Príncipe de Asturias hasta las calles y plazas que etiquetamos con los nombres de personas o sucesos de los que creemos que debe quedar memoria no sólo en nuestro recuerdo personal, sino también en la geografía espacial en la que transcurren nuestras vidas. Pasando por las placas y lápidas que salpican muchas paredes y calles de nuestras ciudades para recordar que allí vivió o murió tal ilustre personaje, y que funcionan como auténticos palimpsestos que refundan, renuevan, reciclan continumante las seĖas de identidad, los hitos referenciales de los espacios en que vivimos.

            El ser humano necesita fundar y refundar de manera continua, en el plano de lo físico o material, y en el plano de lo espiritual, cultural o simbólico, los lugares en los que habita. El mundo, la naturaleza, el entorno, han de plegarse a su impronta, mostrar su sello, exhibir muchas veces el nombre, la marca, el recuerdo del fundador o del transeúnte carismático que dejó allí –alterando para siempre el lugar– huellas o recuerdos de su paso. Para que un espacio previo, neutro, innominado –o nombrado de modo menos intenso y significativo– sea objeto de refundación material, cultural, nominal, de nueva y más intensa valoración y reconocimiento de sus cualidades, basta muchas veces con que le asociemos a un nombre o a un suceso excepcionales. O con que, si lo creamos de nueva planta, lo vinculemos desde su mismo nacimiento a un nombre o a un suceso carismáticos.

            También la literatura es, como cabría esperar, receptáculo privilegiado de relatos de orígenes, de textos que asocian espacios a justificaciones etiológicas, o que asocian espacios a nombres y memorias tardíamente adheridas, advenedizas, postizas, que tienen la función de refundar culturalmente esos espacios. Quien haya leído la entretenidísima Descripción de Grecia de Pausanias, recordará un sinnúmero de descripciones –de caminos, de fuentes, de montaĖas, de santuarios, de poblaciones– que pasaron de ser espacios neutros, innominados, irrelevantes desde el punto de vista simbólico-cultural, a constituirse en escenarios notables, sagrados, memorables y memorados cuando se acepta que fueron fundados, erigidos, hollados o visitados por determinado dios o por determinado héroe, cuyo nombre y recuerdo cambia a partir de entonces la identidad simbólica del lugar.

            Es impresionante constatar que no es sólo la literatura antigua, que por lo general se considera más proclive al mito y más permeable a la leyenda, la que atesora este tipo de relatos de tipo etiológico. Llama la atención, por ejemplo, el modo en que este tipo de relatos está presente en la literatura hispanoamericana, sin duda porque, hasta el mismo siglo XX, ésta se ha investido a sí misma de un cierto carisma fundacional.

            El primer gran libro de Jorge Luis Borges, Fervor en Buenos Aires, contiene versos célebres que glosan, con excepcional inspiración, la fundación mítica de la capital argentina. La obra maestra de Pablo Neruda, el Canto general, ofrece un apretado muestrario de mitos etiológicos, de versos que cantan en tono solemne los orígenes y los primeros asientos de cultura y de símbolos en América. Entre los bellísimos y originalísimos Cuentos negros de Cuba de Lydia Cabrera no son pocos los que tienen pretensiones etiológicas, como aquel que justifica el que haya personas mudas asociándolo al miedo a los tigres:

 

            Sólo que el Tigre no le dio tiempo a huir. Saltó precipitado, de la roja oscuridad y se lo tragó.

            En el vientre del Tigre, el cazador halló vivos a sus siete hijos. Se dio cuenta de que tenía un cuchillo. Rasgó las entraĖas de la fiera y todos salieron, uno a uno, por la brecha de su flanco.

            El hombre, temblando, se apoderó del fuego y se marcharon enmudecidos bajo el cielo negro, negro, por la noche profunda y cerrada que aún no tenía estrellas...

            Y nunca más recobraron el uso de la palabra.

            Y por eso hay mudos en el mundo[7].

 

            La fundación y el declive míticos de Macondo son las claves de todo el armazón novelístico de Cien aĖos de soledad de Gabriel García Márquez. La Memoria del fuego de Eduardo Galeano recrea en tres imponentes volúmenes un número colosal de relatos justificativos de un sinnúmero de realidades, de sucesos y características del Nuevo Mundo. En otra de las obras de Galeano, Las palabras andantes, encontramos este otro inspirado relato de orígenes:

 

            Historia del tiempo que fue.

            Allá en el tiempo que se ha perdido en el tiempo, cuenta la abuela, el venado era más veloz que las flechas que lo buscaban.

            Por toda la tierra paseaba la serpiente, cascabeleando fiestas de la cabeza a la cola, y sus cascabeles sonaban hoy y se escuchaban ayer y maĖana.

            Y el pavo era seĖor del reino de las alturas, y su grito llegaba a los últimos rincones.

            Cuando el tiempo de la desventura llegó al Yucatán, el venado ya no pudo correr como viento y fue lastimado y lloró. Sus ojos de agua, que dieron de beber a los demás lastimados, quedaron por siempre húmedos y grandes.

            La serpiente perdió los cascabeles de la alegría. Desde entonces sólo suenan, en su cuerpo desnudo, los cascabeles del miedo.

            Y el pavo cayó a los montes bajos, donde nadie lo escucha, y nunca más pudo remontar vuelo desde la tierra donde sufren exilio los desterrados del cielo[8].

 

            El célebre y mediático Subcomandante Insurgente Marcos, político y escritor mexicano, es autor de evocadores relatos etiológicos que aspiran a fundar sobre un inventado pasado ideal un futuro no menos ideal:

 

            Cuando el mundo dormía y no se quería despertar, los grandes dioses hicieron su asamblea para tomar los acuerdos de los trabajos y entonces tomaron acuerdo de hacer el mundo y hacer los hombres y mujeres. Y llegó en la mayoría del pensamiento de los dioses de hacer el mundo y las personas. Y entonces pensaron de hacer las gentes y pensaron de hacerlas que fueran muy bonitas y duraran mucho y entonces hicieron a las primeras gentes de oro y quedaron contentos los dioses porque las gentes que hicieron eran brillantes y fuertes. Pero entonces los dioses se dieron cuenta de que las gentes de oro no se movían, estaba siempre sin caminar ni trabajar, porque estaban muy pesadas.

            Y entonces se reunió la comunidad de los dioses para sacar acuerdo de cómo van a resolver ese problema y entonces sacaron acuerdo de hacer otras gentes y las hicieron de madera y esas gentes tenían el color de la madera y trabajaban mucho y mucho caminaban y estaban otra vez contentos porque el hombre ya trabajaba y caminaba y ya se estaban de ir para echar alegría cuando se dieron cuenta que las gentes de oro estaban obligando a las gentes de madera a que las cargaran y les trabajaran.

            Y entonces los dioses vieron que estaba mal lo que hicieron y entonces buscaron un buen acuerdo para remediar la situación y entonces tomaron acuerdo de hacer las gentes de maíz, las gentes buenas, los hombres y mujeres verdaderos, y se fueron a dormir y quedaron las gentes de maíz, los hombres y mujeres verdaderos, viendo de remediar las cosas porque los dioses se fueron a dormir. Y las gentes de maíz hablaron la lengua verdadera para hacer acuerdo entre ellas y se fueron a la montaĖa para ver de hacer un buen camino para todas las gentes.

            Me contó el Viejo Antonio que las gentes de oro eran los ricos, los de piel blanca, y que las gentes de madera eran los pobres, los de piel morena, que trabajaban para los ricos y los cargaban siempre y que las gentes de oro y las gentes de madera esperan la llegada de las gentes de maíz, las primeras con miedo y las segundas con esperanza. Le pregunté al Viejo Antonio de qué color era la piel de las gentes de maíz y me enseĖó varios tipos de maíz, de colores diversos, y me dijo que eran de todas las pieles pero nadie sabía bien, porque las gentes de maíz, los hombres y mujeres verdaderos, no tenían rostro...[9].

 

            No sólo la joven y dinámica literatura hispanoamericana aparece sembrada de mitos de orígenes. Tampoco faltan en la venerable literatura europea. Y menos aún en algunas de sus obras de intención y de estilo más renovadores y modernos, incluso en algunas que fueron escritas antes –cronológicamente al menos– de la modernidad. El siempre original, inconformista, modernísimo –aunque medieval– Boccaccio ironizó en su genial Decamerón acerca del origen de los rasgos de carácter que se atribuían a los naturales de alguna ciudad. Justificó, por ejemplo, el carácter supuestamente dócil y sumiso de las mujeres de Rávena a partir de la Novella de Nastagio degli Onesti (Decamerón V:8), que describía cómo una joven reacia al matrimonio acababa cediendo a los designios de su ingenioso pretendiente:

 

            Y Nastagio, desposándola al domingo siguiente y celebrando sus bodas, vivió felizmente con ella mucho tiempo. Y este miedo no fue solamente la causa de este bienestar, sino que todas las ravenesas se volvieron temerosas, por lo que siempre, en lo sucesivo, fueron mucho más dóciles a los deseos de los hombres de lo que habían sido antes[10].

 

            El genial Franćois Rabelais, en sus irreverentes Gargantúa y Pantagruel, que marcan para muchos los inicios de la tradición literaria moderna, incluyó, con inimitables ingenio y desfachatez, todo tipo de relatos de orígenes acerca de costumbres, de sucesos, de lugares:

 

            Para el jubón [de Gargantúa] se utilizaron ochocientas trece anas de raso blanco, y para las ligas mil quinientas nueve pieles y media de perro de la mejor calidad. Y desde entonces comenzó la gente a sujetar las calzas en el jubón y no el jubón en las calzas, lo que es cosa contra natura, como ampliamente ha sostenido Ockam comentando las Exponibles de M. Haulte-chaussade[11].

 

            Por lo cual, temiendo Gargantúa que al fin se hiciese daĖo, mandó forjar cuatro grandes cadenas de hierro para atarlo, colocándole unos arbotantes bien apuntalados para varar la cuna. De estas cadenas aún tenemos una en La Rochelle, izándose por la noche entre las dos torretas cuando cierran la rada. Otra de ellas se conserva en Lyon, otra más en Angiers, y la cuarta se la llevaron los diablos para atar a Lucifer, que andaba desencadenado por entonces a causa de un cólico que extraordinariamente le atormentaba, porque se había zampado en la comida el alma de un ujier en pepitoria[12].

 

            [Pantagruel] tomando un día del roquedal de Paselourdin, un gran pedrusco de unas doce toesas cuadradas y catorce paĖos de espesor, lo colocó sobre cuatro pilares en mitad de un campo, todo con mucha amplitud y comodidad, para que dichos estudiantes, cuando no supieran qué hacer, pasasen el rato subiéndose a la piedra y celebrando allí sus comilonas, dando buena cuenta de las frascas, jamones y patés, y grabando sus nombres a cuchillo sobre la piedra que ahora llaman Pierre Levée. En memoria de lo cual no pasa hoy ninguno su matrícula en la indicada universidad de Poictiers sin beber en la fuente caballina[13] de Croistelles, yendo luego a Passelourdin para subirse en la Pierre levée, como decimos[14].

 

            Viendo lo cual Pantagruel comenzó a darles caza arrinconándolos en la ribera del Rosne, y quería ahogarlos a todos sin dejar uno solo; pero ellos se escondieron bajo tierra, hozando como topos, penetrando media legua bajo el río, y pudiendo aún hoy verse el agujero que entonces excavaron[15].

 

            Pero fue lo mejor la procesión, pues en ella se vieron más de seiscientos mil catorce perros de los alrededores, que le hacían otras tantas perrerías. Y por donde pasaba, perros recién llegados se venían siguiéndole la pista, meando en el camino rozado por sus ropas.

            Ya todos se paraban a ver el espectáculo al advertir las actitudes de los perros, que le subían al cuello y le arruinaban sus bellos atavíos sin que hallara la dama otro remedio que irse hacia su casa; mas los canes corrían detrás de ella, y ella quería ocultarse, y las mozas reían y reían. Al fin cerró la puerta tras de sí, pero todos los perros acudieron de más de media legua a la redonda y tanto se orinaron junto al portal de su casa que hicieron un arroyo con la orina por el cual bien podían las patas ir nadando. Este arroyo que digo es el que pasa ahora por Sainct Victor, donde tiĖe de escarlata Goubelin por la virtud específica de aquellos meacanes, como antaĖo públicamente predicara el famoso mestre D'Oribus. ŃY así Dios os asista, que aunque no el de Bazacle de Tholouse, allí puede moler un buen molino[16]!

 

            Poco después cayó enfermo el buen Pantagruel, y ya no podía ni comer ni beber de tanto como le dolía el estómago; y como una desgracia no viene nunca sola, le sobrevino un fuerte ardor de orina que más lo atormentaba de cuanto pudierais pensar, pero sus médicos lo socorrieron muy bien, con muchas drogas lenitivas y diuréticas, haciendo que meara su dolor.

            Y tan caliente estaba aquella orina que aún no se ha enfriado desde entonces y abunda mucho en Francia, en varios sitios, de acuerdo con el curso que tomó; la llaman baĖos termales, y los hay

            en Coderetz,

            en Limons,

            en Dast,

            en Balleruc...[17]

 

            Luego, a tientas y a olientas, fueron acercándose a la materia fecal y a los humores corrompidos, topando finalmente con un mojón de mierda.

            Entonces los peones comenzaron a dar en él para desmontarlo, y los demás con sus palas fueron llenando las cestas; y cuando todo estuvo limpio se volvieron a sus globos. Hecho lo cual, se pone Pantagruel a vomitar devolviéndolos fuera fácilmente que en su garganta no eran más que un pedo por la vuestra, y allí salieron alegres y contentos de aquellas pildorillas (mucho me acordé entonces de los Griegos, cuando salieron del caballo de Troya); de este modo quedó del todo sano, reducido a su convalecencia primigenia.

            En cuanto a aquellas píldoras de cobre, una de ellas la teneis en Orleans, en el campanario de la iglesia de la Saincte Croix[18].

 

            No podía faltar, es esta panorámica de la evolución del mito etiológico por los senderos literarios de la modernidad, el Quijote cervantino, que incluye una aceradísima crítica (en el capítulo II:22) acerca de la frívola costumbre de la época de inventar antiquísimos linajes y de aplicarlos, tan disparatada como arbitrariamente, a casi todo:

 

            –Otro libro tengo también, a quien he de llamar Metamorfóseos, o Ovidio espaĖol, de invención nueva y rara, porque en él, imitando a Ovidio a lo burlesco, pinto quién fue la Giralda de Sevilla y el Ángel de la Madalena, quién el CaĖo de Vecinguerra de Córdoba, quiénes los Toros de Guisando, la Sierra Morena, las fuentes de Leganitos y Lavapiés en Madrid, no olvidándome de la del Piojo, de la del CaĖo Dorado y de la Priora; y esto, con sus alegorías, metáforas y translaciones, de modo que alegran, suspenden y enseĖan a un mismo punto. Otro libro tengo, que le llamo Suplemento a Virgilio Polidoro, que trata de la invención de las cosas, que es de grande erudición y estudio, a causa que las cosas que se dejó de decir Polidoro de gran sustancia las averiguo yo y las declaro por gentil estilo. Olvidósele a Virgilio de declararnos quién fue el primero que tuvo catarro en el mundo, y el primero que tomó las unciones para curarse del morbo gálico, y yo lo declaro al pie de la letra, y lo autorizo con más de veinte y cinco autores, porque vea vuesa merced si he trabajado bien y si ha de ser útil el tal libro a todo el mundo.

            Sancho, que había estado muy atento a la narración del primo, le dijo:

            Dígame, seĖor, así Dios le dé buena manderecha en la impresión de sus libros: ņsabríame decir, que sí sabrá, pues todo lo sabe, quién fue el primero que se rascó en la cabeza, que yo para mí tengo que debió de ser nuestro padre Adán?

            Sí sería respondió el primo, porque Adán no hay duda sino que tuvo cabeza y cabellos, y siendo esto así, y siendo el primer hombre del mundo, alguna vez se rascaría.

            Así lo creo yo respondió Sancho; pero dígame ahora: ņquién fue el primer volteador del mundo?

            En verdad, hermano respondió el primo, que no me sabré determinar por ahora, hasta que lo estudie. Yo lo estudiaré en volviendo adonde tengo mis libros y yo os sastisfaré cuando otra vez nos veamos, que no ha de ser esta la postrera.

            Pues mire, seĖor replicó Sancho, no tome trabajo en esto, que ahora he caído en la cuenta de lo que le he preguntado: sepa que el primer volteador del mundo fue Lucifer, cuando le echaron o arrojaron del cielo, que vino volteando hasta los abismos.

            Tienes razón, amigo dijo el primo.

            Y dijo don Quijote:

            Esa pregunta y respuesta no es tuya, Sancho: a alguno las has oído decir.

            Calle, seĖor replicó Sancho, que a buena fe que si me doy a preguntar y a responder, que no acabe de aquí a maĖana. Sí, que para preguntar necedades y responder disparates no he menester yo andar buscando ayuda de vecinos.

            Más has dicho, Sancho, de lo que sabes dijo don Quijote, que hay algunos que se cansan en saber y averiguar cosas que después de sabidas y averiguadas no importan un ardite al entendimento ni a la memoria[19].

 

            En mi libro El cuento popular en los Siglos de Oro[20] comenté muy por extenso el modo en que los relatos etiológicos estuvieron presentes en la literatura espaĖola de los siglos XVI y XVII en que puede decirse que asienta sus bases la literatura moderna:

 

            El relato etiológico puede ser un subgénero del relato fantástico (cuando contiene motivos maravillosos), de la leyenda (cuando pretende ser histórico o pseudohistórico y no contiene motivos maravillosos) o del cuento cómico (cuando contiene motivos humorísticos). Se trata de un discurso de raíz a veces oral y de fuente otras veces escrita (a menudo se mezclan e interfieren ambas modalidades), que pretende dar una explicación sobre los orígenes de un lugar, de un pueblo, de una familia, de una institución social, de un objeto o de una palabra.

            Asunción Rallo Gruss ha dedicado un libro muy documentado a Los Libros de Antigüedades en el Siglo de Oro. En él se analiza "el afán despertado en el Renacimiento de encontrar la identidad particular de cada nación o estado [que] derivó hacia la consecución de estudios muy localistas, de provincias y ciudades; en ellos el motor principal es siempre la demostración del valor, la importancia, la primacía del lugar en confrontación con la existencia de un pasado revalidado en antigüedades romanas o prerromanas"[21]. Cientos de libros con títulos como Muestra de la Historia de las Antigüedades de EspaĖa (1499) de Elio Antonio de Nebrija, Las antigüedades de las ciudades de EspaĖa, que van nombradas en su Corónica, con la averiguación de los sitios y nombres antiguos (1575) de Ambrosio de Morales, o la Descripción de la imperial ciudad de Toledo, y Historia de sus antigüedades y grandeza, y cosas memorables que en ella han acontecido (1605) de Pedro de Pisa, contienen todo tipo de leyendas etiológicas, con más carga muchas veces de invención que de historia, acerca de pueblos y ciudades de toda EspaĖa. Algunas de estas obras son especialmente ricas en relatos breves de todo tipo a veces reelaboraciones y actualizaciones de viejos mitos de fundación, de cuentos maravillosos, novelescos o cómicos, etc. como sucede con la Historia de Sevilla, en la qual se contienen sus antigüedades, grandezas y cosas memorables en ella acontecidas desde su fundación hasta nuestros tiempos (1587) de Alonso Morgado, o con el Resumen historial de las grandezas y antigüedades de la ciudad de Gerona; y cosas memorables suyas Eclesiásticas, y seculares, assí de nuestros tiempos, como de los passados (1678) de Juan Gaspar Roig y Ialpi. Todavía en el siglo XVIII vieron la luz obras relevantes de esta tradición, como sucedió con la Población General de EspaĖa: Historia chronológica, blasones y conquistas heroycas, descripciones agradables, grandezas notables, excelencias gloriosas y sucesos memorables (1748) de Juan Antonio de Estrada[22].

            La mayoría de los relatos etiológicos que se reescriben en estas obras son de rancia fuente libresca, pues era muy común que este tipo de libros copiasen los unos de los otros. Pero algunos relatos tienen la gracia espontánea de lo tradicional y parecen beber directamente de la fuente oral. Fijémonos, por ejemplo, en lo que dice Ambrosio de Morales acerca de La fuente de las siete hogazas del pueblo de Corpa, cerca de Alcalá de Henares:

 

                        Dizen que un pastor aquexándole la hambre, sin mirar lo que hazía, se comió siete hogaćas que para su semana tenía. Acabada la comida se sintió tan hinchado que le parecía querer rebentar. Fuesse con grande fatiga a bever desta fuente que estava cerca, y comenćó a digerir su mala repleción, de tal manera que con más y más bever presto se vio libre de su peligro. Otros dizen que un pastor comenćo a comer de su pan junto a esta fuente, y beviendo della, digerió tanto y cobró tal hambre, que no paró hasta comerse siete hogaćas que tenía. Sea alguna destas o otra la causa, la fuente tiene este nombre, y es muy estimada por lo mucho que ayuda a la digestión. Yo he bevido algunas vezes en ella sin mucha tassa, y con tener harto flaco el estómago, no he sentido daĖo en él, sino antes buena ayuda y esfuerćo[23].

 

            Pese a sus gravísimas carencias de método y a la parcialidad idealizadora de sus juicios, los libros de antigüedades fueron de los que con mayor seriedad abordaron las cuestiones históricas y arqueológicas en los siglos XVI y XVII. Los llamados falsos cronicones, en cuya escritura destacó ese habilísimo manipulador que fue el Padre Jerónimo Román de la Higuera, reinventaron el pasado de EspaĖa aderezándolo con todo tipo de invenciones disparatadas, que gozaron de crédito y predicamento hasta el siglo XVIII. Relatos acerca de la fundación de EspaĖa o de diversas ciudades por héroes clásicos como Hércules y Jasón, y otros aún más increíbles, fueron creídos por muchos a pesar de los denodados esfuerzos de historiadores más sensatos, como Juan Bautista Pérez o Nicolás Antonio, por desmontar tales supercherías.

            Las invenciones mitológicas llegaron, en cualquier caso, a causar más de un problema de interpretación de los orígenes y de denominación de determinados lugares no sólo a los lectores de los falsos cronicones, sino al pueblo en general. En la Historia de la muerte y exequias de Isabel de Valoys (1569) de Juan López de Hoyos, se describe cómo coronando la Puerta Cerrada de Madrid estaba la representación pétrea de "un espantable y fiero Dragón, el cual traían los griegos por armas". Tras extenderse el historiador sobre la tradición de las representaciones del dragón entre los griegos, acaba recordando un detalle curioso sobre un falso nombre aplicado a un monumento madrileĖo: "Y siendo yo de pocos aĖos me acuerdo que el vulgo, no entendiendo esta antigüedad, llamaba a esta puerta la puerta de la culebra, por tener este Dragón labrado bien hondo"[24].

            Otro repertorio interesantísimo de relatos pseudo-etiológicos es el asociado a los llamados Plomos del Sacromonte o al Pergamino de la Torre Turpiana de Granada, que fueron supuestamente "descubiertos" a partir de 1595 y que se decía que habían sido escritos en el siglo I. Pronto se vio que eran falsificaciones (sus autores fueron posiblemente sus "traductores" Alonso del Castillo y Miguel de Luna) hechas con el propósito de reconciliar diversos aspectos de las religiones y de las culturas hispanocristiana e hispanoárabe[25]. El propio Miguel de Luna, médico que había sido intérprete de árabe de Felipe II y Felipe III, había publicado entre 1592 y 1600 una Verdadera historia del rey don Rodrigo, falsa de principio a fin, con los mismos propósitos[26]. En esta misma tradición, hubo además relatos que pretendieron legitimar, también con poco éxito, a la nobleza morisca como pariente de la vieja nobleza cristiana hispánica[27].

            No muy alejados de este tipo de relatos de legitimación etiológica fueron los intentos de construir patrióticas leyendas de fundación que acometieron autores como Quevedo, en obras como la EspaĖa defendida (1609). Raimundo Lida analizó, en un artículo ya clásico, cómo Quevedo se empeĖó en oponer los "títulos" de EspaĖa a los "fabulosos chistes de que soberbias se precian las naciones", y cómo él mismo defendió toda una pseudo-historia capaz de oponerse a las que otros países de nuestro entorno estaban construyendo[28]. También Lope abordó el relato genealógico en alguna de sus obras[29]. Igual que hizo Gonzálo Céspedes y Meneses en sus Historias peregrinas y ejemplares (1623), que incluyen seis relatos acerca del Origen, fundamento y antigüedad de otras tantas ciudades.

            Otra fuente importante de relatos etiológicos con pretensiones historicistas son los numerosos nobiliarios y libros de linajes que vieron la luz a finales de la Edad Media y en los Siglos de Oro, firmados por Hernán Pérez del Pulgar, Alonso de Cartagena, Antonio Agustín, Gonzalo Argote de Molina y muchos más. Y obras aún más ambiciosas, como las Batallas y quinquagenas (ca. 1552) de Gonzalo Fernández de Oviedo. La gran mayoría de estos libros incluyen relatos explicativos del origen de diversas casas nobiliarias que son, en realidad, cuentos o leyendas apenas disfrazados con algún nombre propio, alguna fecha de orígenes y algún escenario concretado[30]. Un ejemplo representativo puede ser el de la leyenda de orígenes de la casa de Urrea, repetida en muchas fuentes, según la cual aquella familia descendía nada menos que del compaĖero que desde Alemania trajo consigo San Jorge para participar en el cerco de Huesca[31].

            Obras hubo que sobrepasaron a cualquier otra en la frivolidad de sus enfoques y en lo disparatado de sus conclusiones. Los relatos insertos en la Parte primera de varias aplicaciones, y Transformaciones, las quales tractan, Términos Cortesanos, Práctica Militar, Casos de Estado, en prosa y verso con nuevos Hieroglíficos, y algunos puntos morales (1613) de Diego Rosel y Fuenllana entran de lleno dentro de la categoría del cuento etiológico de carácter cómico:

 

                        Su Parte primera de varias aplicaciones y Transformaciones se compone de dos tipos de relatos. El primero es la aplicación y transformación. Se explica allí la derivación de un nombre a través de una fábula o historia que culmina con una metamorfosis que tiene un sentido moral. Por ejemplo, en la Aplicación y transformación del Escarabajo, se debe explicar el origen de este nombre, y esto se hace a través de un relato que termina con la frase siguiente de Júpiter, personaje de la fábula: "Es cara. Abajo" [...]

                        Otro tipo de relato es la aplicación, es decir, aquél que no termina en metamorfosis. Son las aplicaciones mucho más breves y se limitan a explicar el origen del nombre de una ciudad. Citemos, por ejemplo, el final de la Aplicación del nombre de Barcelona. Estando el rey en el puerto de la ciudad que hoy se llama Barcelona y viendo llegar un navío, dijo que el lugar se llamaría como "la primera palabra que deste navío, que por la mar viene, se entendiere". El bajel llegaba cargado de lonas y el guardia, que se llamaba Arce, le preguntó desde el muelle al patrón del barco: "ņqué va en el bajel?". Y el patrón del navío le respondió: "Va Arce lona". Y concluye la aplicación: "Y como estuvieran atentos, todos a un tiempo dijeron: ya nuestra Ciudad tiene nombre"[32].

 

            Tan abusiva llegó a ser la manía de los historiadores y pseudo-historiadores de inventar ancestros venerables (de ciudades, santuarios, pueblos, familias, etc.) en los Siglos de Oro, que se convirtió en objeto de mofa en muchos relatos cómicos. De hecho, el "motejar de linaje", es decir, la burla acerca de los ancestros nobiliarios que muchas personas solían atribuirse, llegó a adquirir la categoría de capítulo aparte en diversos libros de motes y chistes (por ejemplo, en la Floresta VII:3 de Santa Cruz), a convertirse en práctica absolutamente común durante mucho tiempo, y a ser criticada por Gracián a propósito de aquellos "otros altercando de linages, cuál sangre era la mejor de EspaĖa" en El Criticón II:5 (p. 384). Buenos ejemplos de ello son obras como el burlesco Memorial de un pleito, que pretendía reconstruir la genealogía burlesca del imaginario Juan de las Cadenetas, el Sermón de Aljubarrota, con las glosas en que don Diego Hurtado de Mendoza se reía de las fanfarronadas linajudas de los portugueses, o la Genealogía de la necedad, que en alguna ocasión se tituló Descendencia de los modorros[33]. Mención aparte merece el furibundo episodio de Los sueĖos de Quevedo que sitúa en el infierno a quienes se jactaban de linaje: "Pues si mi padre se decía tal cual, y yo soy nieto de Esteban cuales y tales, y ha habido en mi linaje trece capitanes valerosísimos y de parte de mi padre doĖa Rodrigo deciendo de cinco catedráticos, los más doctos del mundo, ņcómo me puedo haber condenado?"[34].

            Muy común en los siglos XVI y XVII fue también la costumbre de intentar desentraĖar el sentido de una paremia contando algún relato o anécdota explicativa acerca de sus orígenes. Muchas de las grandes compilaciones paremiológicas de los Siglos de Oro las de NúĖez, Mal Lara, Horozco, Correas, Galindo, e incluso secciones enteras de colecciones de cuentos como El Sobremesa y Alivio de Caminantes de Timoneda, intentan llegar a los étimos de las proverbios y modismos de uso más común en la época:

 

                        Éste es el procedimiento empleado en la paremiología para explicar los refranes y frases proverbiales, según modelo conceptual de tipo causativo: DICHO-MOTIVO-RELATO. Tal relato se dilata en figura etimológica de la expresión proverbial, cuya introducción causativa modélica puede ser la de serie por qué se dijo en El sobremesa de Timoneda (1563, 1576). He aquí un ejemplo: "Por qué se dijo Buenos días, Pero Díaz, más querría mis dineros. Era un zapatero de flaca memoria, llamado Pero Díaz, el cual había prestado un ducado, y no se acordaba a quién, y dábale tanta pena esta imaginación, que lo dijo a su mujer, y ella diole por consejo, que a cualquiera que le dijera buenos días, Pero Díaz, la responda más querría mis dineros; porque cuando lo dijese a quien no le debía nada, pasaría adelante, y cuando encontró con quien le debía el ducado, dijo: Yo os lo daré, sin que me lo pidáis desa manera, y ansí cobró el ducado". Por supuesto, nada garantiza que tal motivación será "histórica" [...] Mal Lara, oportunamente, recuerda que en estos relatos no se trata de la verdad histórica, sino de la verosimilitud que dimana de la calidad del relato: "Dirán algunos que los más son inventaos de mi cabeća. Lo qual, dado que fuesse verdad quando falta el verdadero origen, también el qüento no es tan malo, ni tan falso, que no tenga partes con que se haga verosímil"[35].

 

            Si continuáramos explorando las huellas y los ecos que los relatos etiológicos han ido sembrando en la literatura espaĖola de la Edad Moderna, correríamos el riesgo de enredarnos en un ovillo inextricable. Nos fijaremos ahora, pues, en un solo autor, Luis Mateo Díez, felizmente vivo y en activo, que es quien con más constancia y devoción ha asumido la empresa de trasladar a la escritura contemporánea espaĖola las etiologías más venerables. Al inicio de este artículo reprodujimos alguna de sus reflexiones acerca de la relación entre infancia y mito. Atenderemos ahora a su modo de preguntarse por los orígenes de su región natal, la casi mítica Babia oculta en los repliegues de los montes de León:

 

            ņAdónde llevar la mirada originaria de esta tierra, que desvele en el tiempo su rostro remoto, el nacimiento de sus arroyos, cuetos y colladas, por la distancia oculta de su pasado.

            Podrías soĖar la luz primitiva en las amotinaciones del Secundario, cuando dicen que las albas cresterías del Fontán y UbiĖa Grande alcanzaron la mayor altura y fortaleza, erigidas como proas sobre el diluvio del mar rompiente.

            O el rumor de las eclosiones en el Boquerón de Ventana, la sierra enervada como el lomo de un rebeco desde la PeĖa Orniz a los Cuetos Albos, la infancia agreste del Formeirón, el Fuexio y los Michos Blancos.

            SoĖar la nieve cuaternaria en las cimas del Rabín y PeĖa Larena, donde la luz alumbraría como una candela en los lentos amaneceres.

            E imaginarte el acontecer de las florestas. El verdor erizado de los altos, donde surgirán los puertos, el cuenco extendido de las llanadas que formarán los depósitos aluviales donde se estamparán las vegas.

            Así, como brotando de la simiente de ignoradas constelaciones, que estrecharon su abrazo en el paisaje informe, rompiendo desde la misma entraĖa de sus raíces devonianas y carboníferas, entre el fuego y el frío del más antiguo clamor, comenzaría esta tierra a perfilar los rasgos de su rostro[36].

 

            Las brumas de la prehistoria no son el único tiempo de orígenes de la Babia soĖada por Luis Mateo Díez. El momento augural en que su nombre quedó por primera vez ahormado por la voz y luego fijado por la escritura, entre las paredes de algún monasterio medieval, debió de ser otro jalón importante:

 

            Hubo un momento en que por primera vez una pluma de ave escribió en los rodados pergaminos medievales esa voz: Badavia, que es el nombre antiguo que retiene, en su secreto, los ecos de una mayor lejanía, el primigenio misterio de la palabra inaugural, que se posa sobre la frente de esta tierra para nombrarla.

            [...] Ruta, senda, camino, itinerario de los ancestrales moradores, calzada romana por el valle del Luna, río arriba, en la dominación. Vía de paso por Ventana hacia las tierras llanas. Bade-avia, valle de la vía: la voz que parece remitir a tantos tránsitos, a tantas idas y regresos, expediciones repobladoras, mesnadas, cortejos de nobles y reyes[37].

 

            La expresión "estar en Babia", de tanta tradición en el espaĖol de muchos siglos, ha sido objeto también de diversas interpretaciones etimológicas, que el gran narrador leonés ha sintetizado de esta manera:

 

            –Mira, del dicho ese de "estar en Babia" hay distintas interpretaciones –dice don Jesús– [...] La más corriente por ahí es la que recogió Víctor de la Serna en su libro La Ruta de los Foramontanos donde, por cierto, a Babia la llama "la Tierra de los Perfumistas", porque babianos eran los que hacían aquella colonia que fue tan famosa en Madrid, la de los Álvarez Gómez. Se dice que a los reyes de León les gustaba venir a Babia para evadirse de los pleitos y de las intrigas de la corte. Babia era para ellos como un paraíso, donde estar tranquilos y dedicarse a la caza, que no debía de ser mal deporte correr los osos y los corzos y los jabalíes. Claro que con el monarca ausente los nobles intrigaban a sus anchas, y los súbditos leoneses decían: "El rey está en Babia", con lo que daban a entender que el rey no quería saber nada de nada. "Estar en Babia" se dice desde entonces, según asegura Víctor de la Serna en su libro, de un estado psicológico que se encuentra a medias entre el dolce far niente y el "no quiero saber nada".

            –Esa interpretación –opina Ramiro– es como la más vistosa y extendida, pero no tiene traza de ser la verdadera. A mí me parece mejor la que da Manolo Rabanal en un artículo que creo recordar se publicó en un periódico de Madrid. Y que, además, es una interpretación que coincide con un romance que precisamente se titula, o así se lo conoce, como Romance del pastor que estaba en Babia.

            –Sí, es el tema de la trashuamncia de los pastores babianos –aclara Floro.

            Sin duda es una interpretación mucho más realista –prosigue Ramiro–. Los pastores babianos aquí dejaban todo cuando se iban a Extremadura. Eran unos meses lejos de la familia, de los seres queridos, lejos de sus pueblos. Y el "estar en Babia" era el gesto ausente, ensimismado, de su nostalgia y de su recuerdo, tan vivo y tan lógico[38].

 

            Muchas más reescrituras y evocaciones de viejas leyendas etiológicas podríamos entresacar –si contáramos con el espacio suficiente– de las narraciones de Luis Mateo Díez.

            Pero es el momento, ahora, de contemplar el panorama de fuera de nuestras fronteras. Remontémonos al aĖo 1906 en que vio la luz El maravilloso viaje de Nils Holgersson, un libro escrito por la narradora sueca Selma Lagerlöf –que obtuvo, gracias a él, el Premio Nobel de Literatura de 1909– y que está a mitad de camino entre el cuento maravilloso y el tratado de geografía para aprendizaje de los niĖos. Este gran clásico de la literatura infantil contiene un buen número de leyendas etiológicas tomadas de la tradición oral y hábilmente reescritas e insertadas por Lagerlöf dentro del tejido narrativo de su novela. Una de ellas sigue el patrón típico de muchos cuentos tradicionales que presentan las andanzas de Cristo y de San Pedro:

 

            ņHas oído hablar, guardador de patos, de cómo fueron fundados el Esmaland y la Escania? preguntábale. Y si le contestaba negativamente, referíale al punto esta divertida historia:

            Érase el tiempo en que el seĖor creaba el Mundo. Cuando más enfrascado se hallaba en su trabajo, acertó a pasar San Pedro por allí y se detuvo para mirar y preguntar si era aquel un trabajo muy difícil...[39].

 

            La relativa extensión de este relato desaconseja su reproducción íntegra, igual que sucede con la hermosa leyenda acerca de la fundación mítica de la región de Uppland:

 

            Eso tal vez no sea tan fácil aprenderlo en los libros dijo la anciana; pero yo voy a contaros lo que me enseĖó mi madre acerca de este país. Yo no he ido nunca a la escuela y no he tenido instrucción, por lo tanto; pero he recordado siempre lo que mi madre me enseĖó.

            "Pues bien comenzó al viejecita, sentándose sobre una piedra; decía mi madre que hace mucho tiempo era el Uppland el país más pobre y más humilde de toda Suecia. Estaba formado solamente de unos pobres campos arcillosos y de unas pequeĖas colinas pedregosas y bajas..."[40].

 

            Demasiado extenso para ser reproducido en su integridad es el relato –inspirado una vez más en la tradición oral– que hace Lagerlöf acerca de la fundación de Estocolmo:

 

            –ņNo has oído referir nunca cómo fue fundada la ciudad de Estocolmo? De ser así, comprenderás que tu nostalgia no es más que una quimera. Vamos a sentarnos en aquel banco y te hablaré de Estocolmo...[41].

 

            Sí contamos con espacio para reproducir otro de los relatos etiológicos que alberga el precioso libro de Lagerlöf:

 

            –Hace muchos aĖos, muchos, vivía aquí, en Esmalandia, una seĖora de familia de gigantes, que era propietaria de todos estos terrenos. Lo pasaba, claro está, perfectamente bien y por no saber cómo podría repartir la herencia entre sus tres hijos de un modo equitativo, repartió sus tierras en tres partes. La primera era de cultivo y abundante en cereales; la segunda, era propia para pastoreo, con sus llanuras, lagos y ríos que desembocaban en el mar después de formar grandes islotes.

            A los hermanos parecióles bien esta división:

            He procurado decía la madre hacerla lo mejor posible; pero ahora llegamos a un punto que me preocupa, porque habiendo repartido la parte más provechosa de la herencia, sólo me restan para formar la tercera, bosques y montaĖas, y temo que aquel a quien pueda corresponder esta última parte, pueda conocer la pobreza y mirar con disgusto a sus otros hermanos. Sé continuó diciendo la madre que este tercer lote no puede compararse a los otros, y si yo no fuese tan vieja me esforzaría en modificar este reparto; pero a mi edad esto es imposible, y ahora que mi vida se acaba me encuentro intranquila y malhumorada porque no sé a quién dar esta parte tan inferior. Los tres habéis sido buenos hijos para mí y no quiero ser injusta con ninguno de vosotros.

            Viendo las grandes preocupaciones de la madre, el hijo menor, que era quien más la quería, díjole un día:

            No te apures, madre: yo me quedo con la peor parte. Yo me conformo con lo que sea, porque lo primero que deseo es verte contenta.

            Y como los otros dos lotes eran igualmente buenos, quedó la pobre vieja tranquila y dispuesta a morir, si bien pudo apreciar que el hijo menor era quien más la quería, por lo que prometió tener siempre presente la prueba de cariĖo que le había dado.

            Muerta la madre, tomó cada cual posesión de sus terrenos. El hijo menor se encontró con tierras incultas, con montaĖas rocosas, si bien no tardó en comprender que su madre no le había olvidado, porque en aquellos montes desolados encontró minerales de hierro y hasta de plata y cobre, con lo cual llegó, después de ponerlo todo en explotación, a ser más rico que sus hermanos.

            Y como aquellos montes, con sus rincones abruptos y sus hondas caĖadas, eran también muy hermosos, vivió feliz bendiciendo a su madre[42].

 

            He aquí un último relato etiológico –en este caso, acerca de los orígenes míticos de diveros ríos suecos– de Selma Lagerlöf:

 

            –Junto a nuestros límites con Noruega había una lago entre unos montes, del que nacía un riachuelo, que ya desde su origen corría de una manera impetuosa. Aunque pequeĖo, se le llamaba el Río Grande, por cuanto podía esperarse que alcanzaría gran importancia. Al formarse, y apenas salido del lago, descubrió que aquel terreno, lleno de colinas en que abundaban los árboles y que después se transformaban en desnudas crestas, era poco propicio para su desarrollo. Al tropezar con tantos obstáculos pensó que lo mejor tal vez fuese volverse a la laguna; y miró a todos lados y viendo las dificultades insuperables que había para ello, determinó lanzarse en busca del mar, abriéndose un camino. Buscó en la primavera la ocasión, por cuanto en esta época del aĖo sobrevienen los deshielos y el agua baja a torrentes desde las altas cumbres.

            Cierta vez en que este curso de agua dedicábase, como de costumbre, a abrirse paso, oyó unos fuertes ruidos en la lejanía del bosque, y como interrogara a éste acerca de ellos, contestóle el bosque que aquel estrépito debíase a otro curso de agua que acababa de conseguir el libre acceso a través de un hermoso valle y que, sin duda, llegaría al mar antes que el que le interrogaba.

            No lo creo de ese pequeĖín contestóle con cierto desdén. Pregúntale si quiere que le ayude.

            No atrevíase el bosque a cumplir el encargo, dadas las ínfulas con que se mostraba el curso de agua aludido, que se consideraba superior al otro; pero el caso fue que ambos riachuelos habían llegado al siguiente día a un punto en que confluían sus corrientes y habían unido sus fuerzas para continuar su marcha hacia el mar, formando a su paso remansos y lagunas en los sitios bajos, de donde salían con más ímpetu, a veces por las aguas que a ellos afluían y tambien porque a la corriente de ambos uníanse otras, no sin entablar previamentae largas polémicas acerca de la importancia de los unos y las otras y del nombre común que para designarles debía elegirse, polémicas en las que siempre mediaba el bosque, animado de un propósito conciliador.

            Así llegaron estas corrientes hasta muy cerca del Mjalgen, con el nombre de río Storan.

            Bonito río exclamó éste al contemplar la corriente del Fulu.

            En esto intervino el bosque para proponerles que se unieran, y ellos accedieron con agrado, a condición de que cada uno de los dos conservara el nombre que le era propio.

            Esto motivó una vieja pelea, que estuvo a punto de malograr el trato convenido en principio, lo que hubiera sucedido de no intervenir el bosque, que, finalmente, les convenció de que debían renunciar al nombre, como lo hicieron, en efecto, llamándose desde entonces uno el del Valle del Oeste y el otro el del Este y juntos el río del Valle, bajo cuya designación desembocaron en el mar[43].

 

            Era hasta cierto punto lógico y previsible que la narrativa popularista y costumbrista moderna –como la de Lagerlöf– recogiese y desarrollase viejos y tradicionales relatos etiológicos. Más sorprendente es que autores de la originalidad y del incorformismo de George Orwell, y dentro de obras tan radicalmente modernas como Rebelión en la granja, insertase relatos de orígenes –justificativo en este caso del origen de una fiesta– tan concentrados y precisos como el siguiente:

 

            La escopeta del seĖor Jones fue hallada en el barro y se sabía que en la casa había proyectiles. Se decidió colocar la escopeta al pie del mástil, como si fuera una pieza de artillería, y dispararla dos veces al aĖo; una vez, el cuatro de octubre, aniversario de la Batalla del Establo de las Vacas, y la otra, el día de San Juan, aniversario de la Rebelión[44].

 

            Vamos a concluir ya nuestro recorrido tras los mitos etiológicos que asoman en la literatura de la modernidad atendiendo a un singularísimo poemario, el Bestiario del Circo, publicado en fecha muy reciente, en el aĖo 2003, por el poeta, actor y payaso Pepe Viyuela. Es llamativo apreciar que muchos de los breves poemas en prosa que atesora este libro son auténticos relatos de orígenes sobre el espacio en que se desenvuelven las evocaciones personales y las fantasías míticas del autor: el circo.

 

            La carpa de circo está hecha de piel de Dios. Una noche de fiesta, fogata, danzas y vino, el ser supremo entró en reyerta con los hombres, los cuales, tras dirigirle unas blasfemias envueltas en vapor de alcohol, lo adormecieron y le soltaron al oso del aro en la nariz que, de un zarpazo, le arrebató la piel de un costado.

            Dios volvió a las alturas, herido por lo terreno y ellos, de aquel pedazo de divino cuero, construyeron una tienda con la que protegerse del viento, la lluvia y las estrellas. El tiempo, el sol y el viento del fondo de la tierra la fue secando y estirando hasta hacerla tan grande como el mundo, y de ella se han recortado los pedazos que dan lugar a todas las carpas de circo. Por eso en su interior huele a eternidad y a riesgo; a ser todopoderoso que apuesta por el más difícil todavía; a hombres que juegan a ser ángeles en el trapecio; a animales que se embarcan para escapar del diluvio; a otros hombres que, vestidos de colores, están llenos de gracia; a volatineros que invierten el sentido del mundo y los conceptos quebrando la más alta ley, la de la gravedad; a magos que crean universos de ilusión; a amor y a palomitas, a sonrisa y a traje de domingo.

 

            Los pájaros son animales con los que un día Dios hizo malabares y que, por efecto de su gran divinidad, se quedaron para siempre colgados del aire.

 

            Por otro lado, nuestro sistema solar y el universo todo, con sus estrellas, planetas y cometas, no es otra cosa que un inmenso juego de malabares, siempre suspendido y a punto de caer.

 

            El monociclo... es un pirata que perdió un ojo y una pierna en la batalla interminable del hombre por complicar las cosas.

 

            La punta de su nariz [de las focas] es una minúscula provincia ultramarina, donde la mesura y el equilibrio se establecieron en el principio de los tiempos, un virreino minúsculo y profundo.

 

            El comefuego desciende directamente de un dragón enamorado que se prendó de aquella dama que debió engullir. Cambió por ella, en trueque de hechizo, la escama por la piel; la llama, por saliva; pero ella, viéndolo con aspecto humano, lo despreció y abandonó para siempre. Desde entonces es un recuerdo de sí mismo, buscándose a través de las hogueras y las llamas.

 

            Buscan los hombres su origen y se remontan río arriba hasta lo más profundo de su selva inexplorada, y allí encuentran perfumes de instinto y semilla sepultados en un lodo blanco; pequeĖos atisbos, chispazos breves de luciérnagas que escapan[45].

 



    [1] Friedrich Nietzsche, El caminante y su sombra, trad. A. Varela (Buenos Aires: Gradifco, 2004) p. 13.

    [2] Luis Mateo Díez, "Ámbitos de la leyenda", El pasado legendario (Madrid: Alfaguara, 2000) pp. 11-28, pp. 18 y 19.

    [3] Alberto Manguel, "Inicios secretos", Babelia, 5 de febrero de 2005, p. 32.

    [4] El País, 10 de julio de 1995, p. 41.

    [5] Mabel Azcui, "La ruta del Che Guevara", El País, sábado 25 de enero de 1997, p. [48].

    [6] Rodrigo Fernández, "La cara oculta de la gesta de Gagarin", El País, 13 de abril de 2001, p. 43.

    [7] Lydia Cabrera, Cuentos negros de Cuba (Barcelona: Icaria, 1997) p.

186.

    [8] Eduardo Galeano, con grabados de J. Borges, Las palabras andantes (Madrid: Siglo XXI, reed. 2001) p. 94.

    [9] Subcomandante Insurgente Marcos, Relatos de El Viejo Antonio (Bilbao: Virus Editorial-Puntos Subversivos Guarache-Col.lectiu de Solidaritat amb la rebel.lio zapatista, 1999) pp. 11-12.

    [10] Boccaccio, Decamerón, ed. M. Hernández Esteban (Madrid: Cátedra, 1994) pp. 660-661.

    [11] Franćois Rabelais, Gargantúa, trad. J. Barja (Madrid: Akal, 1986) p.

74.

    [12] Franćois Rabelais, Pantagruel, ed. J. Barja de Quiroga (Madrid: Akal, 1989) p. 45.

    [13] Nota del editor: "La compara con la fuente mitológica que el caballo Pegaso hizo brotar en el Parnaso con un golpe de su casco. Por eso se llama caballina".

    [14] Rabelais, Pantagruel, pp. 47-48.

    [15] Rabelais, Pantagruel, p. 51. Nota del editor: "Rabelais bromea aquí a propósito de un subterráneo que, partiendo de la iglesia St. Pierre de Valence, penetraba bajo el Ródano".

    [16] Rabelais, Pantagruel, p. 158.

    [17] Rabelais, Pantagruel, p. 216.

    [18] Rabelais, Pantagruel, p. 218.

    [19] Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, dir. F. Rico (Barcelona: Crítica, 1998) pp. 812-814.

    [20] Reproduzco a continuación el capítulo 3.9 "El relato etiológico (fantástico, legendario o cómico)" de José Manuel Pedrosa, El cuento popular en los Siglos de Oro (Madrid: Laberinto, 2004).

    [21] Asunción Rallo Gruss, Los libros de Antigüedades en el Siglo de Oro (Málaga: Universidad, 2002) p. 10.

    [22] Véase al respecto Álvaro Galmés de Fuentes, Los topónimos: sus blasones y trofeos (la toponimia mítica) (Madrid: Real Academia de la Historia, 2000).

    [23] Ambrosio de Morales, Las antigüedades de las ciudades de EspaĖa, que van nombradas en su Corónica, con la averiguación de los sitios y nombres antiguos (Alcalá de Henares: en casa de Juan ÍĖiguez, 1575) f. 53.

    [24] José Simón Díaz, "Los orígenes míticos de Madrid en la historia local y en la literatura", Ex Libris: Homenaje al profesor José Fradejas Lebrero, 2 vols. (Madrid: UNED, 1993) pp. 901-912, pp. 902-903.

    [25] Véanse P. Carlos Alonso, O.S.A., Los apócrifos del Sacromonte (Granada). Estudio histórico (Valladolid: Estudio Agustiniano, 1979); Manuel Barrios Aguilera, "El bucle metahistórico: los libros plúmbeos del Sacromonte de Granada, realidad histórica y mito", Fundamentos de Antropología 10-11 (2001) pp. 321-332; y Luce López Baralt, "Las problemáticas profecías de San Isidoro de Sevilla y de Ali Ibnu Yebir Alferesiyo en torno al Islam espaĖol del siglo XVI: tres aljofores del ms. aljamiado 774 de la Biblioteca Nacional de París", Nueva Revista de Filología Hispánica 29 (1980) pp. 343-366.

    [26] Francisco Márquez Villanueva, "La voluntad de leyenda de Miguel de Luna", Nueva Revista de Filología Hispánica XXX (1981) pp. 359-395.

    [27] Enrique Soria Mesa, "Una versión genealógica del ansia integradora de la élite morisca: el Origen de la casa de Granada", Sharq al-Andalus 12 (1995) pp. 213-221.

    [28] Raimundo Lida, "Sobre Quevedo y su voluntad de leyenda", Filología VIII (1962) pp. 273-306, p. 299. Véase además F. Vivar, Quevedo y su EspaĖa imaginada (Madrid: Visor, 2002).

    [29] Enrico di Pastena, "Paremiología, genealogía y comedia: el caso de La ocasión perdida", "Otro Lope no ha de haber". Atti del Convegno Internazionale su Lope de Vega, ed. MĽ G. Profeti (Florencia: Alinea, 2000) II, pp. 101-117.

    [30] Véanse al respecto Franćois Delpech, "Como puerca en cenagal: remarques sur quelques naissances insolites dans les légendes généalogiques ibériques", La condición de la mujer en la Edad Media (Madrid: Universidad Complutense, 1986) pp. 343-370; Augustin Redondo, "Légendes généalogiques et parentés fictives en Espagne au SiŹcle d'Or", Les parentés fictivies en Espagne aux XVIe et XVIIe siŹcles, ed. A. Redondo (París: Publications de la Sorbonne, 1988) pp. 15-35; y Delpech, "Cabrera, Cervera et Aguilera: métamorphoses animales et traditions généalogiques", Ollodagos XIII (1999-2000) pp. 169-244.

    [31] P. Moreno Meyerhoff, "La leyenda de origen de la casa de Urrea. Etilogía de una tradición", Emblemata. Revista Aragonesa de Emblemática V (1999) pp. 57-88.

    [32] Fernando Copello, "Las Aplicaciones de Diego Rosel y Fuenllana: una reflexión sobre la geografía del relato en la EspaĖa del siglo XVII", Studia Aurea. Actas del III Congreso de la AISO (Toulouse, 1993), eds. I. Arellano, M. C. Pinillos, F. Serralta y M. Vitse (Toulouse-Pamplona: GRISO-LEMSO, 1996) pp. 129-138, p. 132.

    [33] Véanse todas ellas en Antonio Paz y Meliá, Sales espaĖolas (Madrid: BAE 177, reed. 1964) pp. 211-222; y su comentario en Aurora Egido, "Linajes de burlas en el Siglo de Oro", Studia Aurea. Actas del III Congreso de la AISO (Toulouse, 1993), eds. I. Arellano, M. C. Pinillos, F. Serralta y M. Vitse (Toulouse-Pamplona: GRISO-LEMSO, 1996) pp. 19-50, especialmente pp. 24-25. Véase además José Fradejas Lebrero, "De re etimologica burlesca", Estudios Filológicos en Homenaje a Eugenio Bustos Tovar, ed. J. A. Bartol Hernández, J. F. García Santos y J. de Santiago Guervós (Salamanca: Universidad, 1992) pp. 303-311; y Maxime Chevalier, "La genealogía", "La Genealogía de la necedad", Quevedo y su tiempo. La agudeza verbal (Barcelona: Crítica, 1992), pp. 76, 124-130 y 210-211.

    [34] Francisco de Quevedo, Los sueĖos, ed. I. Arellano (Madrid: Cátedra, 1999) p. 198.

    [35] Ángel Iglesias Ovejero, "La figura etimológica en la paremiología clásica", Estado actual de los Estudios sobre el Siglo de Oro, eds. M. García Martín, I. Arellano, J. Blasco y M. Vitse (Salamanca: Universidad, 1993) pp. 519-527, p. 525.

    [36] Luis Mateo Díez, "Relato de Babia", El pasado legendario (Madrid: Alfaguara, 2000) pp. 235-298, pp. 243-244.

    [37] Mateo Díez, "Relato de Babia", p. 247.

    [38] Mateo Díez, "Relato de Babia", pp. 256-257.

    [39] Selma Lagerlöf, El maravilloso viaje de Nils Holgersson, trad. C. Talavera y V. Clavel (Madrid: Akal, 1983) p. 153.

    [40] Lagerlöf, El maravilloso viaje de Nils Holgersson, p. 294.

    [41] Lagerlöf, El maravilloso viaje de Nils Holgersson, p. 317.

    [42] Lagerlöf, El maravilloso viaje de Nils Holgersson, pp. 249-250.

    [43] Lagerlöf, El maravilloso viaje de Nils Holgersson, pp. 264-265.

    [44] George Orwell, Rebelión en la granja, trad. R. Abella (Barcelona: Destino, reed. 2000) p. 91.

    [45] Pepe Viyela, Bestiario del Circo (Madrid: Medusa, 2003) pp. 19-20, 55, 55-56, 99, 153, 193 y 205.