Pedrosa, José Manuel. “La chanson de geste de Beuve de Hantone, el romance de Celinos y los cuentos de La hermana traidora (ATU 315) y de La madre traidora (ATU 590)”. Culturas Populares. Revista Electrónica 1 (enero-abril 2006).

http://www.culturaspopulares.org/textos%20I-1/articulos/Pedrosa.htm

ISSN: 1886-5623

 

 

 

 

 

La chanson de geste de Beuve de Hantone, el romance de Celinos

y los cuentos de La hermana traidora (ATU 315) y de La madre traidora (ATU 590)

 

 

José Manuel Pedrosa

Universidad de Alcalá

 

 

A Samuel G. Armistead

 

 

Un artículo ya clásico de Samuel G. Armistead y Joseph H. Silverman[1] y un estudio más reciente de Diego Catalán[2] han desvelado las coincidencias argumentales, poéticas e ideológicas que delataban el parentesco entre por un ladoel viejo ciclo de poemas épicos y baládicos europeos que parece tener como núcleo la chanson de geste francesa de Beuve de Hantone y por otro lado el romance hispánico de Celinos y la adúltera. De la amplia difusión, esencialmente medieval, del ciclo heroico que parece cimentarse sobre el Beuve de Hantone da idea el hecho de que, como ha seĖalado Diego Catalán, se conozcan «redacciones varias, anglo-normanda (del s. XII), francesas (dos del s. XIII) e italiana (en prosa y en verso, tardías)», además de derivados en «versiones holandesa, inglesa, irlandesa, galesa, nórdica, servia, rusa, yidish y rumana». La gesta anglonormanda de Boeve de Haumtone, la provenzal de Daurel et Beton y la italiana de Bovo d'Antona serían las primeras y principales ramas nacidas del tronco hundido, según algunos indicios tan relativos y ambiguos como casi todo lo que ataĖe a los orígenes y balbuceos de la tradición literaria oral sobre el solar francés. Epígono más marginal, y posiblemente más tardío, sería el romance panhispánico de Celinos y la adúltera, del que se conoce un testimonio fragmentario del siglo XVI que no excluye que existieran versiones peninsulares anteriores y unos pocos registros orales documentados, ya en el siglo XX, en unos cuantos pueblos del norte de EspaĖa y de Portugal, en la isla de Ibiza y en algunas comunidades sefardíes del Mediterráneo oriental.

            El argumento típico del romance hispánico (hoy prácticamente extinguido en la tradición oral) fue resumido de este modo por los propios Armistead y Silverman:

 

                        El romance de Celinos y la adúltera nos evoca un fatal triángulo amoroso. Desarrolla un relato bárbaro y violento de adulterio, traición y venganza sanguinaria: la mujer del conde viejo, poco satisfecha con su matrimonio, se enamora del joven Celinos. Éste le aconseja que finja estar embarazada, diciendo que perderá el niĖo a menos que pueda comer la carne de un ciervo (puerco o carnero, según los textos sefardíes) que anda en un monte cercano. El conde viejo vuelve de oír misa y su mujer le repite esta falaz historia, instándole a que se dirija al monte a cazar el ciervo y sugiriéndole que para el caso no necesita ir fuertemente armado. El viejo se arma bien, sin embargo, y se encamina al monte, donde Celinos le espera en emboscada, según ya había concertado con la condesa. Al ser atacado, el buen conde no sólo se defiende, sino que vence y mata al amante y vuelve a su casa para presentar a la mujer infiel la cabeza ensangrentada de Celinos. Acto seguido, la degüella y coloca juntas las dos cabezas, para que se cumpla en la muerte lo que los amantes habían querido realizar en vida.

 

            No merece la pena, tras los profundos estudios que a la cuestión han dedicado Armistead, Silverman y Catalán, hacer un seguimiento pormenorizado de las impresionantes coincidencias, argumentales y poéticas, que vinculan el romance hispánico de Celinos y la adúltera con el complejo de viejas narraciones heroicas europeas cuyo núcleo giraría alrededor del Beuve de Hantone a cuya familia parece pertenecer. Pero sí puede ser interesante conocer, para poder establecer una adecuada base de comparación, una versión del romance de Celinos que fue recogida en el aĖo 1979 en el pueblo de Sorbeda, en la provincia de León:

 

 

            Cuando el conde vien de misa,   la condesa mala está.

            —ņQué has tenido, condesina,   de dos horas para acá?

            —Que me hallo en cinta   de dos horas para acá.

            —Si te hallas en cinta,   algo se te antojará.

            —En ese monte 'e Celinos   suena un ciervo bramar,

            si no como de ese ciervo,   pienso de arreventar.

            —No arrevientes, la condesa,   que yo te lo iré a buscar.

            —Si vas a buscarlo,   las armas dejas quedar.

            Fue a la ferretería   y unas nuevas fue a comprar;

            pequeĖas eran, pequeĖas,   pero finas n'el cortar.

            Siete vueltas dio al monte,   y no lo pudo encontrar;

            pa entrar pa las ocho,   con Celinos fue a encontrar.

            —ņQué haces ahí, mal conde,   a mis montes a cazar?

            —ņPor qué vas tú, Celinos,   a mi casa a rondar?

            —Tu mujer, mal conde,   hombre me ha de llamar.

            —Lo que Dios quiera, Celinos,   lo que Dios quiera será.

            —Los tus hijos, mal conde,   padre me han de llamar.

            —Lo que Dios quiera, Celinos,   lo que Dios quiera será.

            Pusón la espada en el suelo,   empezaron a pelear:

            a la primera vuelta,   Celinos debajo cae.

            Le cortó la cabeza,   y pa su casa la trae.

            —Toma, toma, la condesa,   el ciervo que fue a buscar.

            —ņPa que lo mataste, conde,   si a ti no te hacía mal?

            —Ahora te la corto a ti,   os la pongo par a par,

            pa que os abraceides y beseides,   que vos doy tiempo y lugar[3].

 

            El escaso desarrollo, hasta hoy, en el ámbito de la literatura hispánica e internacional en particular en lo relativo a la oral de un método comparatista que atienda y coteje géneros diversos, había mantenido como asignatura todavía pendiente la puesta en relación de este complejo de viejos e impresionantes poemas épico-baládicos documentados en Europa central y occidental con otro complejo de narraciones pertenecientes a otro género el del cuento oral en prosa cuyo contraste sistemático con el romancero y con la épica está sin duda destinado cuando se haga a arrojar inesperada luz y a ofrecer resultados que a buen seguro se revelarán muy importantes. El ejercicio de comparatismo que propondremos a continuación no pretende ser más que una simple promesa, un modesto adelanto, de los renovados perfiles y de los insólitos parentescos que se podrán vislumbrar y definir cuando nuestro horizonte crítico admita y enfrente tradiciones y repertorios literarios que hasta ahora han sido mantenidos prácticamente e inconvenientemente aislados en sus respectivos encasillamientos de género.

 

            La tétrica historia de la mujer que, en connivencia con algún perverso amante, se finge enferma y envía a su marido desarmado a realizar alguna empresa tras la que acecha algún mortal peligro amenaza que el marido sabrá vencer, tras lo cual matará a la pareja de traidores cuenta, en efecto, con interesantísimos y hasta ahora inadvertidos paralelos en el ámbito del cuento tradicional, tan cercano en tantos aspectos muchos más de los que han sido percibidos hasta el momento al de la épica y el romancero. De hecho, varios de los tipos cuentísticos definidos en el gran catálogo de cuentos universales que comenzó a construir Antti Aarne, que desarrolló Stith Thompson y que últimamente (en 2004) ha perfeccionado Hans-Jörg Uther, desarrollan argumentos similares, coincidentes en lo esencial y divergentes en lo accesorio, como es propio de toda literatura de transmisión básicamente oral, y como, sin ir más lejos, se puede apreciar también si se cotejan y cruzan los mundos, a un tiempo singulares y paralelos, diversos y emparentados entre sí, del romance de Celinos y de las ramas plurales de la constelación del Beuve de Hantone.

            Entre los cuentos tradicionales que despliegan historias parecidas a las que nos están ocupando se cuentan los que están protagonizados no ya por una esposa adúltera, sino a veces también por una madre o por una hermana que mantienen amores culpables con algún amante perverso, y que organizan una batería de engaĖos mortales, cortados todos por un patrón similar al que ya conocemos se fingen enfermas, envían al varón a enfrentarse contra algún animal del bosque, pretenden desarmarle contra el marido, contra el hijo o contra el hermano. El final es, en todos los casos, infaliblemente similar: el héroe logra salir sano y salvo de las emboscadas que se le tienden y condena a morir juntos casi siempre por descuartizamiento a la pareja de conspiradores.

            Atendamos en primer lugar al cuento-tipo 315 (The Faithless Sister: La hermana traidora) del catálogo de Aarne-Thompson-Uther, de gran parecido aunque de difusión mucho más amplia que la del complejo épico-baládico de Beuve-Celinos que recordemos se ha documentado sólo en Europa. El catálogo referido advierte, en efecto, que se han recogido variantes del cuento-tipo 315 en un sinnúmero de tradiciones orales, entre las que se cuentan y no reproducimos todo el amplísimo elenco las de Finlandia, los Países Bálticos, Escandinavia, Irlanda, Francia, EspaĖa, Hispanoamérica, Portugal, Alemania, Hungría, Chequia, los Balcanes, Polonia, Rusia, Ucrania, Mongolia, Osetia, Georgia, Argelia, Sudán, Namibia, Palestina, Jordania, Irak, Irán, Arabia Saudí, Omán, Kuwait, Qatar, Yemen, India, China o Corea. Antes de ofrecer la síntesis argumental del cuento tal como fue formulada por Uther, conviene advertir que la hermana no es la protagonista exclusiva de todas las versiones de este cuento-tipo pese al etiquetado genérico de La hermana traidora, y que, en ocasiones, toda su turbia trama gira en torno igual que en los poemas narrativos del ciclo de Beuve-Celinos de la esposa adúltera. Alguna de las versiones que reproduciremos más adelante nos permitirán comprobarlo:

 

                        Tipo 315. La hermana traidora. Un hermano y una hermana dejan su hogar (o son expulsados de él). El hermano mata a un cierto número de seres malignos (demonios, gigantes, dragones), pero no advierte que el último de ellos se ha quedado sólo herido. La hermana contribuye a la recuperación del herido, del que se convierte en amante. Para librarse del hermano, ella simula que está enferma, y pide al hermano que vaya en busca de la leche (o del hígado) de algún animal peligroso. El hermano se alía con ciertos animales y ellos le siguen (o le entregan un silbato).

                        Tras el primer intento fallido, la hermana ata al hermano con hilo de seda, o le envía un molino mágico en el que están encerrados los animales.

                        Cuando la pareja de amantes está ya a punto de matar al hermano, él silba a los animales. Éstos se escapan del molino y descuartizan al amante malvado. La hermana traidora queda en prisión (o ha de arrepentirse y llenar un barril con sus lágrimas).

 

            En ocasiones, según apunta Uther, al cuento-tipo 315 se le adhiere un desenlace postizo, por contaminación con el cuento-tipo 300 (The Dragon-Slayer: El matador del dragón):

 

                        El héroe se marcha por un camino, rescata a una princesa de las garras de un dragón y se casa con ella.

                        La hermana es conducida a la corte. Intenta vengarse del hermano poniendo un hueso (envenenado) en su cama. El hermano muere. Los animales sacan el hueso de su cuerpo y él resucita. Ella es condenada a muerte[4].

 

            También el cuento-tipo 590 del catálogo de Aarne-Thompson-Uther (The Faithless Mother: La madre traidora) muestra coincidencias muy sugerentes sobre todo en sus episodios centrales con el complejo épico-baládico de Beuve-Celinos. Antes de conocer el resumen que de él hizo Uther, hay que seĖalar que se han recogido versiones en entre otras tradiciones, las de Finlandia, Escandinavia, los Países Bálticos, Irlanda, Francia, EspaĖa, Hispanoamérica, Portugal, Flandes, Alemania, Austria, Italia, Malta, Hungría, los Balcanes, Polonia, Rusia, Ucrania, Armenia, Yakutia, Argelia, Egipto, Sudán, Siria, Palestina, Jordania, Irak, Yemen o Irán:

 

 

                        Tipo 315. La madre traidora. Un muchacho sale de viaje con su madre. En el camino encuentra un objeto (brazalete, cinturón, espada, falda, etc.) que le confiere fuerzas sobrehumanas. En una casa de ladrones (o de gigantes u otros seres sobrenaturales) el hijo los mata a todos, excepto a uno con el que su madre entabla secretas relaciones (a veces se casa con él).

                        Para librarse del hijo (puesto que el amante teme su poder), la madre finge una enfermedad y envía al joven a una búsqueda peligrosa, en la que habrá de arriesgar su vida para obtener algún remedio (una manzana o alguna otra fruta del jardín de ciertos seres mágicos, el agua de la vida, la leche de algún animal). Pero el hijo regresa sano, salvo y victorioso, acompaĖado por ciertos animales salvajes que se han convertido en sus protectores.

                        En numerosas variantes el joven rescata a una joven (princesa) en el curso de sus aventuras y la devuelve a su padre, o encuentra ayudantes femeninos (una vieja, una maga, su novia).

                        La madre pregunta al joven por el secreto de su fuerza y se la roba (le ata, le da un bebedizo narcótico, le convence de que se tome un baĖo). Entonces, ella (y el amante) dejan ciego o matan al joven. Cuando él queda ciego, es encontrado por la princesa, que le cuida y le devuelve la vista observando de qué modo es curado un animal ciego. En las variantes en que él ha sido asesinado, es resucitado por alguno de los auxiliares femeninos (usando los remedios que él buscó).

                        El joven recupera el objeto que le da la fortaleza y se venga de su madre y del amante (los mata). Se casa con la princesa (o con la ayudante femenina, o con la hija del ayudante)[5].

 

 

            Los forzosamente escuetos resúmenes de los cuentos-tipos 315 (La hermana traidora) y 590 (La madre traidora) no hacen seguramente justicia a la deslumbradora belleza ni al impresionante dramatismo que suelen revestir estos relatos, ni a las asombrosas coincidencias que pueden advertirse entre sobre todo los episodios centrales de sus argumentos y la constelación de relatos heroicos de la familia de Beuve y de Celinos. Conviene, pues, que conozcamos alguna versión, original e íntegra, de los relatos cuentísticos, con el fin de apreciar mejor ambos extremos.

            En busca de la leche de las fieras (que correspondería al cuento-tipo 315), uno de los relatos publicados por el folclorista ruso Alexandr Nikoláievich Afanásiev dentro de su magna colección de Cuentos populares rusos (1855-1863) ofrece una base de comparación óptima, entre otras razones porque se halla protagonizado no por una hermana traidora que es la protagonista habitual de la mayoría de las versiones del cuento-tipo 315 sino por una esposa traidora, lo que estrecha de modo muy llamativo las coincidencias entre el cuento tradicional (en prosa) y los poemas heroicos (en verso) con los que si nuestra hipótesis resulta cierta está presumiblemente emparentado. He aquí el cuento ruso de la colección de Afanásiev:

 

                        A lo mejor habéis oído hablar del dragón Zmei Zmeióvich. Si sabéis algo sobre él, ya conocéis cuál es su aspecto y a qué se dedica. Y, si no, os contaré un cuento sobre él. Sobre cómo, al convertirse en un joven muy apuesto, valiente entre valientes, iba a visitar a una hermosa princesa que, ciertamente, era bella, con aladas cejas negras, pero también muy altanera: a las gentes honestas no las dirigía la palabra, y las gentes humildes ni siquiera a ella podían acercarse: Ńsólo se juntaba con Zmei Zmeióvich! Y ambos, bla, bla, bla. Pero, ņsobre qué? ņQuién sabe?

                        Su marido, príncipe de príncipes, el príncipe Iván, como era costumbre entre reyes y nobles, se dedicaba a la caza. Hay que decir que la caza no se parecía en nada a la de ahora. No sólo perros, sino azores y halcones le servían en cuerpo y alma. Incluso los zorros y las liebres, y toda clase de fieras y de aves, le rendían pleitesía; cada cual le servía con lo que mejor sabía hacer: el zorro con su astucia, la liebre con su agilidad, el águila con sus alas, el cuervo con sus picotazos.

                        En una palabra, el príncipe de príncipes, el príncipe Iván con su jauría, era insuperable, y hasta el mismísimo Zmei Zmeióvich le temía y con Iván no podía, aunque hacer cualquier cosa conseguía.

                        Con cuanto ideó, con cuanto intentó para acabar con el príncipe Iván, fuera del modo que fuera, Ńnada logró! Así que la princesa se propuso ayudarle. Puso los ojos en blanco, dejó caer sus hermosas manos, cayó enferma. Su esposo se asustó. Se interrogó preocupado sobre cómo curarla.

                        —Nada puede aliviarme —dijo ella—, excepto la leche de una loba. He de lavarme con ella y echármela por encima.

                        Fue el marido a buscar la leche de loba, y se llevó a su jauría. Encontró una loba y, en cuanto ésta vio al príncipe de príncipes, se echó a sus pies y, con voz lastimera, imploró:

                        —Príncipe de príncipes, príncipe Iván, ten piedad, Ńpide lo que quieras, y yo lo haré!

                        —ŃDame tu leche!

                        Ella le dio inmediatamente su leche y, además, en agradecimiento, le regaló un lobezno. El príncipe Iván dejó al lobezno con su jauría, y llevó la leche de la loba a su esposa, que se encontraba albergando la esperanza de que acaso su marido hubiera muerto. Llegó él, y a ella no le quedó otro remedio que lavarse con la leche de la loba; se levantó del lecho, como si nunca hubiera estado enferma, y su esposo se puso muy contento.

                        Pasó un tiempo, puede que mucho o poco y, de nuevo, cayó enferma la princesa.

                        —Nada —dice— puede ayudarme; tienes que ir a buscar leche de osa.

                        El príncipe Iván cogió su jauría y fue a buscar leche de osa. La osa presintió una desgracia, se echó a sus pies, e imploró llorando:

                        —ŃTen piedad! ŃPide lo que quieras, y yo lo haré!

                        —ŃBueno, dame tu leche!

                        Inmediatamente, ella se la dio y, en agradecimiento, le regaló un osezno. El príncipe Iván regresó de nuevo sano y salvo con su esposa.

                        —Querido, haz una cosa por mí para demostrarme tu cariĖo: tráeme leche de leona, y no volveré a ponerme enferma, sino que cantaré y seré tu alegría.

                        El príncipe deseaba ver a su esposa sana y feliz. Fue a buscar una leona. No era tarea fácil, ya que ese animal era de otras tierras. Cogió su jauría: lobos y osos se dispersaron por montaĖas y valles; azores y halcones se elevaron por los cielos y se desperdigaron volando sobre arbustos y bosques; y la leona, como una humilde servidora, cayó a los pies del príncipe Iván.

                        El príncipe Iván trajo la leche de leona. Su esposa se repuso, se animó y, de nuevo, le hizo un ruego:

                        —Querido, amado mío, ahora que ya estoy sana y soy feliz, podría ser aún más hermosa, si quisieras traerme unos polvos mágicos: se hallan tras doce puertas, tras doce candados en las doce esquinas del molino del Diablo.

                        El príncipe fue, ya que tal parecía seĖalar su destino. Llegó al molino. Los candados se abrieron solos, las puertas solas se abrieron, cogió el príncipe Iván los polvos, retrocedió y las puertas se cerraron, los candados se bloquearon. Salió, pero toda su jauría se quedó allí. Se desesperaron, chillaron, se empujaron unos a otros para acercarse a la puerta. Unos con los dientes, otros con las garras, intentaron romperla. Esperó y esperó el príncipe Iván, aguardó y aguardó y, con gran dolor, regresó solo y, con el alma destrozada y frío en el corazón, llegó a casa. Allí se paseaba su esposa feliz y joven. En el palacio, Zmei Zmeióvich hace y deshace a su antojo:

                        —ŃBienvenido, príncipe Iván! He aquí mi saludo: Ńun nudo de seda en tu cuello!

                        —ŃEspera, Zmei! —dijo el príncipe—. Estoy a tu merced, pero no quiero morir con esta tristeza. Escucha, quiero cantar tres canciones.

                        Cantó una. Zmei escuchó atentamente. El cuervo, que había estado picoteando carroĖa, gracias a lo cual no había caído en la trampa, gritó:

                        —ŃCanta, canta, príncipe Iván! Tu jauría ya ha destrozado tres puertas.

                        Cantó otra. Y el cuervo gritó:

                        —ŃCanta, canta, príncipe Iván! Tu jauría ya ha roído la novena puerta.

                        —ŃYa es suficiente, termina! —silba Zmei—. Prepara el cuello para que te ponga el lazo.

                        —ŃEscucha la tercera, Zmei Zmeióvich! La canté en mi boda, y la cantaré en mi entierro.

                        Entonó la tercera canción y el cuervo gritó:

                        —ŃCanta, canta, príncipe Iván! Tu jauría ya ha roto el último candado.

                        El príncipe Iván terminó la canción, alargó el cuello y gritó por última vez:

                        —ŃAdiós, mundo de los vivos! ŃAdiós, mi jauría!

                        Y, en el momento justo en que se hablaba de ella, asoma y avanza la jauría como un regimiento. A Zmei, las bestias le dejaron hecho jirones. A la esposa en un instante las aves mataron a picotazos. Y se quedó el príncipe de príncipes, el príncipe Iván, solo con su jauría hasta el fin de sus días. Aunque mejor destino mereció, solo siempre vivió.

                        Dicen que, en los tiempos antiguos, tales hombres se hallaban; pero ahora, sólo las leyendas de ellos hablan[6].

 

            Tal y como se puede apreciar, el cuento ruso de En busca de la leche de las fieras presenta de un modo muy concentrado, y al mismo tiempo lleno de adherencias fantásticas y de excursos novelescos, un núcleo argumental que gira alrededor de los amores adulterinos de una joven princesa y del malvado «dragón» Zmei Zmeióvich. El esposo, el príncipe Iván, es un experto cazador que tiene como auxiliares mágicos a diversos animales del bosque. La pareja de conspiradores, ansiosos de eliminar al príncipe, diseĖan una estrategia muy similar a la que describen los cantares épicos y baládicos del ciclo de Beuve y de Celinos: la mujer se finge enferma y pide al príncipe que vaya al monte a buscar, sucesivamente, la leche de una loba, de una osa y de una leona, en el convencimiento de que el marido sucumbirá a las emboscadas que le esperan en el bosque. Tres búsquedas en lugar de una podría pensarse que introducen una divergencia significativa entre ambas familias la de poemas narrativos y la de cuentos de relatos, pero la fractura no resulta tan caprichosa si se tiene en cuenta el carácter retórico, ritual, formulístico, de las acciones triples en el lenguaje y en el mundo de recurrencias tópicas de los cuentos.

            El caso es que el marido sale airoso de cada una de las tres emboscadas, y que la esposa termina proponiéndole la prueba más inquietante: traer unos polvos mágicos del molino del diablo. De la terrible trampa logra escapar el príncipe, pero no su jauría animal, con lo que el héroe se ve despojado de las más eficaces de sus armas. Recuérdese, porque es un detalle crucial, que también en alguno de los poemas épico-baládicos del ciclo de Beuve-Celinos la esposa malvada pretendía que su marido no portase armas en su aventura por el bosque, con el fin de agravar su indefensión. Cuando, en el cuento ruso, el príncipe regresa, solo y frágil, a palacio, el malvado Zmei Zmeióvich se apresta a asesinarle, pero el héroe demora la ejecución mediante diversas astucias, hasta que su jauría logra por fin escapar del diabólico molino y venir en su ayuda. Y así es como encuentran su terrible final la pareja de adúlteros: «al dragón Zmei, las bestias le dejaron hecho jirones. A la esposa, en un instante las aves la mataron a picotazos. Y se quedó el príncipe de príncipes, el príncipe Iván, solo con su jauría hasta el fin de sus días». Un desenlace impresionantemente similar al de las epopeyas y baladas del ciclo de Beuve y de Celinos, en que la pareja de traidores compartían el más trágico de los finales (eran degollados o decapitados) y enterrados juntos, mientras el esposo se quedaba solo pero vivo.

            Es imprescindible apuntar aquí que la trama del cuento ruso de En busca de la leche de las fieras sigue un desarrollo muy inusual, ya que su impresionante final trágico contradice la regla, que Vladimir Propp creía aplicable a todo cuento maravilloso, de que el final ha de ser feliz y terminar en matrimonio. En él sucede justamente al revés, porque se cierra con la ruptura más traumática y fatal posible del matrimonio y de la vida de varios de los protagonistas. Lo cual puede que difiera de lo que es usual en los cuentos maravillosos, pero se acerca de manera sumamente llamativa, en cambio, a lo que acontece en las epopeyas y romances del ciclo de Beuve-Celinos.

            Es legítimo pensar, a la vista de esta bellísima, compacta, excepcional versión rusa publicada por Afanásiev, que los finales postizos y felices con matrimonio principesco incluido que suelen adherirse de manera muchas veces apreciablemente forzada a numerosas versiones del cuento-tipo 315, tomados en préstamo, por lo general, del cuento-tipo 300 (El matador del dragón), no tienen más finalidad que la de evitar el muy desacostumbrado en el mundo de los cuentos maravillosos y abruptamente trágico final de las versiones que parecen ser más unitarias, coherentes, esenciales: las que terminan con la ejecución de los amantes traidores.

            Aunque la trama, en concreto, del breve romance hispánico de Celinos, se presenta mucho más concentrada que la del más extenso cuento ruso, y aunque se halla despojada de los elementos maravillosos en particular de los prodigiosos animales auxiliares, que son mucho más propios del imaginativo discurso cuentístico que del más austero y realista elenco de recursos estilísticos de los romances, las coincidencias entre ambos tipos de argumentos no dejan de asombrar: en las dos familias de textos encontramos a la adúltera que finge una enfermedad y que expresa el antojo de enviar a su esposo al monte para que cace un animal peligroso, al tiempo que el amante prepara su muerte a traición; en ambas se intenta despojar al marido de sus armas para que no pueda defenderse, y en las dos se cuida muchísimo el héroe de prescindir de tales auxiliares, que se revelarán imprescindibles para su victoria; y siempre es el esposo el que vence al traidor y el que castiga con la muerte por decapitación, degollamiento, descuartizamiento a la pareja de traidores que había tramado su ruina.

            La única forma de explicar tantas y tan llamativas coincidencias es que nos encontremos ante la cara y la cruz maravillosa en el primer caso, realista en el segundo, como corresponde a la poética de la literatura cuentística y de la literatura épico-baládica, respectivamente de una materia narrativa común que algún día, en la borrosa y lejana prehistoria oral de nuestra tradición literaria, debió desgajarse en ramas de género y en familias tipológicas cuya diversidad no ha alcanzado a desdibujar su raíz común ni a negar las huellas de sus lazos y vínculos.

            Es preciso seĖalar, en cualquier caso, que no todas las versiones del cuento-tipo 315 (La hermana traidora) exhiben coincidencias tan estrechas ni tan inconfundibles como las que muestra el cuento ruso publicado por Afanásiev en relación con la trama esencial de los poemas heroicos del ciclo de Beuve-Celinos. Como ya advertía el catálogo de Uther, los desarrollos novelescos, las adherencias de motivos flotantes y periféricos, incluso la contaminación con desenlaces postizos más o menos forzados que intentan aĖadir un colofón feliz a la desusadamente tétrica historia de adulterios y de venganzas que parece constituir el núcleo del relato, son absolutamente habituales en la mayoría de las versiones del cuento.

            Podemos comprobarlo a la luz de otra versión en este caso albanesa del cuento-tipo 315 que puede considerarse ejemplar de la rama de relatos más desarrollada, más adornada de un follaje de motivos espúreos que van ganando peso y relevancia a medida que el cuento avanza hacia su final. El relato albanés está protagonizado por un joven que vence durante una cacería a un hermoso divi (cíclope), al que conduce y aprisiona en su casa. Aunque prohíbe a su hermana esta versión no tiene por protagonista a una esposa adúltera que se acerque al cautivo, ella desobedece y acaba convirtiéndose en la amante del cíclope. De este modo traman ambos la perdición del esposo:

 

                        —ņPero cómo vamos a ingeniárnoslas —le preguntó ella— para librarnos de mi hermano?

                        —Es sencillo —le respondió él—. Simula estar enferma y pídele que te traiga la leche de la madre de Musha, que es un hombre muy vigoroso y seguro que conseguirá vencerlo.

                        Tal como le había dicho el divi actuó ella. Cuando su hermano volvió de cazar, la encontró tendida en el suelo, ante lo cual se echó a llorar y a invocar su nombre, creyendo que está agonizando.

                        —Estoy muy enferma, me temo que no tenga salvación —le dijo ella con voz apagada.

                        —ŃMaldita sea! ŃCómo me va a dejar ahora el SeĖor sin mi hermana! —gemía el muchacho entre sollozos—. ņNo conoces alguna pócima que pueda curarte? Por ti, estoy dispuesto a ir hasta el fin del mundo en su busca.

                        —Si no consigue curarme la leche de la madre de Musha —le respondió ella—, no sé qué otra cosa podrá hacerlo.

                        —Yo te traeré la leche de la madre de Musha, no te preocupes más.

                        Cargó sus armas, montó a caballo y se dirigió directamente a la kulla de Musha, que era un hombre de enorme fortaleza y no tenía rival en aquellos contornos. Cuando vio al muchacho acercarse a su morada le dijo a grandes voces:

                        —ŃOoo! ņQuién eres tú que osas penetrar en mis dominios?

                        —He venido —le respondió el muchacho— en busca de la leche de la madre de Musha para usarla como remedio.

                        —ŃPero cómo tienes siquiera la osadía de intentarlo —replicó el otro entonces—, si no lo han conseguido los hombres más fuertes! ŃAhora verás quién es Musha!

                        Se abalanzó sobre el muchacho, se aferraron salvajemente el uno al otro y ora caía éste ora aquél, hasta que el muchacho logró derribar por fin a su oponente y sacó la espada para cortarle la cabeza.

                        —No me mates —le rogó Musha—, te entregaré la leche y seremos amigos para siempre.

                        Accedió el muchacho y le perdonó la vida. Seguidamente Musha le entregó la leche junto con una manzana y le dijo:

                        —Toma esta manzana. Cuando te encuentres en un gran aprieto, basta con que la huelas y yo acudiré en tu ayuda al instante.

                        Tomó el joven la leche y la manzana y regresó a su kulla. Se sorprendió su hermana al verlo, tras lo cual corrió de nuevo a ver al divi y le dijo:

                        —ņQué vamos a hacer con este hombre? Ha conseguido traerme la leche de la madre de Musha.

                        —No te preocupes —le respondió el divi—. Finge estar enferma una vez más y pídele que te traiga la leche de la madre de Bokshi, pues éste es aún más fuerte y no podrá con él.

                        La muchacha fingió nuevamente que enfermaba y que no encontraba curación. El hermano se desvivía por ella y pasaba el día entero buscando y llevándole toda clase de hierbas, pero ninguna le hacía el menor efecto.

 

 

            A continuación pide la hermana la leche de la madre de Bokshi, y el héroe se hace con ella del mismo modo que antes. A cambio de que le perdone la vida, Bokshi entrega al joven «este paĖuelo. Cuando estés en un gran aprieto, tócate con él la frente y yo no tardaré ni un instante en acudir en tu ayuda».

            La hermana vuelve entonces a fingirse enferma, pide la leche de la madre de Tokshi, el héroe vence al monstruo, obtiene la leche de su madre y, a cambio de perdonar la vida de su enemigo, obtiene otra arma prodigiosa: «cuando te encuentres en un gran apuro, sopla esta flauta, pues en cuanto lo hagas yo acudiré al intante en tu ayuda». Mientras,

 

            ella se moría de impaciencia por hacer suyo al divi, de modo que acudió nuevamente a verlo y le preguntó:

                        —ņQué vamos a hacer para deshacernos de mi hermano? También ha conseguido traerme la leche de Tokshi.

                        —Pídele —le dijo el divi— que parta una viga de la kulla, pues así le dará el mal y de este modo podremos matarlo.

                        Acudió ella a ver a su hermano y le preguntó:

                        —ņQuién construyó la casa con vigas de hierro?

                        —Fui yo mismo quien las puso —le respondió él.

                        —ņY serías capaz de romper una viga de ésas?

                        —Podría partirla —le dijo él—, pero después estaría durante tres días con el mal y no podría sostenerme en pie.

                        —Me perderás sin remedio —le amenazó ella—, si no partes una viga por mí.

                        —Pero hermana ─le replicó el muchacho—, ņcómo quieres forzarme a que rompa la viga si sabes que luego se apoderará de mí el mal? Pero sea, aunque tenga que partir la viga, yo no podría continuar viviendo si no te tengo a ti.

 

            El muchacho rompe la viga y queda en un estado de debilidad absoluta. La hermana traidora libera entonces al cíclope e impreca al hermano: «Lo tienes bien merecido le respondió ella, pues me has obligado a permanecer siempre a tu lado y te has negado a buscarme un hombre».

            El joven expresa entonces su última voluntad:

 

                        —Antes de morir, acercadme esa manzana para que la huela, limpiadme la frente con ese paĖuelo y dejadme que sople un instante esa flauta.

                        —Está bien —acabó por aceptar el divi—, te concederemos esa última gracia.

                        Le acercó la manzana y la olió; le enjugaron la frente con el paĖuelo y le dejaron soplar un poco la flauta.

                        No había transcurrido un segundo y aparecieron los tres hombres a los que él había derrotado; nada más verlos, a la hermana y al divi se les fue el color.

                        —Desatadme, amigos míos —gritó el muchacho.

                        Lo desataron, se saludaron, les contó él la traición de su hermana y volviéndose hacia ella y el divi les dijo:

                        —ņQué preferís: que os queme envueltos en resina o que os descoyunte con nueve caballos sementales?

                        —Es mejor que nos mates con los caballos sementales.

                        Los ató seguidamente a los nueve caballos, azuzó a éstos en nueve direcciones diferentes y los hizo pedazos. Luego se despidió de sus amigos, les dejó en herencia la casa y el ganado y partió rumbo a tierras lejanas[7].

 

            El relato albanés desglosa, si atendemos a su esqueleto básico, un argumento que no puede menos que resultarnos ya familiar: una mujer traidora y un varón perverso que tienen amores perversos traman la perdición del héroe, pariente cercano de ella, preparándole diversas emboscadas, fingiendo una enfermedad terrible, pidiéndole que para obtener la curación de la mujer acuda a algún lugar terrorífico en busca de algún remedio cuya adquisición entraĖa peligros mortales, al tiempo que se le procura apartar de las armas que le hacen invencible. Al final, el héroe sobrevive a todas las trampas y emboscadas, y los amantes traidores son condenados a la muerte por descuartizamiento, igual que sucedía en el resto de los relatos que hemos ido conociendo hasta aquí. Como suele ser habitual en la familia de relatos del cuento-tipo 315, a partir de ese momento el relato albanés funde sin demasiada lógica ni coherencia la trama anterior con la del cuento-tipo 300, El matador del dragón, que presenta a nuestro héroe huyendo de la soledad, rescatando princesas y enfrentándose a nuevos monstruos, y esposándose al final felizmente, como se supone que debe suceder en el mundo de los cuentos maravillosos.

            SeĖalé al comienzo de este artículo que también el cuento-tipo 590 del catálogo de Aarne-Thompson-Uther (The Faithless Mother: La madre traidora) presenta coincidencias más que sugerentes en particular en sus episodios centrales con el complejo épico-baládico de Beuve-Celinos y con los cuentos del tipo 315 (La hermana traidora) que acabamos de analizar. Aunque también suele acoger motivos diferentes y desarrollos discrepantes especialmente en su préambulo y en su final que dificultan el reconocimiento de su presumible parentesco.

            Una hermosísima versión tradicional extremeĖa que vamos a reproducir de manera íntegra nos permitirá apreciar ambos extremos. Su inicio no coincide, como es fácil apreciar, con el argumento típico del ciclo épico-baladístico:

 

                        Esto eran unos seĖores que tenían sólo un hijo, y el padre era cazador. No se dedicaba a otra cosa más que a la caza. Y ya cuando el hombre era bastante viejo —que no podía andar—, cogió al hijo un día —que ya era mayor— y le dijo:

                        —Mira, vente conmigo, que hoy vas a ir donde yo iba siempre de caza, y de aquí en adelante no vas a pasar.

                        Le llevó donde terminaba el terreno de cacerío y dice:

                        —Mira, de aquí en adelante no vas a pasar nunca porque hay muchos leones y fieras, y si pasas de aquí pa alante te comen y te matan; así que de aquí pa alante no pases.

                        Y ya cuando murió su padre, pues un día iba de caza —él siempre iba de caza aonde le decía su padre y se volvía p'atrás. Pero un día dice:

                        —ŃBah! Yo voy a pasar delante, a ver lo que hay por allí.

                        Y pasó un poco más adelante y se encontró con una cueva donde divisó que había dos leones pequeĖos. Y se los cogió y se los llevó a casa, y le dijo a su madre:

                        —Estos dos leones que traigo me los va usté a cuidar como si serían hijos de la casa, que me tienen que ser muy útiles para mí.

                        Bueno, pues la madre les echó de comer y se le hizon muy grandes —Ńcomo leones y nada más! —. Cuando ya un día se vio preparao con los dos leones y el caballo, dice:

                        —ŃAhora ya no hay quien me acometa a mí en nada!

                        Se cogió y se fue a divisar campos y tierras y todo. Con que ya que iba a la sierra alante —en una montaĖa—, se vio a un palacio donde habitaba un gigante. Y al llegar donde el gigante cogió —y le daban ideas de matarlo—, pero dice:

                        —No; matar a un hombre dormido es pecao mortal.

                        Cogió y le dio así con la escopeta —con los caĖos de la escopeta—, y se levantó el gigante a matarlo al mozo, pero le echó los dos leones y lo dejaron destrozao. Entonces cogió y le dice:

                        —ŃTrae pa acá las llaves del palacio!

                        Le cogió las llaves y vio too el palacio como era. Y estaba rodeado de todos los manjares que podía haber en el mundo para comer y beber, y de todas las comodidades. Entonces el gigante se arrecogió en una habitación y él cogió las llaves y le candó la habitación y lo dejó allí y se marchó pa su casa. Y le dijo a su madre:

                        —Mamá, he visto un palacio con un gigante que le he echao los leones y lo he quedao destrozao. ŃEso sí que hay ahí comodidades, manjares y de todo lo que puede haber!

                        Dice su madre:

                        —ŃAh, pues vámonos pa allá!

                        —ŃPues maĖana nos vamos!

                        Coge a su madre, con el caballo y los leones, y se marcharon al palacio del gigante. Entonces él se iba todos los días de caza, y el gigante —como había quedao tan mal— se quejaba, y su madre fue a ver lo que había allí y le dice:

                        —ņQué es lo que le pasa a usté, que se está quejando?

                        —Pues nada, que el otro día vino su hijo por aquí y me echó los leones que trae y me ha quedao destrozao, pero si usté me curase con una medicina que tengo yo ahí, pues sanaría pronto.

                        —ŃPues eso está hecho!

                        —Coja usté una botellina que verá usté ahí llena de medicinas y me va a dar por las heridas que me hizo y en seguida voy a sanar.

                        Conque lo estuvo curando y sanó en seguida.

 

            A partir de este punto, las coincidencias argumentales entre el cuento de La madre traidora y la fábula épico-baládica de Beuve-Celinos empiezan a hacerse bien visibles:

 

                        Entonces ya se hizon novios y pretendieron de casarse —y se casaron— y vivían allí Ńpues encantaos de la vida! Pero una vez el gigante quiso tomar venganza y le dice un día a la mujer:

                        —ņSabes lo que vamos a hacer? Que tu hijo nos estorba a nosotros. Tenemos que mandarlo a un sitio donde vaya y no vuelva.

                        —ņY cómo vamos a hacer para hacer eso si es el hijo mío, y además con los dos bichos que tiene no hay quien le meta mano?

                        —No te apures, que ya lo mandaremos donde vaya y no vuelva.

                        Bueno, pues total, que la convenció. (Ya ves lo que pasa con las mujeres, y encima dicen que quieren mucho a los maridos y a los hijos. ŃMira que son malas!). Cogió y le dice:

                        —Mira, le vamos a ir a un palacio que abre las puertas a las doce de la noche y sólo está cinco minutos abierto. Cuanto tarde más allí se queda encantao pa toa su vida, y él se queda allí y nosotros viviremos felices. Tú te vas a hacer la mala. Cuando venga, tú te estás quejando y yo lo mando allí y él ya no vuelve.

                        Conque cuando llega por la noche de la caza, se estaba su madre en la cama y le dice:

                        —ņQué le pasa, madre?

                        —ŃPues qué me va a pasar! Que me he puesto enferma y si fueras donde te va a mandar el gigante, pues en seguida que sanaba.

                        —ŃHombre, yo por usté hago lo que sea necesario, y donde quiera que haya ir, voy!

                        —Pues mira —le dice el gigante— vas a ir a tal sitio, que hay allí un convento. Cuando vayas allí coges y pinchas con la lanza y las puertas se abren. Allí verás un pilar que sale con tres chorros de agua como una fuente. Llévate esta botella, la llenas, y luego te sales y la traes aquí. Cuando le demos con esta agua sanará tu madre.

                        Pues así lo hizo. Se coge y se va directamente pa allá y se vio un palacio donde habitaba un seĖor que estaba ciego —era sabio—. Tenía tres hijas que estaban siempre en el balcón, y le dicen a su padre:

                        —Papá, ahí viene un seĖor con un caballo y dos perros como si serían dos leones.

                        —Pues ahora cuando se acerque al palacio le decís que ate el caballo a la puerta y que suba aquí.

                        Coge el caballo y lo ata a la puerta y dejó los leones junto al caballo y se subió arriba.

                        —ņDónde vas, mozo?

                        —Pues voy a tal sitio que me ha mandao el gigante, que está mi madre enferma y me ha dicho que si voy al palacio junto a lo último de la sierra, que hay un pilar de agua de medicina que sana con aquella agua.

                        —Sí, el agua es muy buena —le dice el sabio— pero tienes que hacer lo que yo te mande, porque si no allí te quedas encantao. El palacio se abre a las doce, pero sólo está cinco minutos abierto. En cuanto se cierren las puertas te quedas tú encantao con el caballo y los leones y no vuelves a salir más de allí. Haciendo lo que yo te diga, sales.

                        —ņY que tengo que hacer?

                        —Pues mira, cuando llegues allí y a las doce en punto se abra, tienes que llegar antes y tener atao al caballo y a los leones fuera del convento. En vez de llevar la botella que te ha dao —porque igual te tiras diez minutos o quince pa llenarse—, lleva esta jarra y entras corriendo, la llenas y te sales, y afuera a llenar la botella. Cuando vengas, pues te vienes para acá que tenemos que charlar un poco y eso.

                        Bueno, pues eso hizo. Se fue pa allá y al abrirse las puertas llenó la jarra y afuera llenó la botella.

                        Le dijo el seĖor a las hijas:

                        —Cuando venga el caballero pa acá, el agua que trae se la cambiáis por otra; le dais la que tenemos nosotros a él y la que trae él la quedáis aquí.

                        Bueno, pues después que comieron y estuvieron allí charlando, le cambiaron el agua las mozas y ya dice:

                        —Bueno, me voy que ya tengo que ir adonde mi madre.

                        —Sí, márchate, que ya volverás por aquí otro día.

                        —Sí, ya volveré con frecuencia.

                        Se marchó y le dieron el agua a la madre y como no estaba enferma, enseguida sanó.

                        —ŃAy que ver! —decía el gigante-, mira que tiene poderío este hombre que donde quiera que va, viene. Ahora sí que le vamos a mandar a donde vaya y no vuelva. MaĖana te vas a hacer otra vez la mala —le dice a la madre— y cuando venga lo vamos a mandar adonde vaya y no vuelva. Ahí sí que no tiene salvación.

                        Conque un día vuelve a hacerse la mala y le dice:

                        —ņQué es lo que le pasa a mi madre otra vez?

                        —Pues que ha vuelto a caer enferma —dice el gigante— y si tú fueras adonde yo te dijera, pues sanaba.

                        —ŃYo voy donde haga falta! Por mi madre corro a donde haga falta.

                        —Pues vas a ir a tal sitio, a otra montaĖa adonde habita una fiera. Allí vas a ir y lleva esta lanza que te voy a dar y la fiera, cuando tú llegues a la cueva, se va a venir a ti y cuando abra la boca le picas en el lao derecho, la matas y la abres, la sacas el sebo y la traes pa acá la manteca, y con ella le damos y sana tu madre.

                        —Bueno, pues eso está hecho.

                        Conque él se cogió el camino e iba por donde siempre, por donde estaba el sabio. Y las chicas, como siempre, estaban en el balcón, le dicen:

                        —ŃPapá, ya viene el caballero del agua del otro día!

                        —Pues decirle que suba pa acá otra vez, que tengo que charlar con él.

                        Conque va pa allá y dicen:

                        —Oiga usté, seĖor, que ha dicho mi padre que suba.

                        —Ahora mismo.

                        Subió pa arriba y dice el sabio:

                        —ņDónde vas, caballero?

                        —Voy a tal sitio, que está mi madre otra vez enferma y me ha mandao el gigante que tengo que traerle la manteca de la fiera que está en la cueva de tal.

                        —Bueno, eso está bien. Y, ņqué herramienta llevas pa matarla?

                        —Pues una lanza que me ha dao el gigante.

                        —ŃA verla! — (o sea, no es que la viera, la tocó el ciego), y dice:

                        —Eso no vale para nada. Esto cuando le piques se dobla y te traga a ti y no vuelves más pa acá. Toma ésta que es de acero puro, y cuando llegues donde la fiera, ella va a abrir la boca y tú le picas en el lao izquierdo, le picas el corazón y ya está muerta. Le abres, le sacas el sebo y te vienes otra vez para acá.

                        Bueno, pues así lo hizo. Se fue a la cueva y salió la fiera con la boca abierta; cogió la lanza, se la mete al lao izquierdo, la mató y le sacó la manteca.

                        Y el sabio le dijo igual a las mozas:

                        —Vosotras, cuando venga, yo lo entretengo a hablar conmigo y le cambiáis la manteca que él trae por la que tenemos nosotros, que ésta tiene que servir pa salvarlo a él.

                        Así hizo, fue para allá y estuvo charlando y luego dice:

                        —Ya me voy, que tengo que ir a curar a mi madre.

                        —Pues márchate. Pero mira, antes te voy a decir la última solución que vas a tener: tu madre no está enferma, que la hace poner enferma el gigante y a ti te va a matar.

 

            Desde este momento, el cuento-tipo 590 deriva hacia motivos, episodios y derroteros que se apartan por completo de la trama habitual del complejo épico-baládico de Beuve-Celinos:

 

                        —Y, ņcómo me va a matar a mí, si yo con los leones no hay quien me meta mano?

                        —Pues con los leones y sin ellos te van a matar, por engaĖo. Pero cuando te maten les dices que todos los cachos que hagan de tu cuerpo lo echen en un saco y que te echen por las montaĖas y que te coman las fieras. Ahora vas a dejar el caballo que tú traes aquí y te llevas el mío, que éste como ya sabe el camino viene aquí y el tuyo se queda aquí y te llevas el mío.

                        Pues así lo hizo, cogió el caballo del sabio y se fue a casa y le dio la manteca, pero como no estaba enferma la madre, pues enseguida que sanó (bueno, eso es un cuento, pero podía ser en el caso que hubiera sido verdad, pero no lo es).

                        Entonces un día le dice el gigante a la madre:

                        —A éste no lo matamos ya de ninguna forma, de no hacer una operación que vamos a hacer. Te haces otra vez la mala y yo te digo que te da asco de ver comer los leones y que hay que encerrarlos mientras comemos. Y él se lo va a creer y cuando ya los haya encerrao yo me encargo de matarlo. Es la única solución de matarlo. Si no, no hay forma de matar a este tío.

                        Pues así lo hizo. Viene el hijo un día de la cacería y se estaba quejando otra vez su madre, y dice:

                        —ņQué le pasa a mi madre?

                        —Pues que otra vez está enferma.

                        —ņY por qué está enferma tanto?

                        —Porque es que dice que le da asco de ver comer a los leones y ha caído enferma por eso.

                        —Pues eso tiene buena solución: los encerramos mientras comemos.

                        Conque encierran los leones en una habitación que le dijo el gigante y cuando los encerró se le tiró encima y lo mató. Entonces, cuando estaba con las ansias de la muerte, dice:

                        —Lo primero que vos ruego es que, cuando me hayáis matao y me hayáis hecho pedazos, me metáis en un saco, me lo prendéis al caballo y que me coman por ahí las fieras y los bichos. No quiero que me enterréis.

                        —Pues mejor para nosotros —dice el gigante—.

                        Y así lo hizo. Lo ataron encima del caballo con el saco atado y lo echaron por la montaĖa. El caballo, como era del sabio, se fue al palacio. Cuando ya le vieron venir las seĖoritas por allá, le dicen:

                        —Papá, el caballo que llevó el caballero viene con un saco encima por tal sitio.

                        —Pues abrirle las puertas, que entre pa adentro, y el saco me lo subís aquí arriba a onde estoy yo con lo que traiga.

                        Cuando el caballo llegó, ya tenía las puertas abiertas. Entró dentro, cogieron el saco y lo subieron arriba. Entonces dice el sabio:

                        Saliros las tres un momento afuera y luego volvéis a entrar.

                        Cogió el sabio, desató el saco y llenó una artesa que tenía allí, como un baĖo, y echó los pedazos que llevaba hechos del mozo y llamó a la mayor:

                        —ŃEntra tú pa dentro!

                        —ņQué es lo que desea, papá?

                        —Nada más que ņte quieres casar con esta carne?

                        —ŃUsté está loco, yo con esa carne! ņQuién se va a casar con una poca de carne?

                        —ŃBueno, bueno, si no quieres, salte de ahí!

                        Conque llamó a la mediana:

                        —Y tú, ņte quieres casar con esta carne?

                        —ŃUsté está loco! ņCómo me voy a casar yo con esa carne?

                        —Bueno, bueno, si no quieres, salte de aquí —le dijo el padre—.

                        Conque llamó a la más pequeĖa y dice:

                        —ņY tú? ņTe quieres casar con esta carne?

                        —Sí. ņY qué tengo que hacer para eso?

                        —Pues te lo voy a decir lo que tienes que hacer: coges y la extiendes en la baĖera. Si esta pieza le corresponde al brazo, se la pones al brazo; si otra le corresponde al muslo, se la pones al muslo; si la otra le corresponde a la espalda, se la pones a la espalda y «si bien lo dejas, bien lo encontrarás».

                        Conque la chica lo fue uniéndolo pieza por pieza, según le había hecho pedazos, y cuando ya lo tenía formao le dice:

                        —ŃPapá, ya lo tengo formao!

                        —Pues ahora le vas a dar con el agua que trajo por todas las heridas, bien dao con el agua, y le vas a dar con la manteca, bien frotao todas las heridas y lo dejas. Cuando ya lo tengas preparao con el agua y la manteca, lo dejas.

                        Conque ya lo dio con las dos cosas y dice:

                        —ŃYa acabé, papá!

                        —Pues ya lo puedes dejar. A las veinticuatro horas vienes aquí.

                        Y volvió la chica y dice:

                        —ņQué tengo que hacer ahora?

                        —Pues lo mismo que ayer, le vuelves a dar con el agua y la manteca, que a los tres días envivece.

                        Así fue. A los tres días fue la chica y le dice:

                        —Papá, ņsabe usté que ya se mueve la carne?

                        —Pues eso es porque está enviveciendo.

                        A los tres días se puso de pie de un salto el mozo y dice:

                        —ņDónde he estao yo?

                        —Pues has estao —le dice el sabio— hecho cachos, y ahora ya estás hecho un hombre otra vez.

                        —Pero, ņqué es lo que han hecho de mí?

                        —De ti han hecho que estabas matao y te han hechos cachos y vinistes aquí en un saco y ahora ya estás compuesto y hecho un hombre como antes.

                        —Y ahora, ņqué quieres que hagamos? —dice el ciego—.

                        —Pues yo lo que quiero es tomar venganza. Quiero hacer lo que hizon conmigo: matar al gigante y matar a mi madre.

                        —ŃHombre!, que tu madre no tiene la culpa de que te matara el gigante!

                        —Tan cómplice fue ella como él. Así que a los dos quiero matarlos.

                        —Pues mira, de la forma que los vas a matar te voy a decir lo que tienes que hacer: lo primero, no dejarte ver, porque si te dejas ver entonces sí que te matan y ya no vuelves más. Te tienes que ir por la parte de atrás del castillo y allí tienen a los leones metidos en una habitación. Vas a llevar tres panes calaos en vino y se los echas por la ventana a que lo coman, porque si les abres la habitación, con el hambre que tienen, te devoran a ti mismo ellos. Después que se hayan comido los tres panes en vino, les abres las puertas y ya vas adonde ellos, que ellos estarán comiendo un guisao de carne y en la última tajada estarán porfiaos: Ńque la coma el uno, que la coma el otro! Cuando ya estés con los leones allí, toma cinco alfileres —le dio cinco alfileres— y le clavas el primero en el dedo gordo y le dices que te saque los ojos del sabio fulano de tal, que le sacaron en tal día y en tal aĖo; y te van a sacar unos de perro. Entonces le clavas otro alfiler en el otro dedo y te va a sacar unos castaĖos, azules, en fin... de perros, gatos... —los míos son negros—, y a la última dejas el dedo corazón sin pinchar. La última se la clavas allí, y cuando le hayas clavao la última, te echas fuera porque prende a arder el castillo y se quema todo —todo queda hecho en cenizas—. Al caballo no lo puedes coger porque se va a hacer cenizas con el castillo, así que tú te echas fuera con los leones y ya te vienes pa acá.

                        Así lo hizo. Cogió y le echó los panes calaos en vino a los leones. Y después que los alimentó les abrió las puertas y se fue ande el gigante y la madre.

                        —ŃHola, ya está aquí el que matásteis! (se quedaron los dos blancos como esa pared) y ahora, ņqué queréis que haga con vosotros?

                        —Pues lo que te convenga —le dice el gigante—, porque ya no podemos hacer más contigo.

                        —Pues yo quiero hacer lo que habéis hecho vosotros conmigo, pero para que veais que soy más bueno que vosotros, más que os pido que me deis los ojos del sabio fulano de tal, de tal sitio.

                        —ŃAh!, ése es el que te ha salvao a ti —dice el gigante—. ŃSi lo sé, no hubiera comido más pan!

                        Coge y le pinchó el alfiler y le saca los ojos de un perro, y dice:

                        ─No, éstos no son los ojos del sabio. ŃA buscarlos!

                        Le clava la otra, cuando le trae los de un gato.

                        —ŃNo, éstos no son, que los suyos son negros!

                        Y la última se la clavó en el dedo corazón —cuando ya tenía los ojos del sabio— y se echó fuera, y arrancó a arder el convento, y se quemó todo, y él se fue con los leones y el caballo detrás de él a allá, y se casó con la hija más pequeĖa que tenía el sabio.

                        Y vivieron felices y a nosotros nos dieron con los huesos en las narices[8].

 

            Decir que cualquier discurso literario de transmisión esencialmente oral y tradicional está formado por una suma de motivos, algunos esenciales y otros accesorios, unos fijos y otros flotantes, cuya combinatoria inestable impide que ninguna versión sea exactamente idéntica a ninguna otra porque sólo su núcleo comparte motivos comunes no es descubrir nada nuevo, sobre todo a quien esté mínimamente versado en los modos de producción y de difusión de esa modalidad de literatura y en el uso de los inevitables conceptos y etiquetas de tipo, versión, variante, rama, contaminación, motivo. Ninguna versión del romance de Celinos es absolutamente similar a ninguna otra versión del mismo romance recogida en algún pueblo distinto o de alguna persona diferente, porque a cada una se le adhieren, por fuerza, motivos diferentes además de desarrollos verbales también diferentes, por supuesto. Tampoco los textos que conservamos del Daurel et Beton provenzal, del Beuve de Hantone francés, del Bovo d'Antona italiano, del Boeve de Haumtone anglonormando o de cualquiera de sus parientes paneuropeos son ni mucho menos plenamente coincidentes entre sí, ni concuerdan de modo absolutamente fiel con ninguna versión del hispánico Celinos, con el que la crítica acepta desde hace mucho tiempo, en cualquier caso, que existe una incontestable relación genética.

            Dentro de este horizonte que combina, con flexible naturalidad, memoria y cambio, coincidencia y divergencia, fidelidad a una esencia común y pluralidad exuberante de matices y de barnices, las fábulas épico-baládicas del complejo de Beuve-Celinos muestran paralelismos tan asombrosos con los núcleos argumentales e ideológicos de los cuentos del ciclo de La hermana traidora (ATU 315) y de La madre traidora (ATU 590), que es imposible no considerar que todos ellos pertenecen a una familia común. Una familia en que, a juzgar por la muy amplia difusión intercontinental de los cuentos tradicionales, y por la mucho más restringida concreción geógrafica de los cantos épicos y baládicos, parecen sugerirse jerarquías y linajes en que los cuentos ocuparían una posición troncal, y los cantos se agruparían, en cambio, en ramas y en subramas más localizadas y periféricas.

            Algunos motivos se agruparían en el núcleo, funcionarían como ejes estables alrededor de los cuales giraría toda la poliédrica diversidad de esta constelación de fábulas. Por ejemplo, los que en el monumental catálogo de motivos folclóricos de Stith Thompson[9] tienen los números H931 (Tareas asignadas para deshacerse del héroe), H1211 (Búsquedas asignadas para deshacerse del héroe), H1212 (Búsquedas asignadas por una enfermedad fingida) o Q261 (Traición castigada). Otros motivos parecen, en cambio, caracterizarse por su carácter accidental, advenedizo, porque flotan, emigran y luego se adhieren sólo a ramas o a versiones particulares, lo que facilita que de la unidad nazca la diversidad, que del prototipo manen las variantes, que la literatura oral tenga que ser siempre apreciada como un corpus de versiones en perpetuo y dinámico devenir. Entre estos motivos no esenciales estarían los que tienen los números K2213 (La esposa traidora), K975 (Secreto de la fuerza traicioneramente descubierta), D861.5 (Objeto mágico robado por la esposa del héroe), S12.1 (Madre traidora se casa con el ogro y conspira contra el hijo), H1361 (Búsqueda de la leche de la leona), F615.2.1 (Hombre fuerte enviado a ordeĖar leonas: regresa trayendo a los leones), B431.2 (León servicial), o B520 (Animales salvan la vida).

            El final feliz, con matrimonio incluido, que adorna la mayoría de las versiones cuentísticas ha de considerarse también al menos en el caso del cuento 315, que suele contaminarse de un modo visiblemente arbitrario con el 300 un episodio sobrevenido, un motivo adherido para restar dramatismo y para encauzar el trágico argumento hacia el habitual final positivo que se supone debe adornar a todos los cuentos maravillosos.

            A la luz de todas estas fábulas, vivas en épocas y en lugares tan diversos, cantadas y contadas en lenguas y por personas tan distintas, contenidas en moldes de género tan diferentes, sujetas a ceremonias de rememoración y de cambio tan sugestivas, nuestra tradición literaria oral vuelve, una vez más, a emerger como un repertorio cultural incomparablemente rico e interesante, impregnado al mismo tiempo de certezas y de misterios, cimentado sobre lo común pero deslumbrante desde su diversidad.

 



    [1] Samuel G. Armistead y Joseph H. Silverman, «El romance de Celinos: un testimonio del siglo XVI», En torno al romancero sefardí: hispanismo y balcanismo de la tradición judeo-espaĖola (Madrid: Gredos-Seminario Menéndez Pidal, 1982) pp. 35-42, pp. 36-37.

    [2] Diego Catalán, La épica espaĖola: nueva documentación y nueva evaluación (Madrid: Fundación Ramón Menéndez Pidal, 2001) pp. 755-760.

 

    [3] Romancero general de León, eds. D. Catalán, M. de la Campa y otros, 2 vols. (Madrid: Cátedra Seminario Menéndez Pidal-Universidad Complutense-Diputación de León, 1991) I, pp. 53-54.

    [4] Traduzco de Hans-Jörg Uther, The types of International Folktales. A Classification and Bibliography, Based on the System of Antti Aarne and Stith Thompson (Helsinki: Suomalainen Tiedeakatemia-Academia Scientiarum Fennica, 2004) núm. 315.

    [5] Traduzco de Hans-Jörg Uther, The types of International Folktales, núm. 590.

    [6] Alexandr Nikoláievich Afanásiev, El anillo mágico y otros cuentos populares rusos, ed. E. Bulatova, E. de Beaumont Alcalde y J. M. Pedrosa (Madrid: Páginas de Espuma, 2004) núm. 2.

    [7] Ramón Sánchez Lizarralde, El agradecimiento del muerto: cuentos populares albaneses (Irún: Alberdania, 2004) pp. 47-57.

    [8] Antonio Lorenzo, «La madre traidora: un raro cuento tradicional en el Estado espaĖol», Revista de Folklore 48 (1984) pp. 203-210.

    [9] Stith Thompson, Motif-Index of Folk Literature: a Classification of Narrative Elements in Folktales, Ballads, Myths, Fables, Mediaeval Romances, Exempla, Fabliaux, Jest-Books and Local Legends, ed. rev. y aum., 6 vols. (Bloomington & Indianapolis-Copenhague: Indiana University-Rosenkilde & Bagger, 1955-1958).